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ABC DOMINGO 5 3 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EL PARTIDO POPULAR Y LA IMAGINACIÓN Subestimar a Rodríguez Zapatero sería un acto de incalificable ingenuidad política porque, aunque su ideología sea invisible no quiere decir que sea inexistente A experiencia política dictamina que tras un largo período de gobernación de la mano de un líder carismático o fundacional la pérdida del poder comporta para el partido una casi inevitable crisis de cohesión y de identidad. Sin embargo, no ha ocurrido tal en el caso del Partido Popular, que, aunque con algunas convulsiones internas, no ha registrado una quiebra significativa. La explicación a esta solidez de la derecha democrática en España quizá se encuentre en las circunstancias insólitas en las que se produjo su derrota electoral y en un perspicaz aprendizaje histórico sobre el carácter fatal de los fulanismos en el ámbito del conservadurismo nacional. Pero sean estas razones u otras las que expliquen la entereza del PP, lo que parece cierto es que el partido no se rompe, que su expectativa de voto es, a tenor de las encuestas, muy firme y que la coexistencia de sus muy distintos dirigentes, aunque difícil en ocasiones, se está encarando con notable pragmatismo. El resumen sería que en el PP no se ha producido, en la medida de lo que era predecible, el estrés postraumático. L ver con el llamado pensamiento débil sino con metodologías en el ejercicio del poder extraordinariamente subversivas respecto de lo establecido y de las convenciones más arraigadas en las sociedades occidentales. Aparentes extravagancias del Gobierno como la llamada alianza de civilizaciones, la profundidad en la alteración de la institución matrimonial mediante la regulación del homosexual, la activación de minorías sociales de gran dinamismo público y el abordaje de cuestiones políticas sacralizadas con una suerte de improvisación e impertinencia desconocidas- -el modelo de Estado o las relaciones con la Iglesia, por poner dos ejemplos muy obvios- -delatan que este nuevo PSOE no se reconoce heredero de ningún legado incómodo o paralizante, ni es tributario, siquiera, de su propia historia y tradición. En estas circunstancias, subestimar a Rodríguez Zapatero sería un incalificable acto de ingenuidad política porque, aunque su ideología sea invisible, no quiere decir que sea inexistente. a fuerza de la oposición, aunque parezca contradictorio, reside, precisamente, en la muy arriesgada manera en la que el PSOE y el Gobierno están ejerciendo el poder. La posibilidad de que sus apuestas- -las políticas y las económicas- -terminen por naufragar son altas y el presidente, para evitarlo, en vez de acudir a la prudencia eleva la apuesta. Así lo está haciendo con la opa sobre Endesa o en la política antiterrorista. Y así lo está haciendo en el envite más sutil de todos los que está lanzando Rodríguez Zapatero, que no es otro que la previsión de que el PP se cuartee desquiciado internamente por el desacuerdo en la manera de combatir su teoría política (el buenismo) y su práctica de gobierno (la evitación de todo convencionalis- S in embargo, el peligro de que surja una crisis en las filas populares no está aún conjurado. Para que de verdad lo esté hace falta que se produzca una eficiente y general voluntad de coexistencia interna que permita la cohabitación disciplinada de tendencias y criterios no necesariamente cortados por el mismo patrón. La derecha en España responde a orígenes diversos- -cristianos, liberales, conservadores- se debe desenvolver en ámbitos muy diferentes, algunos con especificidades extraordinarias, y, sobre todo, debe dar réplica a un socialismo multiforme que despliega eso que Jesús Trillo Figueroa denomina ideología invisible. La invisibilidad de la ideología socialista puede ser tanto una ausencia de la ideología tradicional de la izquierda como un travestismo ideológico, pero sea una cosa o la otra, el Partido Socialista se comporta para el PP como un blanco móvil, dotado de una semántica persuasiva y blanda, con enorme capacidad de adaptación a circunstancias cambiantes y pertrechado de extraordinaria versatilidad para relativizar las más grandes e importantes cuestiones de la convivencia nacional. Así, el socialismo de Rodríguez Zapatero- -difícilmente predecible en sus reacciones- -es un adversario con perfiles novedosos al que la derecha democrática española no ha tomado aún la medida. No es fácil hacerlo porque no tiene correlato en ningún país de nuestro entorno y, de alguna forma, el zapaterismo se ha convertido en un sinónimo de políticas audaces dentro del propio código del progresismo europeo. Baste para acreditarlo la inquietud bibliográfica que comienza a analizar las decisiones del presidente del Gobierno español que no tienen que L mo en las decisiones sustanciales) La gran victoria del presidente del Gobierno consistiría justamente en que un ataque de suficiencia en el Partido Popular no le reconozca como un dirigente político con una determinación radical de seguir ejerciendo el poder y con una voluntad decidida de desmentir los dicterios que le atribuyen insolvencia, liviandad intelectual e incapacidad de liderazgo. El reto de los populares, por eso, consiste en la correcta identificación del adversario y, en función de su profundo conocimiento, la adaptación plena a la situación política y social creada en estos dos últimos años. Desde esta perspectiva de máxima precaución hacia las posibilidades reales del nuevo socialismo español, la derecha democrática debe quebrar modelos, remozar conceptos, repensar estrategias y olvidar esos cantos de sirena que, desde concepciones arcaicas de la política, enfrentan a unos con otros, trazan líneas de separación entre una generación y la siguiente o la anterior, niegan la posibilidad de convivencia coherente entre los supuestamente duros y los supuestamente blandos, persisten en visiones unidireccionales y propugnan la vigencia permanente de verdades que pudieron serlo en su momento pero que han sido revisadas y rebasadas. En alguna medida, el Partido Popular ha detectado que la política española discurre por nuevos caminos y que son precisas, en consecuencia, reformulaciones muy profundas. Lo esencial sería que el PP, en cuanto expresión electoral hegemónica de la derecha democrática, no se sintiese secuestrado por nada ni por nadie, sino que recorriese el amplio margen de maniobra de que dispone en una unidad y cohesión creativas. os líderes conservadores emergentes en Europa, desde una innovadora Angela Merkel que propone un nuevo entendimiento de la solidaridad y del Estado federal alemán, hasta un David Cameron británico que somete a votación las líneas esenciales de su programa en el Partido Conservador, pasando por un Nicolás Sarkozy que propugna una auténtica transición de la V a la VI República francesa, son referentes útiles para considerar que la clave está en la formulación de nuevos conceptos que encierren valores permanentes, una especie de taumaturgia política en la que el deber ser se compadece con maneras rompedoras en el modo de ser. Todo está inventado y el revolucionario mayo de 1968 deparó extraordinarias lecciones, y, entre ellas, una esencial: la imaginación al poder. El PP tiene que pasar de la rutina a la imaginación. Porque ese es el camino de regreso al Gobierno. L JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director de ABC