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6 Opinión VIERNES 10 3 2006 ABC AD LIBITUM ÍDOLOS DE LA CUEVA APARCAMIENTOS RESERVADOS CONSUMO NADA CONSPICUO práctica simbólica que servía, entre otras cosas, para ACE quince años, y después de pensármelo mufijar o modificar la identidad: de clase, de grupo, de cho, me compré a plazos mi primer ordenador. tribu. Ya no. En los países ricos, la idea de que los proCon lo que me costó ahora podría adquirir tres ductos baratos eran para los pobres se ha quedado anticon más prestaciones y potencia. Mi casa, como la de gua (al menos por ahora) Basta darse una vuelta por usted, está llena de electrodomésticos y aparatos elecZara, H M, Ikea o Media Markt, por citar sólo algunos trónicos que sirven para las cosas más variadas- -para templos significativos de la nueva cultura del consutareas domésticas, para el ocio, para el trabajo- -y que mo, para comprobar la obsolescencia del aserhe conseguido por poco dinero. Algunos son to. También ha variado nuestra relación con la tan baratos que me he ido creando necesidades compra. Antes adquiríamos las cosas de una en estúpidas: tengo, por ejemplo, tres transistores una, ahora tenemos que utilizar los contenedoestratégicamente situados para no tener que res que nos facilitan las tiendas para llevarlas andar transportándolos de un sitio a otro. Mi hasta la caja y pagarlas. mujer y yo- -como muchos de ustedes- -nos Tenemos más cosas y menos espacio para compramos habitualmente ropa barata y a la guardarlas, por lo que precisamos desprendermoda que nos dura una temporada. Y no por MANUEL nos de las sobrantes. Pero la cantidad de lo desdefecto de calidad, sino porque su coste es tan RODRÍGUEZ echado es tal que en las iglesias del primer munreducido que podemos permitírnoslo. TeneRIVERO do- -habituales destinatarias de nuestras somos- -como ustedes- -mucha más ropa que habras- -han colocado carteles rogándonos que no les llece unos años, por lo que, cada vez más a menudo, nos vemos más ropa. El mercado global de segunda mano vemos obligados a efectuar lo que llamamos, utilizanha crecido exponencialmente, sobre todo en África, do un término de la jerga bibliotecaria, un expurgo donde nuestras prendas usadas han terminado infliliberador de espacio. En general, todos compramos mugiendo daños irreparables a la industria local. En cuanchas más cosas de las que precisamos porque no nos to a los desechos electrónicos, muy contaminantes, la podemos resistir a las ofertas increíbles y, quizás, Comisión Europea ha señalado que constituyen el segpor un temor atávico a que la abundancia acabe. mento de desperdicios que más ha crecido en los últiLa caída continuada de los precios de ciertos producmos años. Ya no se repara casi nada: comprar nuevo es tos se viene produciendo hace tiempo. Algunos economás barato. Y lo nuevo resplandece. mistas relacionan este fenómeno deflacionista con la Tener más no garantiza que seamos más felices. Los crisis financiera asiática de los noventa, cuando un psicólogos señalan que disfrutamos menos de esas poaluvión de mano de obra barata, y huérfana de deresesiones rápidamente y compulsivas que nos importan chos laborales, se incorporó masivamente a la fabricapoco y desechamos rápido. Ir de compras, dejarse tención de bienes de consumo con patente y diseño occitar por el espectáculo de la abundancia asequible, se ha dental. El fenómeno tiene, por supuesto, múltiples faceconvertido en la más popular actividad de ocio de las tas. Y una de ellas es la constatación de que la abundansociedades ricas. Vivimos cada vez más centrados en cia de productos de bajo precio está provocando pronosotros mismos, absortos en nuestro cotidiano potlatfundas modificaciones en la relación de la gente con el ch. Y vagamente conscientes de que, al otro lado de consumo. Al menos en la parte más rica del planeta. nuestras confortables fortalezas- -que se han revelaFijémonos en algunas. do vulnerables- reside la miseria que tanto temePara empezar, desde Veblen suponíamos que el conmos. Y allí hace frío. sumo- -y no sólo el conspicuo -era también una D EL mismo modo que José María Álvarez del Manzano plantaba árboles para embellecer Madrid, Alberto Ruiz Gallardón siembra parquímetros por todos los rincones de la ciudad. Son la última y compulsiva manifestación de su saña recaudatoria; pero, con mayor perspectiva, podrían entenderse como la guinda de la tarta faraónica con la que el edil nos tiene a todos empachados. La que fue una ciudad adorable, cómoda, humana y hasta castiza ha degenerado en un espacio hostil en el que el ayuntamiento, sordo a la demanda social, ha entendido la gestión municipal como una obsesión taladradora sazonada con continuas paralizaciones del tráfico y ameM. MARTÍN nazada por la inseguriFERRAND dad ciudadana. Todo ello sin entrar en los detalles especializados en los que el gasto mal llamado cultural se lleva la palma del despilfarro. Lo de los parquímetros es grave. Aunque en algunos barrios céntricos ha servido para atenuar los males del tráfico, su extensión a la periferia capitalina suscita efectos contrarios, amenaza seriamente la supervivencia del pequeño comercio y, sobre todo, ha conseguido irritar a la ciudadanía. Es curioso que un alcalde dispuesto a los mayores sacrificios, incluso el de su propia identidad política, para merecer la aprobación y el cariño ciudadanos esté levantando, en plena obsesión constructora, el tablado de su propia ejecución. Está malgastando su incuestionable talento político. Debe reconocerse que, especialmente en capitales con retículas urbanas muy vetustas, el problema del tráfico no es de fácil solución y el del aparcamiento de los vehículos se acerca a lo imposible; pero tampoco cabe, como única solución, el ordeno, mando y cobro con el que el equipo de Ruiz Gallardón trata de zanjar- -en la doble acepción del verbo- -lo que exige mayor meditación, más equilibrada distribución de los recursos, un cierto consenso ciudadano y, sobre todo, más imaginación y menos altanería. Si los aparcamientos disponibles son, como se ve, un bien escaso, han de distribuirse de manera razonable. Para empezar, nuestras grandes ciudades, con Madrid a la cabeza del ejemplo, debieran suprimir los millares de aparcamientos reservados que, sin parquímetro alguno, privilegian cuasi ofensivamente a altos funcionarios de los tres planos administrativos que alimentamos con nuestros impuestos. Con la única excepción de los diplomáticos, sujetos a acuerdos bilaterales con otros países, antes de instalar un solo parquímetro debieran desaparecer todas las plazas reservadas- -insisto, todas- -que hoy constituyen bicoca para los trabajadores de instituciones, ¡muchas de ellas municipales! que acaparan buena parte de la capacidad de estacionamiento de la ciudad. Después de ejercitarse en tan modélica medida, es posible que Ruiz Gallardón ganase autoridad moral para proseguir sus planes. H -Recuerdo que cuando los enviados de los gobiernos anteriores negociaron con nosotros, lo hicieron en diferente postura que los de ahora.