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56 DOMINGO 5 3 2006 ABC FIRMAS EN ABC MIGUEL TORRES PERIODISTA DE MAYERLING A LADY DI Dos misterios que incluyen todos los elementos de la novela romántica junto a las más amenazadoras sospechas sobre la larga mano del poder... A tragedia de Mayerling fue el gran misterio, con una parafernalia imperial digna de la más romántica de las óperas y el más funesto de los desenlaces, de finales del siglo XIX, con un interrogante que ha hecho correr ríos de tinta: ¿fue doble suicidio o fue crimen de estado la muerte del archiduque Rodolfo de Habsburgo y la jovencísima condesa María Vetsera en el castillo de los bosques de Viena? La muerte, un siglo después, de Lady Di y Dodi al Fayed en el túnel situado bajo la plaza de l Alma de París, ¿fue un accidente o fue una conspiración? Dos misterios que inpedido permiso al papa León XIII- -permiso que le fue denegado- -para separarse de la princesa Estefanía y casarse morganáticamente con María Vetsera. Diana desafiaba al Trono con un matrimonio escandaloso. Los dos, con cien años de separación, tuvieron un final trágico. Hablar de Mayerling es historia, hablar del túnel de París es periodismo, sobre todo cuando, según las últimas investigaciones de Scotland Yard, hay testimonios que acusan a Henri Paul, el polémico conductor del automóvil en que murieron Diana y Dodi, de ser informador de los servicios secretos franceses. De ahí a volver a especular con una conspiración sólo hay un paso, y de que se hable nuevamente del misterioso Fiat blanco o del rayo laser lanzado contra el parabrisas por una persona que viajaba de acompañante en una moto. L cluyen todos los elementos de la novela romántica junto a las más amenazadoras sospechas sobre la larga mano del poder. El heredero del imperio austrohúngaro, hijo de Francisco José e Isabel (Sissi) tenía treinta y un años; Diana, la frustrada princesa de Gales, treinta y seis. Rodolfo era un sentimental, como su madre, apasionado por Hungría, que se enfrentó al rígido emperador. Diana era una inestable despechada que desafió a la familia real británica y estaba dispuesta a casarse con un musulmán, olvidando que era madre de un futuro Rey de Inglaterra. Rodolfo de Habsburgo había CARLOS MURCIANO ESCRITOR ESA TROMPETA EMANAS atrás, comentando en estas páginas la novela Rumbo Sur de Manuel L. Alonso, aludía yo de pasada al Concierto para trompeta en Mi bemol mayor de Joseph Haydn, pieza favorita de su protagonista, hábil como intérprete y torpe como padre. Sé de algunos melómanos que no se muestran muy partidarios de la trompeta solista en concierto. A mí, en cambio, siempre me gustó. Tengo muy oídos los de Händel, Telemann, Stoelzel, Michael Haydn, Torelli, Tartini, Manfredini, Corelli, Leopoldo Mozart- -todos, ¿curiosamente? en la tonalidad de Re mayor- Albinoni, Hummel o el citado de Joseph Haydn: que hay una rica literatura para tal instrumento. Un día lo encontré- -sorpresivo, infrecuente, rompedor sin daño- -en el Concierto para piano n 1 en Do menor opus 35, de Dmitri Shostakovich, y aplaudí la decisión del ruso, quien, pasado cierto tiempo, dijo que no lo consideraba una de sus mejores obras Algo que un autor, creo, no debe decir. Porque toda obra tiene sus admiradores, y declaraciones así les afectan, y aún pueden, a partir de entonces, mirar hacia otro lado. No es mi caso. Ese concierto sigue entre mis preferidos. Y esa trompeta, sola o no. Shostakovich, ahora en olor de centenario (nació el 25 de septiembre de 1906) escribió su concierto con veintiséis años: iniciado en mar- S zo de 1933, lo completó cuatro meses más tarde. Era su primera obra concertante, y para ella eligió una formación original- -piano, trompeta y quinteto de cuerda- estructurándola en cuatro movimientos; allegretto, lento, un brevísimo moderato y el allegro con brío final. Es en este último en donde la trompeta se hace más visible, más presente. El humor, a veces ligeramente grotesco, del maestro de San Petersburgo, vibra aquí, junto a matices paródicos, pues que en determinado momento la trompeta llega incluso a entonar un tema de una sonata haydniana, poniendo punto a ese brío del allegro casi de manera abrupta. No temo las dificultades- -afirmó Shostakovich- Se puede estar más cómodo y seguro siguiendo el camino de siempre, pero es aburrido, sin interés e inútil Y en otra ocasión, supongo que sin sonreír, dejó caer, irónico; Quiero escribir una música buena y divertida, que en lo posible cause placer incluso a un oyente cualificado ¿Música divertida? Más bien nueva, rebelde. Porque Shostakovich era un hombre tímido, introvertido, un tanto enigmático. Vivió sesenta y ocho años (falleció en Moscú, el 9 de agosto de 1975) pero lo hizo en una Europa rota por dos guerras, en una Rusia revolucionaria y convulsa, oprimida por la férrea bota de Stalin, que, sin embargo, alumbró una serie de figuras relevantes, como Malévich, Kandinsky, Eisenstein, Maiakowsky, Ajmátova, Tsvietáveva, Esenin, Rostropovich, Prokofiev, Pasternak, Mandelshtan... El éxito de su ópera Lady Macbeth de basada en un relato de Leskov y estrenada en San Petersburgo en enero de 1934, se vio interrumpido, tras su representación en Moscú, por el feroz ataque de Pravda una corriente confusa de sonido... aullidos, gritos y zumbidos que no hacía sino recoger las consignas del realismo socialista staliniano. Su Sinfonía n 5 opus 47, le reconcilió en parte con el régimen, que otorgó el Premio Stalin a su Quinteto con piano (1941) y volvió a otorgárselo, ocho años después, a su oratorio La canción de los bosques opus 81, para coro de niños, coro mixto, solistas y orquesta. Fue en sus cuartetos en donde el compositor- -dividido entre su necesidad de adaptarse a una implacable normativa externa para sobrevivir, y su verdad interior- -volcó lo mejor de sí mismo, como en un refugio propicio y redentor. Ahora, esa trompeta, y ese piano, suenan en la noche marzal. He bajado el volumen de la música para no perturbar el reposo ajeno. Hay una luna grande y fría posada sobre los árboles del parque cercano, que deben de sentir ya por sus entrañas el empujón de la primavera. En el teclado se deslizan las manos de Elisabeth Leonskaja; sopla el metal Gary Bordner. Me identifico con esta versión del concierto del maestro ruso, tanto tiempo ya conmigo. Y vienen a mi memoria los versos de Tania Vandevak: Esa trompeta que en el aire traza la rúbrica de un nombre recobrado De un hombre recordado. La verdad es que la enigmática figura de Henri Paul, el veterano conductor que estrelló el automóvil contra uno de los pilares del túnel, ha sido y sigue siendo uno de los misterios del caso. Quizá la primera y mayor luz sobre el personaje fue la que diera Gordon Thomas en su espléndida historia del Mossad, los servicios secretos israelíes. Cuenta Thomas que, tiempo antes de la tragedia de Diana, el Mossad decidió mantener un informador en el hotel Ritz de París, propiedad de Mohamed al Fayed, padre de Dodi, que diera cuenta de las actividades de tantos árabes ricos y poderosos que se alojaban en el establecimiento y de la legión de vendedores de armas que lo utilizaban para sus encuentros. Con la información elaborada por el katsa (residente) del Mossad en Paris, el espionaje envió a la capital francesa a un agente, Maurice, especializado en reclutar informadores. Henri Paul era el responsable de la seguridad del hotel, con acceso a todas las dependencias del mismo. Escuchaba conversaciones, era testigo de citas y encuentros, podría establecer controles telefónicos y servía de conductor de confianza para personajes especiales. Le gustaba la bebida, consumía muchos antidepresivos y somníferos, tenía pasión por el lujo y sus ingresos profesionales no daban para tanto. Maurice comprobó cómo Paul percibía sobornos de los paparazzi que buscaban información sobre los huéspedes, y que estos soplos a la prensa se intensificaron ante la llegada de Diana al hotel. Maurice le sometió a un acoso implacable, prometiéndole mucho dinero a ingresar en el banco que quisiera para comprar un futuro desahogado y amenazándole, si se negaba, con contar a la dirección del Ritz sus confidencias a los periodistas. Llegó un momento que la presión sobre un desequilibrado Henri Paul fue intolerable. Por un lado había recibido la misión de velar por la seguridad de Diana y Dodi y de mantener alejados a los periodistas, pero estos le tenían cogido por el cuello para que les informara sobre las actividades de la pareja. Y encima aquel misterioso Maurice le había fichado prácticamente para suministrar una información que no se le ocultaba que sería peligrosa. El acoso del Mossad terminó en la madrugada del domingo 31 de agosto de 1997 cuando un empleado del centro de accidentes de la policía de París, informador de los israelíes, comunicó telefónicamente a Maurice lo que había sucedido en el túnel de la plaza de l Alma, donde, junto a Diana y su amante, perdió la vida Henri Paul, conductor del automóvil. El destino frustró su reclutamiento como informador del Mossad, pero quedó claro que era una presa fácil, por su inestabilidad y ambición económica, para cualquier servicio secreto. ¿Lo fue por parte de los franceses, como ahora se dice? Al cabo de más de cien años Mayerling sigue siendo un misterio. Después de ocho años largos de la desaparición de Diana todo son incógnitas siniestras sobre su final. Los enigmas de la historia.