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ABC SÁBADO 4 3 2006 Opinión 5 LA RAYA EN EL AGUA LIBERALISMO DE BOQUILLA S EL CÓDIGO DAN BROWN ECUERDO la lectura de El código Da Vinci como una experiencia abracadabrante. Creo que se trata de uno de los libros más toscos que nunca hayan caído en mis manos, pero de una tosquedad que no es exactamente pedestre, sino más bien chapucera, casi me atrevería a decir que simpática de tan chapucera. El bueno de Dan Brown no disfrazaba la paparrucha de pedantería, no se preocupaba de maquillar el esquematismo de sus personajes con esos aderezos de pachulí introspectivo que suelen utilizar otros fabricantes más duchos de best- sellers no se molestaba en sazonar su peripecia con una mínima dosificación de la verosimilitud, ni siquiera se recataba de repetir hasta la machaconería los mismos trucos efectistas o de introducir con calzador aclaraciones que parecían postular un lector infinitamente lerdo. No, señor. Aquello era un bodrio mondo y lironJUAN MANUEL do, sin afeites ni disfraces; un bodrio DE PRADA candoroso, risueño, como encantado de haberse conocido. La impresión estupefaciente que me produjo su lectura nunca antes me le había deparado libro alguno; para describirla, tendría que compararla con esa hilaridad lisérgica, entreverada de pasmo y delicioso sonrojo, que me procuran las películas de Ed Wood, donde los ovnis siempre son platos de postre envueltos en papel de aluminio y los actores recitan sus parlamentos como si estuviesen en estado de trance hipnótico. Recuerdo con especial delectación un pasaje de la novela en el que los protagonistas, inmersos en su delirio esotéricopatafísico, se topaban con un mensaje presuntamente críptico que el bueno de Dan Brown reproducía, para que el lector se estrujase las meninges en su dilucidación; el mensaje se veía a la legua que era la imagen invertida que devuelve el espejo de un texto escrito en castellano (o inglés en el original) pero los protagonistas se tiraban algo así como veinte pá- R ginas discutiendo si estaría redactado en arameo o sánscrito, ocasión que el bueno de Dan Brown aprovechaba para tirar de erudición Google y colarnos unos tostonazos desquiciados sobre tan venerables y vetustas lenguas, por supuesto regados por doquier de gazapos y disparates históricos. También deambulaba por allí un sicario albino que se nos presentaba como monje del Opus Dei ¡vaya calladita que se tenía la Prelatura esta sucursal monástica! y, en fin, todo tenía en el libro el mismo aire chusco, como de borrachera de anisete espolvoreada de anfetas. En fin, cada época tiene la literatura que se merece. Ahora acusan al bueno de Dan Brown de plagio; lo hacen unos tipos que, al parecer, perpetraron hace un par de décadas otro libraco donde se anticipaban las eyaculaciones mentales que nuestro héroe ensarta sin rubor en su exitosísimo bodriazo: que si Jesús tuvo un hijo con la Magdalena, que si la Iglesia se encargó de perseguir durante siglos a tan divina estirpe, que si patatín y patatán. De repente, el mito Dan Brown se nos derrumba, pues habíamos llegado a creer que semejantes desvaríos calenturientos habrían brotado de su cráneo privilegiado, que imaginábamos como una especie de cacerola donde hierve un sopicaldo de neuronas mutantes. La posibilidad de que el bueno de Dan Brown se nos convierta ahora en un discreto y aplicado amanuense nos deja sobrecogidos, casi mudos. ¿Cómo calificaremos ahora un bodriazo cuyo principal mérito cifrábamos en su desparpajo para ensartar patochadas a velocidad de ametralladora, si las patochadas resulta que no son originales, sino saqueadas a un precursor? ¿Y qué hacemos con los epígonos de Dan Brown, la caterva mugrienta de sus imitadores, que han infestado las librerías de templarios que beben a morro en un grial que les tocó en la tómbola y sábanas santas que no sirven ni para disfrazarnos de fantasma en la noche de Halloween? ¿Los gaseamos? ¿Los condenamos a la hoguera? A ver, ¿qué hacemos? I algo tiene el agua cuando la bendicen, algo ha de tener la energía cuando su control desata una pasión política que está corroyendo las vigas liberales de la Unión Europea. Hasta ahora, la construcción comunitaria había fracasado en su vertiente política, pero gozaba de un éxito más que razonable en la económica y superó sin problemas un desafío tan notable como el de la unificación monetaria. Europa ha derribado las fronteras mercantiles: los bancos, las empresas metalúrgicas, textiles, de telefonía o electrónicas se expanden por el continente sin más freno que el de la lógica del mercado. Cuando una autoridad financiera italiana jugó al proteccionismo mafioso contra el BBVA, acaIGNACIO bó derribada y arrastrada CAMACHO por el fango. Pero, de repente, alguien ha tocado la tecla de la energía y se ha abierto el viejo armario de los demonios nacionales en España, en Italia, en Francia, en Alemania. Y el espíritu de los padres fundacionales de la Unión está a punto de salir huyendo por la ventana. Simplemente, la energía es el poder. El poder que sostiene la industria y el desarrollo, el fuego sagrado de la sociedad tecnológica. Y los políticos de esta hora mediocre han decidido que con las cosas de comer no se juega. Falta en Europa un liderazgo ambicioso capaz de apostar por horizontes de grandeza, y menudean en cambio los dirigentes de espectro reducido y perspectivas cortas, que se aferran a intereses de recorrido inmediato. Por si no era suficiente con el auge de los nacionalismos aldeanos, ahora rebrota este caduco patriotismo industrial, que no es más que un disfraz del poder en su estado más primario. Fuera máscaras: el afán de controlar desde la política los resortes de decisión económica y social. Justo lo que el credo liberal de la Unión había venido combatiendo para construir una potencia transnacional basada en la fuerza del mercado. El asalto a Endesa desde Gas Natural era una prístina operación de poder al servicio del lobby catalán, que pretende el control de la energía española para compensar la crisis industrial del Principado. Una estrategia legítima que fue perdiendo razones a medida que quedaba de manifiesto la parcialidad arbitraria del Gobierno. Tras la irrupción del gigante alemán E. On en ese pulso doméstico, las autoridades se han puesto a buscar excusas con que blindar su propio statu quo, sin remilgos para retorcer la legalidad y cambiar las reglas a posteriori. Como hace Chirac en Francia ante la acometida italiana. Curioso: socialdemócratas y conservadores de dos países distintos unidos en la misma trinchera de obstruccionismos bajo una hueca retórica de defensa nacional. Liberalismo de boquilla, argumentarios de conveniencia. Razones puede haber, sí, para tratar de conservar ciertas garantías de estrategia energética. Pero no son las de este nacionalismo de opereta. Y menos, las de cierto ministro que va diciendo por ahí eso tan sofisticado de vamos a joder a Endesa...