Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
56 Cultura MIÉRCOLES 8 3 2006 ABC OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL Teólogo Ahora que no está unida a un sector político se puede hablar de teología de la liberación Es una de las mayores inteligencias de la Iglesia española del siglo XX. Ayer pronunció su lección jubilar pero antes habló con ABC de los temas más importantes de su larga trayectoria vital TEXTO: TULIO DEMICHELI FOTO: DAVID ARRANZ SALAMANCA. Olegario González de Cardedal nace en Ávila en 1934 y estudia en Oxford y en Múnich. Participó en la tercera sesión del Concilio Vaticano II (otoño de 1964) ha sido miembro de la Comisión Teológica Internacional y ha enseñado en las aulas centenarias de esta Universidad Pontificia durante más de cuarenta años. Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, de su extensa obra cabe citar libros como La entraña del cristianismo Meditación teológica desde España Elogio de la encina Raíz de la esperanza Dios La palabra y la paz o Sobre la muerte y ha dirigido La Iglesia en España, 1950- 2000 González de Cardedal dedicó ayer su discurso a El quehacer de la Teología y su laudatio la pronunció el profesor Santiago del Cura Elena ante el rector, Merceliano Arranz. Por su parte, José Manuel Sánchez Caro, rector de la U. Católica de Ávila, presentó el segundo volumen de su obra Fundamentos de Cristología. Meta y misterio así como Dios y el hombre en Cristo un homenaje colectivo a su alto magisterio. Hagamos un recorrido por los momentos más decisivos de su historia personal en relación con la historia colectiva de los españoles y la de la Iglesia. -El Concilio tuvo una importancia extraordinaria porque, entre otras cosas, se admitió la libertad de conciencia y de culto, y se consagró la democracia. Sin embargo, el Régimen lo vivió como una traición. -El Vaticano II significó una cosa para Francia, otra para Italia, otra para Alemania y otra para España. La pregunta es en qué sintonía estaba España respecto de las ideas que llegaron maduras y el Concilio desarrolló. En eso hay que confesar con toda humildad que estaba en los antípodas. Recuerde que a mediados de los 50 hubo un intento de apertura cultural con Ruiz Jiménez, ministro de Educación, Laín Entralgo, rector en Madrid y Antonio Tovar en Salamanca, que obtuvo una durísima reacción de algunas derechas políticas y eclesiales, tanto que se produjo un movimiento de repliegue político, social y cultural muy fuerte. Todo eso queda entre paréntesis cuando el 25 de enero de 1959 Juan XXIII convoca el Concilio. El Concilio coge a la España oficial a trasmano. La afirmación, por tanto, es de carácter colectivo, oficial, político. El Vaticano II es un fenómeno muy amplio, muy profundo. En España fue recibido, principalmente, en la medida en que tuvo repercusiones políticas: el decreto sobre libertad religiosa, el decreto sobre ecumenismo y la constitución pastoral Gaudium et spes En el orden eclesial, las otras tres constituciones también fueron decisivas. ¿No es impensable la Transición política en paz sin el Concilio? -Fue la preparación providencial de las conciencias para que, descubriendo que la reforma es una exigencia coherente con los principios católicos, se preparara la Transición política. Porque si en el orden más profundo de la fe la reforma no era una traición, sino una perfección de lo creído, con eso los ciudadanos católicos se abrían a pensar que la reforma en el orden político, civil y laboral tampoco era una traición a la conciencia española de siempre ni a la fe de la Iglesia, sino la expresión de una mayor fidelidad. No sabemos cómo hubiera sido la Transición de no haber existido el Vaticano II. Hay que decirlo con toda claridad: la Transición la hacen la izquierda, la universidad, el mundo obrero y la Iglesia. La burguesía media que luego llegó al poder no estuvo en las batallas de la Transición. La Iglesia fue un fermento de libertad, de reconciliación y de esperanza. Desde la Hermandad Obrera de Acción Católica de Guillermo Rovirosa los locales de la Iglesia eran el único ámbito de libertad. Cosa que obligaba a la Iglesia, porque quien tiene libertad, tiene que hacerla no un privilegio propio, sino un medio para que sea de todos. En ese sentido, el franquismo consideró que la Iglesia le estaba traicionando. Era verdad. Lo que pasa es que la Iglesia tiene una capacidad de experimentar cambios que los regímenes políticos no tienen. Roma tiene 25 siglos de capitalidad, 20 siglos de cristianismo y ha visto de todo. Por tanto, no pestañea. -Volvamos al Concilio... ¿qué llevó a la Iglesia a tamaña reflexión? -En los años 60 había una gran cuestión que venía desde el Vaticano I, que fue un agravio y una tragedia. ¿Por qué? La Iglesia se había propuesto hacer una gran reflexión sobre la fe, el Evangelio y su misión en la Historia. Pero ese horizonte de reflexión pastoral se fue angostando. No los temas teológicos, sino los eclesiológicos; no toda la eclesiología, sino sólo el lugar del obispo de Roma como vicario de Cristo; no toda la reflexión teológica, sino sólo su función magisterial. Y luego, por las prisas de la González de Cardedal en el Aula Magna de la Universidad Pontificia de Salamanca