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ABC MARTES 28 2 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EUROPA HUMOR Europa disminuye, se olvida de sí misma, se abandona a sí misma, cuando olvida que nace de la razón y del espíritu de la filosofía, y que se ha dado forma a risotadas... L OS políticos europeos han adquirido la costumbre de presentar la sociedad que administran como la patria de los derechos del hombre, pero a menudo olvidan que antes de que un hombre pudiera tener derechos tuvo que constituirse en individuo, y que esto no hubiera podido producirse sin la práctica de la ironía, principio moderno que rompe la correspondencia medieval entre mundo y transmundo y subraya con una sonrisa la grieta entre lo real y lo ideal. Larga, en efecto, y esencial es la relación entre Europa y la carcajada. Europa, como territorio de libertad, como sociedad de los derechos del hombre y lugar espiritual que se identifica a sí mismo con la crítica, nace de una sonrisa volcánica. Cervantes y Rabelais son sus primeros artificieros. Toda página suya está sometida a la ley soleada del humor, mecanismo de subversión intelectual que dibuja al hombre como un ser precario, complejo, doble o triple, habitado por fantasmas, espoleado por apetitos, roído por el deseo. Cervantes y Rabelais sonríen. Ser libre es aprender a sonreír, nos dice después Quevedo, que con el ojo en la mira de este fusil engrasado por un fraile retirado y un veterano de Lepanto, rasga el papel en el sotabanco de los mesones, y llena su siglo de obras jocosas y escritos satíricos, que vuelan por Madrid y mantienen a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y a los conde- duques inquietos. Pero, ¿Europa es todavía Europa? ¿Es decir, la sociedad del individuo que sabe reír? Dicho de otra manera: ¿el ciudadano europeo se encuentra aún en los tiempos inaugurados por Cervantes y Rabelais? ¿En la universal confusión que respiramos, en medio de toda esta ruidosa epopeya postmoderna en la que se sustituye el pluralismo civil por yuxtaposiciones de presuntas culturas o identidades colectivas que ni admiten ninguna heterogeneidad en su interior ni toleran que se ponga en duda desde fuera la legitimidad de cada uno de sus actos o creencias, no vive ya el humor una vida de condenado? L V oltaire, en el siglo XVIII, abundará en el vicio quevedesco con un toque de salón que le distancia de los mesones del madrileño y le permite proclamar que no hay nada que un humor inteligente no pueda resolver en carcajada, ni siquiera la nada. Ésta es la patente de corso que ya había utilizado Jonathan Swift, inventor de la broma feroz y fúnebre; que da mucho juego en el XIX al excéntrico Gógol para clavar sus botines afilados sobre la tripa de las Rusias y presta aliento a Thomas Mann para desacralizar los textos sagrados. Dios, que, en la Biblia, existe desde toda la eternidad, pasa a ser, con Mann, una creación humana, una invención de Abraham, que lo ha sacado del caos politeísta como una deidad primero superior, luego única. Sabiendo a quien debe su existencia, el Dios caricaturizado por el novelista alemán exclama: Es increíble cómo me conoce este pobre hombre. ¿Acaso no empecé a hacerme hombre gracias a él? La verdad es que voy a ungirlo ¡Las Sagradas Escrituras pasto de la risa! Lo que vengo a expresar con estos nombres y épocas puede resumirse así el humor no es una práctica inmemorial del hombre; es una invención unida al espíritu moderno. En su día, la novela de Mann fue recibida con unánime respeto, claro ejemplo de que la profanación ya no era considerada una ofensa, sino parte de las costumbres de una sociedad donde lo absoluto también podía ser sometido a la sonrisa. Con los tiempos modernos la increencia había dejado de ser sospechosa, provocadora, y, por su lado, la fe había perdido su certeza misionera o intolerante del pasado. Europa, más que a ciencia, como repetía Ortega, equivale a humor, ese aspecto particular de lo cómico que convierte en ambiguo todo lo que toca. as frases inanes con las que una misteriosa mayoría de políticos ha respondido a la cólera musulmana, desatada alrededor de unas viñetas sobre Mahoma, parecen anunciar el peligro de un gran cansancio. Lo cual no debería sorprender a nadie, pues los titubeantes discursos que hemos oído después de que el Islam volviera a rugir de ira, son los mismos que se dieron al viento cuando en 1989 el viejo amo de Irán, el imán Jomeini, condenó a muerte a Salman Rushdie por blasfemo. Todos los comentarios se concentraron entonces en cuestiones como la libertad de expresión, la necesidad de defenderla, el conflicto entre el Islam y la modernidad, y, por supuesto, giraron en torno a esta pregunta: ¿tiene un artista el derecho a herir así a los creyentes? Como estos días pasados, la respuesta que entonces la gran mayoría de los políticos dio al furor medieval de la clerigalla fundamentalista fue de una virtuosa imparcialidad, reflejo de su incapacidad para defender Europa y explicar el arte europeo por excelencia, que es el arte de la novela, es decir para proteger su propia cultura y describir la lúcida carcajada de Rabelais y de Cervantes: Condenamos- -se dijo entonces- -el veredicto de Jomeini. La libertad de expresión es sagrada para nosotros. Pero no por ello dejamos de condenar este ataque a la fe. Ataque indigno, miserable y que ofende el alma de los pueblos Los militantes de la teocracia la emprendían con los tiempos modernos y, abatidos ante esas imágenes surcadas de relámpagos, los hijos de la sonrisa se olvidaban de sí mismos y acudían a trabar las plumas y las lenguas. Porque Rushdie no había blasfemado. Había escrito una novela con la carcajada de un Rabelais que explora los mitos y la génesis del Islam. Había ejercido el derecho de la literatura a interrogar y a poner en duda lo establecido y aceptado, derecho que queda profundamente dañado cada vez que a la inquebrantable protesta del ferviente ortodoxo se responde con lemas inextricables estilo Alianza de Civilizaciones: La flor y el árbol han de aprender a crecer juntos Después de cada invierno siempre llega una primavera La lluvia anega, pero también fecunda Hay que hacer convivir unos jardines con otros y así hasta representar la resignación de aquel mendigo que cuando se le preguntaba cómo vivía, respondía: como un jabón, disminuyendo siempre Europa disminuye, se olvida de sí misma, se abandona a sí misma, cuando olvida que nace de la razón y del espíritu de la filosofía, y que se ha dado forma a risotadas. Es vital para los políticos de Bruselas, si no se quiere que la idea de Europa dependa exclusivamente de unas subvenciones bancarias y agrícolas centrales, de la inversión en tecnología o de una moneda común en la que se nos ha enseñado a creer, reafirmar ciertas convicciones y audacias del alma que la frivolidad política y el gesto amenazador de los fundamentalismos religiosos pueden oscurecer. s preciso recordar que la libertad comienza con una sonrisa, y no de placer, sino de sabiduría. No por nada una dictadura reduce al silencio la carcajada de sus poetas y pensadores. Los regímenes totalitarios y los sistemas monolíticos suprimen, trituran o silencian el humor porque la sonrisa es otro planeta, otro universo basado en un lenguaje que no tiene por qué contemporizar, con nada ni con nadie, y cuyas trompetas derriban la pereza y el conformismo que adormece la inteligencia con el mismo estrépito liberador que hace tres milenios hizo caer las murallas de Jericó. Todavía recuerdo aquella escena de La prima Angélica en la que el falangista Anselmo aparecía con un brazo escayolado a modo de saludo fascista, escena que costó a la película de Saura y a sus exhibidores serios disgustos. En el pasado bastaba con prohibir o excomulgar. Hoy se aconseja limitar el campo de la carcajada en nombre de la moral y cierta conveniencia política, de cierto futuro, sin advertir que no hay modo más brutal de enajenar el propio futuro de Europa que silenciando la vieja y moderna sonrisa de Don Quijote o Pantagruel Sin advertir que autocensurando nuestra carcajada quedamos convertidos en aquel colegial que, dirigiéndose al verdugo, dice: Vengo a pedirle un favor. Quiero humildemente, y sería muy sensible a su condescendencia, que quiera concederme el honor y la amistad de guillotinarme... ¡Desearía ardientemente que me guillotinase! E FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR Catedrático de Historia Contemporánea. Universidad de Deusto