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ABC LUNES 6 3 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC ¿POR QUÉ GRUÑE EL OSO? Ni el Gobierno ruso ni la población en general son capaces de establecer un modus vivendi con la comunidad internacional. Piensan que son únicos, que están rodeados de enemigos, y que estos enemigos les niegan el lugar que les corresponde en el mundo... OR qué nos siguen causando problemas los rusos a pesar de que la Guerra Fría acabó hace ya tiempo? ¿Por qué invitan a los líderes terroristas de Hamás a Moscú? ¿Por qué cortan el flujo de gas natural a Ucrania, reduciendo así el volumen que llega a Europa Occidental? ¿Por qué acosan a las organizaciones no gubernamentales extranjeras, acusándolas de espionaje y de incitación a la revolución? ¿Por qué llevan a cabo maniobras militares conjuntas con los chinos, con Taiwán claramente en el punto de mira? Hay muchas causas para explicar estos actos, que van desde la falta de cooperación hasta la hostilidad sin disimulos. Hay dos que destacan. La primera es la incapacidad de Rusia para encontrar un lugar como es debido en la comunidad internacional. Esta sensación de aislamiento tiene profundas raíces históricas. Al ser Rusia un país que profesa la fe cristiana ortodoxa, derivada de Bizancio, los rusos siempre se han sentido alejados de la Europa católica y protestante, por no hablar del Asia islámica y budista. ¿P dad era un régimen reaccionario que tenía más que ver con la autocracia de Nicolás I o de Alejandro III que con los ideales socialistas de los intelectuales radicales. La tradición política rusa es firmemente conservadora, hasta tal punto que incluso su marxismo adoptó tintes conservadores. Hasta 1991, Rusia había abandonado la autocracia solamente dos veces en su historia- -a principios del siglo XVII y otra vez en 1917- y en ambos casos la caída de la autocracia llevó no a un régimen liberal sino a la anarquía, que desembocó en la restauración del absolutismo. Actualmente parece estar dándose el mismo proceso. L unque el papel que tiene la religión en la política es mucho menor que en el pasado, la sensación de alienación persiste en forma secular. Las encuestas de opinión indican que la mayoría de los rusos consideran a Occiente un enemigo y que no quieren adoptar el modo de vida occidental. La prensa rusa está repleta de comentarios sarcásticos sobre Europa y Estados Unidos, y encuentra satisfacción en cualquier noticia desfavorable que emane de ahí. Incluso después de la pérdida de su imperio, Rusia sigue siendo el país más grande del mundo. Esta amplitud contribuye a la sensación de alejamiento. Los rusos se enorgullecen inmensamente de la gran extensión de su tierra: tienen tendencia a creer que no son un país como los demás, sino un continente. También creen que, debido a su tamaño, merecen la categoría de superpotencia y que como tal tienen derecho a participar de manera decisiva en los asuntos del mundo. El idioma ruso fomenta esta ilusión porque la palabra velikii significa grande y magnífico El otro factor que refuerza la sensación de aislamiento y hostilidad hacia el mundo exterior tiene que ver con la tradición antidemocrática y autoritaria rusa. Aunque durante la era soviética Rusia era considerada por lo general un país radical, su radicalismo se ceñía a los eslóganes marxista- leninistas destinados exclusivamente a la exportación. En reali- A os rusos están despolitizados hasta un punto sorprendente. No creen que la gente normal pueda tener influencia alguna sobre el Gobierno, que consideran una corporación cerrada de altos funcionarios que se preocupan por sus propios intereses. Con lo cual consideran que las elecciones y los procedimientos democráticos son un fraude. Lo que les importa no es que el Gobierno refleje sus preferencias- -en su opinión ningún gobierno lo hace nunca- -sino que sea fuerte y eficaz. Su función principal es la de mantener el orden. Cuando las encuestas les preguntan qué es más importante para ellos, si el orden o la libertad, tres cuartas partes responden que el orden, aparentemente dando por sentado que las dos cosas son incompatibles. Un factor que fomenta este concepto del buen gobierno es que los rusos no se fían los unos de los otros. La confianza mutua, que es esencial para que la sociedad civil funcione, escasea en gran medida. Aparte de sus familias y amigos íntimos, los rusos suelen considerar a los demás como enemigos. Esta percepción también fomenta el gobierno antidemocrático, porque la mayoría depende de las autoridades para protegerse de sus vecinos. No sólo están despolitizados, están des- socializados. La Rusia actual, como en el pasado, consiste en una multitud de enclaves pequeñitos hacia los cuales el Gobierno no siente ninguna responsabilidad y que no esperan gran cosa de sus gobernantes. A juzgar por los resultados electorales, un mero 10 por ciento de los rusos, concentrados principalmente en las grandes ciudades, comparten los conceptos occidentales sobre los poderes y los deberes del gobierno. n cierta medida, esto se debe a que el régimen poscomunista se ha negado deliberadamente a cortar de manera clara con el pasado soviético. Más allá de las dos ciudades principales, Moscú y San Petersburgo, las reliquias del pasado comunista son visibles en todas partes. Por todo el país hay desperdigadas incontables estatuas de Lenin que exhortan al pueblo a marchar hacia el futuro comunista. Las calles suelen llevar nombres de acontecimientos o héroes comunistas. El presidente Putin instauró hace poco el antiguo himno nacional soviético (con la letra cambiada) en la Federación Rusa. Cada año, en febrero, el país celebra la creación del Ejército Rojo en 1918. No es de extrañar que, según las encuestas, casi un tercio de los rusos, la mayoría de los cuales residen presumiblemente en zonas rurales y pueblos pequeños, no sean conscientes de que el régimen soviético ya no existe: lo siguen considerando su Gobierno. Estos factores presagian problemas duraderos en las relaciones de Rusia con el mundo exterior. Ni el Gobierno ruso ni la población en general son capaces de establecer un modus vivendi con la comunidad internacional. Piensan que son únicos, que están rodeados de enemigos, y que estos enemigos les niegan el lugar que les corresponde en el mundo. Las autoridades fomentan estos sentimientos porque crean un vínculo con sus súbditos que en otros aspectos apenas ha sido desarrollado. E RICHARD PIPES Catedrático emérito de Historia en Harvard