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ABC MARTES 7 3 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA TERRENO VEDADO D ESPAÑA COMO NACIÓN VIRTUAL I MPULSOS benévolos y cálculos disolventes a veces unen fuerzas sumando capacidad de confundir y negar, como en una vieja fábula en la que el escorpión liquida a sus aliados más entrañables. Ocurre en parte con la idea del patriotismo constitucional o con el idealismo europeísta. Uno acaba negando el patriotismo que venga de más allá de 1978; el otro disimula el significado histórico del Estado- nación o lo deja en posición de ser cuarteado, como ocurre en España con los nacionalismos particularistas. Son dos operaciones que proceden en paralelo: para finiquitar el patrioterismo de pandereta se acude a la racionalidad del patriotismo institucional y se llega a erosionar el patriotismo más complejo, hecho de sentimientos, de memoria, de deseos. Del mismo modo, la inmersión en el europeismo ayuda en algún caso a diluir la España real en una Unión VALENTÍ Europea a menudo virtual. PUIG Al publicar La razón de las naciones el filósofo liberal Pierre Manent insiste- -yendo más allá del caso francés- -en que las democracias a menudo se dejan llevar por el vértigo de renunciar a la memoria de grandezas compartidas para concentrarse en el recuerdo de crímenes y faltas. La tesis es aplicable a una España que, de forma muy extemporánea, se cuestiona el modelo de Estado a la vez que pone lindes maniqueas en la valoración de su pasado, volviendo a la dialéctica de vencedores y vencidos, hurgando en las fosas. Ese nuevo rupturismo pudiera tener consecuencias impensables, y no tan solo por aunar buenas intenciones y cálculos de provecho político. Los Estados- nación- -dice Manent- -son la realidad en la que vive el ciudadano. Como no existe un demos europeo, la democracia sin Estado- nación es pura gestión: incluso tiene algo de experimento de laboratorio, desvinculado de la realidad de un paisaje, de una Historia y de una voluntad colectiva que en el caso de España es notablemente mayoritaria según las encuestas. Cada Estado- nación tiene su propia experiencia histórica, su conocimiento de lo noble y de lo trágico, de la gloria y del fracaso. A eso se siente uno vinculado o desvinculado, según su libre elección, pero lo que no puede hacer es borrarlo de la pizarra. Hasta dónde quiera llegar el experimento de Rodríguez Zapatero es una incógnita tan general que incluso quizás abarque al propio presidente del Gobierno. Cuánto hay que borrar de la pizarra es la pregunta más acuciante de hoy: de hecho, tampoco sabemos con claridad cuál es la Europa que quiere Zapatero. Atareado en la responsabilidad de redistribuir las culpabilidades que conciernen a nuestro pasado común, concede a su Alianza de Civilizaciones todas las virtudes abstractas mientras prescinde de las virtudes concretas que son el pan de cada día de una política razonada. Así da lo mismo aceptar que Cataluña sea una nación cuando la Constitución la caracterizaba como nacionalidad. Zapatero parece haber decidido que lo virtual tiene preferencia sobre lo real. Otros deciden pensar- -con Pierre Manent- -que la ciudad y el Estado- nación todavía son las dos únicas formas políticas que han sido capaces de realizar la unión íntima de la civilización y de la libertad. A quién le importa. Hay quien se apresura a convocar los funerales del Estado- nación. Tiene que venir Nicolas Sarkozy para revelarnos que España es una gran nación. Eso vale por una tregua con el vecino- enemigo francés. vpuig abc. es E haber podido concurrir a los premios Goya, la película de los vaqueros gays habría arramplado hasta con las estatuillas del vestíbulo. Se las habría entregado la ministra Carmen Calvo vestida de Mariquita- -of course- -Pérez, y Zerolo, oficiando de maestro de ceremonia, habría intentado casar allí mismo a los dos desdichados protagonistas, pese a que uno de ellos acaba de interpretar, para desetiquetarse, al mismísimo Casanova. Pero como Brokeback Mountain se presentaba a los Oscar de Hollywood, en esa permisiva California donde la homosexualidad tomó hace décadas carta de naturaleza, pues se ha quedado sin el premio gordo de una Academia poco dispuesta a cargarse de un plumazo- -con IGNACIO perdón- -el varonil código CAMACHO sagrado del western. John Wayne sigue siendo mucho John Wayne, y Gary Cooper está en los cielos. La película en cuestión es excelente, bellísima, conmovedora si se ve sin prejuicios, y Hollywood se lo ha reconocido con tres Oscars, entre ellos el de mejor director, que no es poca cosa. Pero la industria americana no ha querido dejarse llevar por la corriente de lo políticamente correcto. Allí, en materia de transgresión familiar el listón sigue por ahora en la freudiana escena de James Dean tirando piedras a la casa paterna de Al este del Edén o en la lascivia menorera, pero heterosexual, de Kevin Spacey en American beauty Los responsables de Brokeback Mountain se han consolado pensando, razonablemente, que su apuesta iba demasiado lejos para la América de George W. Bush, porque una cosa es que el cowboy de Marlboro haya muerto de cáncer de pulmón y otra distinta que se le volviese el paraguas, como dicen en el Cono Sur, y acabase liado con un colega- -entre pitillo y pitillo, antes y después- -en la tienda de campaña mientras duerme el ganado. Es probable que la hermosa, dura y emotiva cinta de Ang Lee haya sido víctima en Estados Unidos de su propia osadía argumental, en la misma medida en que le ha reportado el aplauso de los festivales y foros cinematográficos europeos. En una sola pieza, Lee ha sacudido la conciencia social convencional y le ha pegado una patada en el hocico al western clásico, severamente codificado por tantas obras maestras de género. Así que una película inobjetable, de una belleza turbadora y una honda y dolorosa sentimentalidad, ha resultado víctima de su propia voluntad de desafío y ruptura, que ha impedido que se vea únicamente como buen cine y la ha servido al público como objeto de polémica moral. Decía Gide que con buenas costumbres no se hace buena literatura, pero Brokeback Mountain pisa demasiados terrenos vedados a la vez. Y eso puede funcionar en la España buenista del zapaterismo- -donde, por cierto, no hay nadie con talento bastante para hacer un cine así- -y vuela a favor de corriente en la Europa multicultural del pensamiento débil, pero choca de frente con la conciencia mayoritaria de una América orgullosa de sus valores y de sus mitos. En el mérito lleva la desgracia y en la intención, la penitencia.