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20 Nacional MIÉRCOLES 1 3 2006 ABC INGRATITUD CARLOS SECO SERRANO De la Real Academia de la Historia a ingratitud es un pecado individual- -pero también, con frecuencia, social- -que refleja uno de los perfiles, no por generalizado menos negativo, de la condición humana. La he detestado siempre: porque sufrí sus efectos no sólo en mi propia carne, sino como generadora de trágicas consecuencias en seres de mi más entrañable entorno. De forma escandalosa se manifestó la ingratitud en la unánime declaración que todos los grupos políticos representados en nuestro Parlamento suscribieron condenando de nuevo la intentona golpista del 23- F, al cumplirse un cuarto de siglo del suceso, y cuyo fracaso atribuían, generosamente, a la reacción colectiva de los estamentos sociales y políticos; con lo que quedó diluida y neutralizada la única reacción inequívoca y decisiva que evitó un retorno al franquismo cuando este parecía inevitable: la de la Corona; la del Rey Juan Carlos, que con su enérgica intervención salvó la democracia y la reconciliación entre los españoles, por él mismo preconizada y puesta en marcha seis años antes, al asumir la misión que su propio padre había asignado a la Monarquía si llegara a restaurarse: reconciliar a las dos Españas de la guerra civil en el seno de una auténtica democracia. L Recuerdo aquella noche- -la del 23 de febrero de 1981- -como si estuviera viviéndola aún. Yo también había vivido, el 17 de julio de 1936- -y en Melilla- -lo que fue el inicio de nuestra guerra civil; y lo había vivido en sus peores consecuencias. El bochornoso espectáculo de las Cortes aplastadas por la bravuconería de Tejero evocó en mí inevitablemente, con lógica consternación, las gloriosas jornadas del 36. ¿Iba a volver aquello? ¿De nuevo una represión inmisericorde contra cuantos habían protagonizado con generosa ecuanimidad la conquista de una democracia por fin integradora y abierta a todos- -no como la que se planteó mal en 1931, porque se basó en la ruptura sin paliativos- Parecía todo perdido, y sólo cuando surgió en las pantallas de televisión la imagen de nuestro joven Rey, vestido con uniforme de capitán general, desautorizando a los promotores del golpe y ordenando, como Jefe del Ejército, la sumisión de los mandos militares al ordenamiento constitucional respaldado por todos los españoles, la tranquilidad volvió a mi espíritu, como al de cuantos, sin responsabilidades políticas de ningún género, habían apoyado y estimulado- -en mi caso, desde los medios de comunicación- -la santa transi- ción -como irónicamente la llamaba siempre el inolvidable Campmany- Sólo al día siguiente, ya recuperada la garantía de libertad, se movilizó la ciudadanía en impresionante manifestación respaldando y aplaudiendo el contragolpe operado por la Corona. Pero de eso no ha querido acordarse nuestra clase política cuando, veinticinco años después del tejerazo pueden percibirse plenamente los frutos de la decisiva actuación de nuestro Rey: ante todo poniendo en marcha el proceso democrático, y salvándolo luego cuando estuvo en riesgo de frustrarse. Y he de decir que de esta ingratitud es especialmente acusable el Partido Popular. Que la izquierda más o menos radical muestre siempre su insensata proclividad republicana es lógico: sólo cabe recordar a estos nostálgicos de una república como la fracasada en 1936, que un régimen, monárquico o republicano, se legitima por su capacidad para hacer posible la democracia, Que el PP, dada su supuesta voluntad integradora y su lealtad monárquica, haya sumado su apoyo a esa declaración me parece tristísimo y en el caso español no cabe duda a la vista de los resultados. Pero que el PP, dada su supuesta voluntad integradora y su lealtad monárquica, haya sumado su apoyo a esa declaración me parece tristísimo. El propio Rajoy ha tratado de justificarse- -en estas mismas páginas de ABC- -aduciendo que la única razón por la que hemos votado, según me han explicado mis compañeros es para que hubiera una declaración condenando lo que se produjo el 23- F y evitar que algunos dijeran que el PP no lo condenaba Pero ¿es posible que el señor Rajoy, siempre dispuesto a atacar y contradecir duramente cualquier iniciativa o determinación del Gobierno no estimara oportuno poner los puntos sobre las íes en una ocasión como esta, en que simplemente se trataba de subrayar el papel decisivo de la Corona en un acontecimiento ya histórico? Siento decirlo, pero pienso que el señor Rajoy nunca ha sabido- -o nunca ha asumido- -el verdadero papel de una oposición democrática. Para otra época y otra sociedad, ciertamente, un gran estadista- -Cánovas del Castillo- -supo definir lo que debe ser regla de oro tanto para el que gobierna como para el que discute al que gobierna. No hay posibilidades de gobierno sin transacciones justas, lícitas, honradas e inteligentes En la única ocasión en que el señor Rajoy optó por la transacción, esta no ha sido justa, honrada ni inteligente Dios nos coja confesados. Dios guarde al Rey.