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ABC MARTES 28 2 2006 63 FIRMAS EN ABC aprobarán con tal de seguir sin preocuparse. Lamentablemente son como gentes sin papeles a los que no es difícil contratar para cualquier aventura. Y lo peor no es su ignorancia o desidia. Lo peor es la desfiguración, la manipulación, la falsificación masiva y deliberada a la que son sometidos, como ya advertía Marías. Decía que la política contribuye de modo extraordinario a la destrucción de la imagen de España. En su Historia de España, desde Atapuerca al Euro dice Fernando García de Cortázar que muchos españoles, por miedo a ser acusados de ideales franquistas, no se atreven a manifestar públicamente su pensamiento contra el secuestro de la idea de España por la política oficial y las apetencias de la Autonomías ¿Nunca se ha de decir lo que se siente? se preguntaba ya Quevedo. Pues es hora de que muchos, de que la mayoría de los españoles que sentimos que nos están secuestrando parte de España hablemos públicamente, masivamente, valientemente y nos opongamos a esos mercadeos sobre nuestra nación, sobre nuestra identidad, a esos regateos sobre nuestro patrimonio común, a esas apetencias insolidarias que amenazan nuestro porvenir. Se publicaba recientemente una encuesta en la que se afirmaba que el 65 por ciento de los españoles rechazamos esos acuerdos secretos y nocturnos a que se ha llegado, sorprendentemente, entre el responsable de nuestro Gobierno y el jefe de la oposición al Tripartito, pronto discutidos por alguno de los interlocutores. Pues bien, esos líderes se han imbuido de la soberanía nacional y quieren acordar entre ellos lo que rechaza el 65 por ciento de los españoles. Ni el método, ni el contenido pueden merecer otra cosa que el rechazo generalizado, excepto par aquellos que se lucran de los acuerdos y, por supuesto, para las pretendidas mayorías parlamentarias que sumisamente les apoyan, sin protesta ahora tampoco de aquellos que se habían convertido en la esperanza de la rebeldía de la honestidad. Si tan bondadosos y aptos para todas las autonomías y todos los españoles son esos acuerdos, déjese hablar abiertamente al pueblo soberano y permítase un referéndum. No se secuestre la voluntad nacional con triquiñuelas constitucionales. Téngase la valentía de oír la voz de los españoles y no se hurte su voluntad a través de amañadas e interesadas mayorías parlamentarias. Hablemos. De poco valdrán después los lamentos. Cuando la situación es crítica es necesario dejarse oír. En una citación similar y menos grave, cuando el líder de la Padania y miembro del Gobierno italiano pretendió encabezar un movimiento de autodeterminación, recuerdo que el Papa Juan Pablo II pronunció una grave advertencia: L unità d Italia non si tocca! Claro que, aquí, hasta una pequeña parte de nuestro clero anda confuso, envueltos y revueltos en las cuestiones de identidad. Si aquí no se alza una voz autorizada que diga que la unidad de España no se toca, corresponde a los españoles alzar su voz y expresar su voluntad mayoritariamente. Así podremos, quizás, encontrar de nuevo nuestro ser y salir de nuestra perplejidad. CARLOS ABELLA Y RAMALLO EMBAJADOR DE ESPAÑA LOS ROMPEPATRIAS Esos personajes se conjuran y coordinan para desandar nuestro camino histórico... ALOS tiempos y peores vientos corren para el español del siglo XXI. Procedemos de una de las naciones más antiguas de Europa. Somos el producto de una gran historia, de un largo caminar en el que nos hemos ido aglutinando, fusionando primero entre celtas e iberos, incorporando sustratos fenicios y cartagineses, unificado a suevos, vándalos y alanos en el crisol visigótico, forjado la unión de los diferentes reinos de nuestra Reconquista en lucha contra el Islam, recuperando la nostalgia de las Españas perdidas con los Reyes Católicos- -esos al parecer ahora tan políticamente incorrectos- hemos convertido en universal nuestro destino con el descubrimiento de América y la expansión del Imperio Carolino, unificado nuestra fe, alumbrado una de las grandes culturas del mundo, creado una nación- -con un Estado moderno- -temida y admirada. Hemos salvado los muchos obstáculos de nuestra triste historia del siglo XIX y habiendo logrado una reconciliación nacional tras la cruenta guerra civil a través de un proceso constitucional de consenso, ejemplo de propios y extraños, hemos alcanzado un gran progreso económico, social y político, espectacular, que nos ha traído, hasta casi ahora, un prestigio y un protagonismo internacional sólo conocido en estelares momentos de nuestra larga historia. En fin y en resumen, en palabras de nuestro Rey, somos una gran nación Y, de repente, concienzudamente, sin graves motivos, sin urgente necesidad, sin rumbos marcados, unos cuantos rompepatrias periféricos unos, mesetarios otros, se ponen de acuerdo entre ellos, sin consultar al pueblo, para camvilidad por la inducida pérdida de valores, la relatividad oficialmente proclamada de toda idea o concepto, la aceptación del malabarismo para encontrar fórmulas que tergiversen y confundan el sentimiento y noción de la nación. Y así, cuentan con nuestra mansedumbre, sordomudez política, indolencia consumista y se disponen por sí y ante sí a disponer de la herencia de todos, del patrimonio de todos, de la patria de todos. Y no faltan los sofismas políticos y constitucionales. Dicen que los acuerdos para esos estatutos disgregadores vienen avalados por las precarias mayorías parlamentarias, o en la aceptación de unas baronías sometidas, consultadas quizás en mitad de la noche y urgidos por la premura y necesidad de conseguir los acuerdos al precio que sea, como sea, para fortalecer posiciones partidarias o personales. Y se nos dice que esos acuerdos conseguidos a puerta cerrada, sin luz ni taquígrafos, protestados incluso después por alguno de los participantes, van a ser aprobados por las mayorías parlamentarias y que el pueblo nada tiene que decir porque sus representantes están ahí para hablar por ellos. Nuestra historia, cultura y lengua, nuestra solidaridad se van a poner en almoneda por unos representantes que han secuestrado nuestro voto para interpretarlo a guisa de sus intereses. Pero ¿es que se quiere obligar al pueblo soberano a no opinar sobre su propio ser, sobre lo que es suyo? No es así y no debe ser así. A la altura del siglo XXI, los españoles no podemos permitir que estos rompepatrias periféricos o mesetarios, nos llenen de perplejidad sobre nuestro ser, nuestra nación y nuestro porvenir. Es verdad que son muchos los que no se inmutarán, porque ignoran nuestra historia y han recibido un lavado de cerebro sobre valores, identidades, sentimientos y todo les parecerá bien y lo M biar nuestro horizonte vital y llenarnos de perplejidad sobre nuestro ser y nuestra propia identidad. Esos personajes, de forma individual o partidaria, por apetencias o rivalidades personales unos, por rapacidad política en la permanencia en el poder otros, se conjuran y coordinan para desandar nuestro camino histórico, para parcelar nuestro territorio, para desmembrar nuestra solidaridad, para argumentar identidades y nacionalidades que niegan nuestro ser nacional de españoles. Decía en su tiempo mi paisano don Salvador de Madariaga que el hecho sobre la tierra española es su inaccesibilidad. España es un castillo Se refería a su conformación territorial, pero también a su fortaleza como país. Pues bien, ese castillo está siendo desmontado por la piqueta de esos rompepatrias que al analizar nuestra identidad, al elevar la particularidad a la categoría nacional, seccionan o secesionan nuestro ser de españoles y desmiembran, enfrentan y hacen insolidarios a los pueblos y tierras de España. Y en eso estamos. ¿Les veremos deshacer nuestro ser y esencia sin inmutarnos? ¿Nos dejaremos tan fácilmente convencer con las argucias y propagandas mediáticas y partidistas que se montan para hacer con nuestra capa un sayo? Julián Marías decía que ser español es una instalación histórica y añadía que una de las características del español es su disposición a jugarse la vida en ciertos momentos importantes y su pereza para jugarse algo menos que la vida. Y eso lo saben los rompepatrias y así aprovechan el pasotismo de nuestro confortable consumismo, nuestra inmo- SANTIAGO TENA ESCRITOR POR TU PAZ É que te dije que te iba a escribir, y lo estoy haciendo, pero lo que te he de decir tiene que saberlo todo el mundo. ¿Te acuerdas que te hablé de nuestra guerra, de nuestra misión? Pues bien: hay un mensaje claro e indudable: en esta guerra no hay enemigos. ¿Te acuerdas que te dije que el universo entero nos iba a apoyar? Pues bien: el universo entero nos apoya porque en la victoria de nuestra guerra está la salvación del universo entero, y por eso mismo no hay enemigos: porque en parte nuestra guerra lo que busca es que se perdone para siempre al supuesto ene- S migo, y por eso el mismo supuesto enemigo nos apoya con toda su alma de arcángel que cayó y que no acaba de conseguir, a pesar de sus continuos esfuerzos, volver al lugar del que cayó. Por eso hablo de él como supuesto enemigo, y este el gran misterio sobre el que la religión nos engaña: detrás de la apariencia de mal está la santidad, como tú y yo sabemos, y como revela el Evangelio, no hay santidad fuera del perdón, y por eso el perdón hay que llevarlo hasta el último extremo. Me da igual que me hablen del Juicio Final, del Infierno, de la condenación, de lo imperdonable, yo sé que estoy en lo cierto incluso por encima de lo literal de algunos fragmentos del Evangelio: no hay verdad fuera del perdón, y el universo entero y toda criatura presente, pasada, futura, ficticia o real, imaginada o tangible, toda criatura está salvada ya para siempre, y nuestra misión no puede fracasar porque ya ha triunfado para siempre: y no hay ningún enemigo. ¿No te dije que el mal es lo mismo que la oscuridad? ¿No te dije que en la oscuridad lo único malo es que no ves lo que de todos modos está ahí? Nuestra misión consiste en iluminar la oscuridad con la verdad, del mismo modo que Abraham convencía a Dios de perdonar a más y más personas antes del episodio de Sodoma y Gomorra. Nuestra única misión es el perdón, nuestra única misión es la luz, y estoy seguro de que este nosotros abarca a muchas más personas de las que tú y yo creemos. Un beso.