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ABC VIERNES 10 3 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA AL RELENTE I OBLIGACIONES GNORABA que entre las funciones del fiscal general del Estado estuviera la de definir las obligaciones de los servidores públicos. Tampoco sabía que la primera de ellas fuera responder ante los ciudadanos del desempeño de sus tareas. Debo de ser algo romo de entendimiento, porque tras treinta años de funcionario, cuatro de ellos en altos cargos de la Administración, seguía convencido de que la principal obligación de un servidor público era cumplir dichas tareas, o sea, proporcionar a los ciudadanos el servicio para el que uno hubiera sido designado. Responder ante los ciudadanos del ejercicio de mi función, pensaba yo- -equivocadamente, al parecer- sería, en todo caso, una obligación derivada de la responsabilidad inherente al cargo. Derivada: no principal ni primera. Ahora que Conde Pumpido me ha sacado del error, tendré que explicar a mis alumnos que lo de las clases se ha terminado, porque debo atender mi obligación JON principal. No sé cómo voy a arreglárJUARISTI melas para ello: ¿tengo que solicitar una comparecencia diaria ante la Comisión de Educación del Congreso para dar cuenta puntual de cómo no cumplo mis obligaciones docentes, que me apartaban hasta ahora de la principal de mis obligaciones, o bastará con que monte una mesa petitoria a la puerta del Ayuntamiento de Alcobendas para solicitar de mis vecinos que pregunten lo que quieran sobre el modo en que no me desempeño como catedrático, puesto que, de hacerlo, no tendría tiempo para mi obligación primera? Quizá lo más sencillo, sugiero, sea publicar en el BOE mi número de teléfono y sentarme a esperar que los ciudadanos interesados en la calidad del servicio público que ofrezco llamen directamente. Es cierto que, como actividad, la de rendir cuentas por teléfono se asemejaría más a la de ciertas trabajadoras del sexo que a la enseñanza de la filología, pero como ha quedado claro que esta última no constituye mi obligación principal, tampoco me voy a molestar porque I me llamen lo que les llamaban el otro día a las valerosas feministas iraníes los esbirros del Diálogo de Civilizaciones, mientras la vicepresidenta y su séquito de chicas socialistas con cargo, en vez de estar donde tenían que estar (no en Irán, haciendo de escudos humanos entre las heroínas locales y las porras islámicas, sino en España, respondiendo ante los ciudadanos, como es su obligación principal) se marcaban unas macumbas en Maputo (con perdón) Es decir, no me voy a molestar mientras siga llegando puntualmente la nómina sin merma alguna en los complementos de destino. La nueva definición de las obligaciones del servidor público según la doctrina Conde Pumpido, creo yo, despertará más entusiasmo que indignación entre los funcionarios, pero corre el riesgo de bloquear las comisiones si todos nos ponemos a pedir comparecencias. Entiendo que al fiscal general del Estado le sea más grato comparecer ante la Comisión de Justicia del Congreso, donde tanto se le quiere y cosecha frutos tan improbables y voluptuosos como los requiebros de Margarita Uría, que atender molestas obligaciones secundarias (promover la ilegalización de partidos ancilares de Batasuna, por ejemplo) Pero, si no una obligación, sería al menos una medida de prudencia combinar lo agradable con lo útil y el placer con el trabajo. Claro que comparecer ante los ciudadanos o sus representantes supone un honor para cualquier servidor público, pero no estoy muy seguro de que elevar dicho honor al rango de obligación principal sea del todo conveniente para el buen funcionamiento del Estado o incluso de la Fiscalía General del Estado. Entiendo, repito, que el sentido del honor de Conde Pumpido, dada la presente composición de las comisiones, le arrastre al extremo de subvertir la concepción tradicional del servicio público para comparecer sin tregua ante los ciudadanos (o sus representantes) Pero también entiendo que don Francisco Hernando haya declinado ese honor que la mayoría parlamentaria se empeña en concederle, aunque para ello haya tenido que invocar algo tan fuera de lugar en la España feliz de Rodríguez como la separación de poderes. BA todos los días a trabajar doña Rosa Regás, musa de la intelligentsia del zapaterismo, émula del internacionalismo feminista de Virginia Woolf, y se encontraba en el vestíbulo de la Biblioteca Nacional, al salir y al entrar, mañana y tarde, la enorme estatua sedente de don Marcelino Menéndez Pelayo, martillo de herejes, patriarca ultramontano, apóstol de la misoginia, tótem de la caverna reaccionaria. En su entusiasmo de progresismo militante debía de imaginarse víctima de una conspiración de la España irredenta, un caso de mobbing ideológico contra la luminosa renovación de la cultura de género. Y ha llegado un momento en que no ha podido más y se ha dicho a sí IGNACIO misma que ya está bien, CAMACHO que hasta aquí hemos llegado. No se puede avanzar hacia la modernidad teniendo que saludar todo el rato a una efigie de semejante carcamal. De modo que ha mandado, para eso es la directora, que quiten la escultura de en medio, que despejen la entrada, que retiren de su vista ese alcanforado mausoleo de ideas casposas y vetustas erudiciones. Al jardín con el fósil, que le dé el aire del Guadarrama a ver si se le refresca el caletre. El vestíbulo de la Biblioteca Nacional- ¿de qué nación? habría que preguntar ahora- -tenía, o tiene aún, esa prosopopeya neoclásica de los grandes templos culturales europeos, como la desaparecida British Library que tanto fascinaba a Vargas Llosa. La actual directora lo quiere convertir en una recepción funcional, llena de bibliotecarios y bibliotecarias, de azafatos y azafatas, con el aire aséptico y gélido de una estación o un hotel para ejecutivos. Y en la mudanza al bueno de don Marcelino, tan espeso, tan reaccionario que tomaba por heterodoxos a Galdós ¡y a Castelar! lo van a mandar directa y literalmente a tomar viento fresco, por casposo, doctrinario y camastrón. Por muy filólogo que fuese y muchos libros que hubiese leído. En la estatua de marras- -obra, por cierto, de mi paisano Coullaut Valera, autor del Quijote de la Plaza de España y del célebre monumento a Bécquer en el sevillano Parque de María Luisa- está leyendo uno, seguramente también una antigualla. Que se lo cambien, aprovechando el traslado, por una obra de Suso de Toro o de Anselmo Carretero. Más que nada, para ponerlo al día en heterodoxos de cabecera. Acaso la directora de la BN no se haya dado cuenta, pero los jardines de piedra, sembrados, como en Bomarzo de esculturas arrumbadas por el tiempo, son un viejo mito literario que apunta a fútiles revanchas pasajeras en la eterna reescritura de la Historia. Claro que el verdadero monumento a la memoria- -caduca, sí, por fortuna, pero inmensa- -de Menéndez Pelayo no es la efigie que hay fuera, sino los miles y miles de páginas que se guardan dentro. Ese caudal compacto, prieto, denso y atiborrado no lo puede tachar Rosa Regás por mucho que ande, como en el verso de Neruda, siempre alejándose en las tardes hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.