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ABC VIERNES 10 3 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EL SÍNDROME DE MONTENEGRO Lo que España puede aprender de Yugoslavia es que la descentralización atolondrada del Estado lleva a su desintegración, así como que un Estado no debería incluir en su Constitución los dispositivos legales de su destrucción... E L próximo 21 de mayo se celebrará un referéndum en Montenegro, una de las dos repúblicas que actualmente forman parte de Serbia y Montenegro, el estado sucesor de la antigua Yugoslavia. La pregunta que se planteará a la población es la siguiente: ¿Quiere usted que Montenegro sea un Estado independiente con plena soberanía nacional? No parece fácil decidir si lo más sorprendente es el hecho de que el referéndum haya sido aprobado por la Unión Europea o que la Comisión de Venecia de la UE haya impuesto la exigencia de que el sí deba ganar con el 55 por ciento de los votos emitidos, sin poner condición alguna respecto al número de los mismos. El actual Gobierno de Montenegro ha propuesto que la participación del 41 por ciento de la población con derecho a voto sea suficiente para que el referéndum sea válido, mientras el Gobierno serbio ya ha anunciado que si no participa un mínimo del 51 por ciento considerará el referéndum como un acto ilegal y no reconocerá sus resultados. El mismo hecho de convocar un referéndum sobre la independencia de un estado miembro significa desestabilización política para Serbia y Montenegro y para los Balcanes en su conjunto. ¿Por qué la UE ha dado su visto bueno? Además de que la convocatoria del referéndum montenegrino puede enardecer a ciertos líderes de los irredentismos occidentales- -Ibarretxe se ha apresurado a declarar que España debe tomar ejemplo de Serbia y Montenegro y aprender que las pequeñas naciones tienen un inalienable derecho de autodeterminación- va en contra de lo que ha sido la política de la UE en los Balcanes después de la caída del régimen de Slobodan Milosevic. Para la UE, el reto principal era evitar mayor fragmentación en la región y promover una política común para la misma, insistiendo en negociaciones paralelas y condicionando la integración en Europa de los países balcánicos a la renuncia a sus apetitos secesionistas y a la mejora de sus relaciones. El visto bueno al referéndum supone un retroceso en esta política. Es una vuelta a la actitud que la UE mantuvo en los Balcanes durante la época del régimen de Milosevic. n los años noventa, mientras Milosevic guerreaba contra las repúblicas vecinas, el líder montenegrino Milo Djukanvic (ex comunista, líder del Partido Democrático Socialista) se presentaba ante los occidentales como la alternativa democrática alegando que Montenegro no podría aguantar mucho más el régimen serbio. Los representantes de la UE le apoyaron. Pero después de la caída de Milosevic se demostró que las ayudas recibidas de la UE sólo habían servido para la separación de las instituciones montenegrinas de las serbias correspondientes. Montenegro había conservado el aparato burocrático comunista, y las escasas instituciones de nueva creación mimetizaban el funcionamiento de las comunistas. La UE ya no pudo defender la inde- pendencia de Montenegro, porque el pretexto de sus exigencias secesionistas había desaparecido. Europa insistió en la firma de un Acuerdo de unión de ambas repúblicas que se terminó firmando el 14 de marzo de 2002. Desde entonces, Serbia y Montenegro poseen dos Tribunales Supremos, dos bancos centrales, dos sistemas monetarios (euro y dinar) dos sistemas de aduanas. El artículo 60 del acuerdo sobre la creación de Serbia y Montenegro establece el derecho de ambas repúblicas a promover un referéndum, después de tres años, para cambiar su estatuto. Esta paradoja- -la de que el mismo día de la constitución del estado común se contemplase la posibilidad de su desintegración- -refleja que la UE tenía poca confianza en el futuro de este estado y aún menos en su capacidad de parar el proceso de balcanización. Sin embargo, esto no era una experiencia nueva para los yugoslavos. La Constitución de Yugoslavia de 1974 recogía una cláusula parecida. La crisis que surgió en los países del Bloque Comunista en los cincuenta y sesenta (Hungría, 1956; Checoslovaquia, 1968) fue un toque de atención a los comunistas yugoslavos, que decidieron flexibilizar el sistema. Pero, en lugar de descentralizar el poder del Partido Comunista, descentralizaron la estructura del Estado, otorgando el derecho de autodeterminación a todas las repúblicas. Como el poder real no estaba en las instituciones de las repúblicas sino en el Partido, ninguna de las repúblicas reclamó este derecho hasta la caída de los comunistas. La proclamación unilateral de independencia de Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina y su reconocimiento internacional fueron justificados por el hecho de que habían celebrado sus referendos respectivos con la misma pregunta que ahora se plantea a los montenegrinos. progresiva. La independencia de Montenegro podría impulsar la desintegración de Bosnia y Herzegovina, alentar las expectativas de la mayoría musulmana de Sandzak (provincia del sur de Serbia) de anexionarse a ByH y acelerar la independencia de Kosovo, aunque, hasta ahora, la UE estaba contra ésta, a diferencia de la diplomacia norteamericana. Si gana el sí Serbia se consolidará como sucesor único del actual estado. Esto significa que abordará en solitario cuestiones como la del futuro estatuto de Kosovo o la entrega de los criminales de guerra al Tribunal de la Haya, dos de los mayores obstáculos en las negociaciones con la UE para el Pacto de Estabilidad y Asociación. Para Serbia, que cuenta con casi diez millones de habitantes, la independencia de Montenegro tendría más importancia simbólica que real, porque no perdería mucho más que su salida al mar. Montenegro saldría mucho más perjudicado. La población del país ya está dividida. Las encuestas realizadas hasta ahora dan un 40 por ciento de partidarios del sí un 32 por ciento del no y un 25 por ciento de indecisos. Los independentistas culpan ya a la UE de su posible fracaso, alegando que la exigencia del 55 por ciento de los votos favorables es demasiado alta. En el caso de que el resultado fuera negativo, el Gobierno de Djukanovic entraría en crisis, porque el referéndum se ha convertido en el pilar principal de su política. A I ndependientemente del resultado del próximo referéndum, la situación política del Estado común y de las naciones creadas sobre las ruinas de Yugoslavia va hacia una desestabilización E pesar de que Ibarretxe ve en el referéndum montenegrino una confirmación práctica del derecho de autodeterminación, lo cierto es que tanta insistencia en aquél, a pesar de sus riesgos evidentes, no radica tanto en un sentimiento nacionalista difícil de cultivar, toda vez que no hay grandes diferencias entre serbios y montenegrinos (hablan el mismo idioma, profesan la misma religión y comparten una historia común) como en el hecho de que el actual Gobierno montenegrino espera integrarse antes en Europa sin Serbia. Aunque la UE insiste en que, para ella, el único interlocutor válido es el Estado común, el hecho de admitir la celebración del referéndum pone en duda la seriedad de su política en los Balcanes. Por otra parte, es obvio que el independentismo montenegrino encubre otra aspiración: la de exonerarse de toda responsabilidad en las guerras yugoslavas (por más que Radovan Karadzic y otros destacados protagonistas de las mismas fuesen naturales de Montenegro) Lo que España puede aprender de Yugoslavia es que la descentralización atolondrada del Estado lleva a su desintegración, así como que un Estado no debería incluir en su Constitución los dispositivos legales de su destrucción. Una nación es difícil de definir, pero, en todo caso, es algo más complejo que una sociedad mercantil. MIRA MILOSEVICH Profesora e investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset