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ABC MARTES 28 2 2006 Cultura 61 Francisco Ayala, ayer, durante la presentación del libro FOTOS: DANIEL G. LOPEZ la libertad en una doble vertiente: la defensa del individuo frente al Estado y las renuncias a esa libertad que la vida en sociedad impone al hombre el espinoso asunto de los nacionalismos (en 1947 polemizó con Sánchez Albornoz y Castro, recomendándoles que se olvidaran de las esencias de lo español y el analisis de las sociedades desestructuradas. Luis García Montero, responsable del centenario, recordó que a Ayala durante mucho tiempo se le conoció más por su tratado de Sociología pues el exilio y la censura borraron su faceta narrativa y reconoció que ahora vive la situación contraria, quizá porque nunca se ajustó a ortodoxia alguna El poeta calificó a Ayala como un liberal que practica el liberalismo con los pies en la tierra y anunció que el día 2 se hará público el programa del centenario. Por último, Fernando R. Lafuente destacó que Ayala ha abordado con lucidez y desparpajo temas vertebrales del siglo XX. Así, el cine, arte de nuestro tiempo; las masas, sujeto protagonsia del siglo; los nacionalismos y, también, la nueva sociedad globalizada Asuntos que Ayala ha tratado bajo la forma del ensayo al mismo tiempo que presenta la literatura como forma de conocimiento Rodríguez Lafuente situó al autor en la estela de Ortega, Benjamin, Camus, Aron, Berlin, Paz y Borges, escritores conscientes de que no hay respuestas definitivas y que ensayan esto es: indagan, muestran y plantean los grandes problemas de su tiempo Roncagliolo gana el IX premio Alfaguara con Abril Rojo b En Perú cualquier crónica pue- de convertirse en un gran libro asegura el escritor sobre un libro que profundiza en la guerra entre el ejército y Sendero Luminoso DAVID MORÁN BARCELONA. Abril rojo una novela sobre violencia, tortura, violación, estupro e historia del Perú le ha valido a Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) el IX Premio de Novela Alfaguara, dotado con 175.000 dólares (unos 148.000 euros) y al que este año han concurrido un total de 510 manuscritos, la mayoría de ellas de autores hispanoamericanos. Para el joven escritor limeño, autor del libro de cuentos Crecer es un oficio triste y las novelas El príncipe de los caimanes y Pudor el galardón no sólo desborda todas sus previsiones, sino que viene a confirmar su idea de que Perú es un país en el que cualquier crónica puede convertirse en un gran libro tal y como apuntó ayer durante una entrevista con ABC. A medio camino entre la novela de temática política ubicada en el corazón de la guerra que mantuvieron el ejército peruano y el grupo guerrillero Sendero Luminoso durante la presidencia de Alberto Fujimori y el thriller salpicado de sangre y violencia, Abril rojo es, en palabras de su autor, la historia de un fiscal que vive apegado a su código penal y a sus normales y al que una serie de asesinatos sitúan justo enfrente del horror Una temática que lo empareja con la última novela del también peruano Alonso Cueto y a la que Roncagliolo llegó casi por casualidad, mientras ejercía de observador durante las últimas elecciones en Ayacucho. Recuerdo haber conversado con un policía muy aficionado al cine que me dijo: Imagínese que aquí y ahora aparece un asesino en serie En realidad, lo único que hice fue desarrollar una propuesta apuntó el autor, quien cree que ya es hora de que comience a salir a la luz el conflicto político peruano. Es un tema que hemos guardado en secreto durante muchos años ya que, a diferencia de otras dictaduras más sombrías, aquí gobernaban gobiernos civiles elegidos por el pueblo añadió. Con su anterior novela, Pudor a punto de saltar al cine, reconoce Roncagliolo que quizá lo más fácil, aunque no lo más honesto, hubiese sido repetir la jugada. Visto lo bien que funcionó Pudor pensé en escribir otro libro igualito, pero no fui capaz- -explicó- Suelo variar mucho de temática, y en este caso tuvo mucho que ver la atmósfera que la generó, con lo que ocurre en Irak y la sensación de que yo ya había visto eso responden al estereotipo. Digo que sería hora de que alguien emprenda esa tarea histórico- crítica, porque, de hecho, los sensacionales cambios experimentados por la sociedad española durante los decenios últimos han ido haciendo cada vez más improbable ese estereotipo, de modo que existe ya el necesario distanciamiento para aislarlo y objetivarlo. Una puntualización se impone aquí: dicha convencional imagen del español y de lo español aunque en sus orígenes (que- -dicho sea entre paréntesis- -no se remontan más allá de los comienzos del Romanticismo a principios del siglo XIX) viniera adornada con el brillo atractivo de lo pintoresco, es lo cierto que siempre apareció bajo una luz dudosa en una atmósfera de inquietante ambigüedad. Esta atracción suya era debida en gran parte al aura temerosa de lo desconocido y extraño, y extraño, desconocido, era para los viajeros foráneos el pueblo español. No se olvide que este concepto, el concepto de pueblo recibió del pensa- Sólo las hispánicas tragedias rurales y sólo por el hecho de ser eso: rurales, nos mueven a reincidir en el viejo y tan remanido tópico miento romántico una acuñación que le prestaba trascendencia metafísica, haciendo de él una entidad cuasi sagrada, misteriosa y, como las divinidades arcaicas, dotada de incalculables potencialidades tanto para el bien como para el mal. Nuestros visitantes sentían la fascinación de esa entidad enigmática, y nuestros compatriotas ilustrados secundaban su encanto estético. Por supuesto, pasada la primera fase del Romanticismo, que tan anómalo curso tuvo en España, el enigma de este pueblo nuestro angustiaría a los intelectuales preocupados en escrutar sus características, fustigando sus pretendidos vicios congénitos, intentando un diagnóstico de sus males y buscándoles adecuado remedio. Sin duda, la elaboración artística del que se llamó problema de España era capaz en todo caso de salvar, desde el punto de vista estético, aun aquello que desde un punto de vista intelectual o moral pudiera quizá considerarse lamentable y aun detestable, dignificándolo así en último extremo. Quien recuerde, por ejemplo, las sonadas campañas antitaurinas y, en general, anticasticistas de un Eugenio Noel, no dejará de reconocer en su actitud un tanto frenética una marcada ambivalencia, que le permitía complacerse en eso mismo que estaba aplicado a denostar y demoler, y ¿cuánto deleite no hallaba el escritor en aquello que con tanto encono denigraba? En los poemas de un Antonio Machado, que- -éstos sí- -están sin duda en la memoria de todos nosotros, nadie dejará de admirar la belleza lapidaria de sus famosos y siempre citados vituperios: La España de charanga y pandereta esa España inferior que ora y embiste cuando se digna usar de la cabeza un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín Evidentemente, hay ahí un placer estético que en nada atenúa- -antes bien refuerza- -la dura reprobación que esas caracterizaciones implicaban en el renovador afán regeneracionista de don Antonio... Todo esto pertenece a un periodo histórico ya cerrado: el período del tardío y resentido nacionalismo español que la derrota de 1898 exacerbaría al insistir, con múltiples variaciones, en las posiciones e interpretaciones, más bien delirantes, que Ganivet había enunciado en ese idearium suyo de tan dilatada y poco benéfica influencia. Pero, como decía al comienzo, cualquier mínimo pretexto sirve todavía para concitar una vez más entre nuestros comentaristas de la actualidad el cliché de la irreductible esencia española, aunque sea ya tan sólo en manera desmayada y en su vertiente negativa, ahora que, con ridículo anacronismo, se intenta sustituir en el ánimo de los peninsulares (y, cómo no, también, por supuesto, en el de los isleños) el viejo, gastado y ya inservible cliché españolista, reemplazándolo por el de otras irreductibles esencias de más corto radio. Artículo publicado en la Tercera de ABC el 22 de septiembre de 1990