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ABC MIÉRCOLES 8 3 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA MACROCURDA UE sí, que vale, que los chavales no tienen toda la culpa, pero ese macrobotellón hay que impedirlo. Es verdad que los padres y las familias hemos fracasado en parte de nuestra responsabilidad. Es verdad que hemos delegado o dimitido de la educación real de nuestros hijos. Es verdad que no hemos sabido inculcar principios esperando que lo hicieran otros en nuestro nombre. Es verdad que hemos colmado a los adolescentes de caprichos, que los hemos dejado en manos de la tele, de internet, de los móviles, que hemos permitido crecer a su aire a una generación a la que ahora no sabemos entender. Es verdad que convivimos en nuestras casas con unos muchachos cuyo verdadero perfil desconocemos. Es verdad todo eso, y mucho más, y es verdad que deberíamos averIGNACIO gonzarnos de esta derroCAMACHO ta. Pero, siendo ello cierto, ninguna sociedad normal puede admitir que sus jóvenes se emplacen a una competición para emborracharse en masa. Y esa barbarie colectiva, que se está convocando por e- mail y por sms para el próximo día 17 con el objetivo de ver en qué ciudad se reúne más gente a beber en la calle, hay que impedirla. Sin complejos de culpa ni prejuicios políticos. Hay que impedirla por muchos motivos, pero sobre todo porque se trata de un desafío de insólito incivismo, de apabullante inconsciencia, de sonrojante y desnuda brutalidad. Pero también porque va a arrasar los derechos de miles de vecinos. Porque va a devastar zonas urbanas. Porque va a poner a muchos menores al borde del coma etílico. Porque el consumo masivo de alcohol entre los jóvenes se ha convertido ya en un problema de salud pública, relacionado además con demoledoras estadísticas de accidentes de tráfico. Y por el sencillo principio de que ninguna autoridad puede permitir que se le desafíe de ese modo. No estamos ante una cuestión de orden público, sino de dignidad colectiva. Esa gente no se está citando a un evento cultural, ni a un espectáculo de rock, ni a una competición deportiva, ni a una iniciativa solidaria, ni siquiera a una manifestación política. La convocatoria es para dilucidar en qué lugar de España saldrán más miles de jóvenes a coger la cogorza más gorda, la curda más sonada. Ninguna sociedad civilizada puede tolerar algo así. Y lo malo es que en muchas ciudades de España se vienen tolerando cosas muy parecidas, bajo la cobarde pasividad de unas autoridades que incluso fomentan el botellón alegando que se trata- -lo juro- -de una expresión cultural de la juventud. Y bueno, vale, puede que todos seamos un poco culpables de haber llegado hasta aquí. Seguro que hemos fallado en algo para que se produzca esta quiebra. Pero tampoco nos flagelemos demasiado: nunca tuvo una generación juvenil tantas y tan sofisticadas posibilidades de recreo, de expansión, de entretenimiento y hasta de cachondeo. Así que, mientras buscamos soluciones de fondo, mientras vemos el modo de enseñarles a respetar su autoestima, por favor, que alguien tenga los arrestos de impedir esta vergüenza. Q LA PELUQUERA UNQUE el sábado sea el triste aniversario, no pregunten a la gente sobre la autoría de la matanza terrorista del 11- M, que no saben nada. No interroguen cómo quedará al final lo de nación en el Estatuto catalán. Es inútil que inquieran por la opa y la reopa de Endesa. Y como aún no repercute mucho en el recibo de la hipoteca de este mes, tampoco pregunten sobre la subida de tipos de interés por el BCE. Pero pregunten en cambio por la peluquera. Se lo saben todo. Todos sabemos absolutamente todo de la peluquera. Aunque nadie conozca por qué razón. ¿Dónde están las obras completas de la peluquera? ¿Ha descubierto acaso el remedio definitivo contra la alopecia? ¿Ha creado un nuevo peinado que llevan nueve de cada diez estrellas de Hollywood? En la televisión, en las revistas, en la radio, toANTONIO dos hemos hecho un master obligatoBURGOS rio sobre la peluquera. Pregúntenme lo que quieran del matrimonio de la peluquera, de la viudedad de la peluquera, del patrimonio inmobiliario de la peluquera, de los negocios de la peluquera, del nuevo marido de color de la peluquera... ¿Qué color dice usted que tiene el marido de la peluquera? ¿Amarillo acaso? Cuidado, a ver si este hombre va a tener una ictericia obstructiva y lo van a tener también que hospitalizar urgentemente... -No, es más bien así como oscurito... ¡Pues diga usted que es negro! Sabemos más todavía. Cómo se llama y de qué país africano vino el marido de la peluquera. Qué casa se está haciendo allí. Y cuál es la gracia de su pariente alto y grandote del generoso morrillo donde, como decía El Pali, se puede escribir El Quijote con la maja del gazpacho. Como todos somos mucho de la peluquera, celebramos en su día su boda y embarazo. Y rechazamos a los A malpensados que decían que era a la primera señora encinta que veían con michelines. Todo era porque le tienen envidia a la peluquera. Por eso no compartieron nuestra natural y lógica alegría cuando supimos puntual y gozosamente, en boletines de alcance que interrumpieron los programas de televisión, una noticia importantísima para los asuntos públicos del Reino de España: que la dignísima peluquera había sido madre de una niña. Pero más tarde, ay, España entera se apenó cuando ingresaron a la peluquera en un hospital público, y luego en una clínica privada. Incluso llamaron a la escuela de traductores de Toledo del lenguaje de sordos, para que leyeran en los labios de la peluquera lo que decía tras aquella ventanita de pena y soledad en el hospital. ¡El alma en un puño! Al que no se le destrozara el corazón entonces es que lo tiene de piedra. Por lo que no tengo reparo en reconocer que viéndola tan triste y sola me di un lote de llorar importante, como todos los españoles bien nacidos, para los que no hay más problema en España que los de la peluquera. ¿Qué peluquera, dice usted a esta altura del artículo? Diré como Bécquer: ¿y tú me lo preguntas? ¡Pues la única peluquera que hay en España! Suelten palomas, tiren cohetes, que gracias a Dios la peluquera ya ha recobrado la salud, lo que celebro de todo corazón, y ha ganado la batalla legal con sus padres por la custodia de su hija, por lo que descorcho champán del bueno. No es la peluquera de la Reina. No es numeraria ni presidenta de la Real Academia Española de Peluquería. Es... eso: la peluquera. Una simple y respetable peluquera sin el menor interés, que demuestra la cantidad de gente que vive a costa de los excedentes de fama de una gran artista que mientras otros capitalizan tangencialmente su popularidad, ella lucha por la vida en un hospital de Houston. Y que en el revoloteo genial de sus alas al viento es capaz de hacer rica y famosa no digo ya a una simple peluquera, sino... ¡hasta al frasco de tinte del dinámico de Mira Quién Baila!