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ABC MARTES 7 3 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC HOLLYWOOD SE QUITA LA CARETA Crash ha ganado el Oscar a la mejor película, pero podrían haberlo ganado igualmente Brokeback Mountain Truman Capote Munich o Good Night, and Good Luck sin que por ello se hubieran oído crujir los resortes de lo justo... L cine americano, o más certeramente, al hollywoodiense, se le suele combatir con tópicos. Es un cine conformista. Es ficticio. Es pueril. Es banal, mentiroso, fraudulento... Ofrece una imagen adulterada y artificiosa de la realidad... En fin, uno coge cualquiera de estos adjetivos y no necesita saber más: con uno o varios de ellos se define la cinematografía americana (hollywoodiense) sin necesidad de explicarse, de reflexionar o argumentar. No hay líquido, salvo, tal vez, el amniótico, en el que se encuentre más cómodo el ser humano que en el del tópico; y allí puede pasarse uno la vida chapoteando feliz y sin más angustias que alguna que otra apacible ahogadilla de vez en cuando. Lo malo es cuando la inoportuna realidad te tapa por completo el lindo horizonte y no te permite zanganear cómodamente entre frases hechas y opiniones sobadas: todas las películas que se han barajado este año para ganar el Oscar eran magníficas; más que magníficas, simbolizaban un cine arriesgado, brillante, inconformista, revelador, reflexivo... hasta de bajo presupuesto. He ahí, también, el cine americano. Crash ha ganado el Oscar a la mejor película, pero podrían haberlo ganado igualmente Brokeback Mountain Truman Capote Munich o Good Night, and Good Luck sin que por ello se hubieran oído crujir los resortes de lo justo. Y qué podemos decir de una cinematografía cuyas cinco candidatas a mejor película del año son espléndidas, merecedoras todas ellas del mejor de los premios. Sobre todo, qué podemos decir nosotros instalados en la nuestra, tan oronda y orgullosa de sí misma, y que este año presentó una papeleta de candidatas a los Goya en la que ocurría exactamente lo contrario... A pesar de ello, no será fácil que nos sorprendan en una actitud humilde frente a ese cine americano al que tan confortablemente envolvemos en el papel del tópico. Olvidémonos de las comparaciones para centrarnos en lo que hay de cierto en el cine actual que nos llega de Hollywood con el aval de haber sido premiado por ellos mismos. Es decir, el cine de Hollywood que el propio Hollywood recomienda mediante el mejor de sus premios. Crash es una fotografía actual, de ayer mismo, de Los Angeles. Un flashazo inmisericorde y directo al individuo, dueño y señor de sus pensamientos, de sus comportamientos, de sus aprensiones, sus vicios, sus escrúpulos y deterioros, y también de sus heroicidades y trascendencias. Habla de una ciudad, pero murmura de cada uno de sus habitantes: de sus policías, de sus inmigrantes, de sus hijos, de los ciudadanos instalados y los que buscan instalación, de sus jóvenes, de los negros, de los blancos y de los negros blancos... Es una película que regatea constantemente a lo previsto, que burla el imán de los arquetipos, que no encadena a moldes a sus personajes, tan buenos, tan malos, tan normales y humanos... que habla de racismo con minúsculas y sin A acentos, que reflexiona acerca de la confusión entre la crueldad y la bondad. Crash es una película que está justo al otro lado de la inepcia actual, una película que intuye la pasta con la que estamos hechos y que ello la (y nos) impregna de sinsabor, de desconsuelo... Una película que te arropa con la pesadumbre de su sudario. Se ha dicho de ella que en su interior, en su esencia íntima y recóndita lleva inscrito un recado conservador: y si así fuera, ¿hay algo en nuestra deshilvanada o desenfrenada realidad más provocador, más estimulante, que un mensaje conservador tan sutil, valiente y brillantemente expuesto? De todos modos, por encima de esta y de otras consideraciones, Crash tiene algunos de los momentos de mayor congoja y hermosura que se recuerdan en película alguna, como el aparentemente fácil de la capa mágica sí, tan sobrecogedora y emocionantemente fácil, que te llena de algo de lo que adolecemos y probablemente ya adoleceremos para siempre. Brokeback Mountain se ha quedado sin el Oscar a la mejor película, pero no por ello pierde ni una tuerca de su magnífico mecanismo: cine de grandes sentimientos aunque disimulado tras una suave y resuelta manita de transgresión. Lo importante de Brokeback Mountain son los sentimientos, y no la transgresión (aunque es tan propio nuestro mirar el dedo que señala en vez de adónde señala... De grandes sentimientos y de grandes praderas; de grandes decisiones y de grandes (a, e, i) lusiones; una película de género, de gran género, el western que se adentra por caminos muchas veces explorados pero eludidos, esquivados, y que ahora orla y explicita un cineasta chino y esponjoso llamado Ang Lee. El western género macho por tradición y que ha sublimado hasta terrenos impertinentes las relaciones de amistad y enemistad entre hom- bres, es el recipiente y al tiempo la auténtica transgresión en esta historia que retrata Ang Lee con la misma cámara y en el mismo aire que lo hizo el gran cine. Es decir, que lo auténticamente provocador no es la historia, sino el género bajo cuyas leyes se narra, entre otras cosas porque abre una puerta al pasado por la que se puede revisar y releer algunos pedazos del cine de nuestra vida... husmear entre las aceptables elipsis, los carnosos diálogos y la intensidad de las relaciones de aquel cine poblado por los viejos vaqueros y que han compartido fogata y pradera como ahora lo hacen Ennis Del Mar y Jack Twist... Pero eso, tan discutible, es sólo un ventanuco trasero por el que mirar la auténtica leyenda de estos dos tipos pequeños y empequeñecidos, incapaces de saltar limpiamente por encima de sus propios prejuicios: son dos blancos ciegos que quieren hacerse pasar por negros en el Soweto del apartheid Ang Lee, como hace Paul Haggis en Crash no justifica al individuo porque sea víctima de la presión social: sus vaqueros (en realidad, son ovejeros) eligen- -o se resignan, al menos- -que su vida y sus fantasías discurran por caminos opuestos. A diferencia de Paul Haggis, Ang Lee siente compasión hacia sus personajes y les regala un emotivo desenlace en el que diluir los distintos líquidos contradictorios en los que están empapados. Un modo sumamente singular y asombroso de llegar al duelo final de un western casi clásico. De Truman Capote se ha reconocido lo que sin ninguna duda se ve más y antes: la interpretación en línea con lo prodigioso de Philip Seymour Hoffman, quien probablemente ha hecho ya desaparecer para siempre la propia imagen del escritor para imponer la suya propia. La valentía y el notable atrevimiento de esta película consiste en hacer un retrato casi imposible pero en todo caso obsceno y fresco de esa zona tenebrosa que hay entre la cabeza de Capote y el puño que escribió A sangre fría Seymour Hoffman revela en sinuoso equilibrio el zigzag del alma del escritor y su escasa y claudicante lucha ética como ser humano ante la imperiosa exigencia del artista. Y Bennett Miller, el director, tiene la lucidez de embotellar el vitriolo del infeliz escritor junto a aquel ruiseñor muerto de la gran novela de su amiga Harper Lee, quien lo conoció entonces como hoy nosotros. Good Night, and Good Luck y sobre todo Munich no ganaron nada y pasan, por lo tanto, a esa honrosa repisa de las grandes películas a la espalda del Oscar. Que nadie se baje del burro del tópico. Ya sabemos que el cine americano, hollywoodiense, es banal, conformista, pueril... Lo sabemos, pero tal vez podríamos durante algún tiempo estarnos calladitos y sin papagayearlo. E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Crítico de Cine