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ABC LUNES 27 2 2006 Cultura 59 PALABRAS DE CLAUDIO MAGRIS AL SER INVESTIDO DOCTOR HONORIS CAUSA POR LA COMPLUTENSE dano, sin las cuales los individuos no serían libres y no podrían vivir su cálida vida como la llamaba Saba. Son los valores fríos- -el ejercicio del voto, las garantías jurídicas formales, la observación de las leyes y de las reglas, los principios lógicos- -los que permiten a los hombres de carne y hueso cultivar personalmente sus propios valores, y sentimientos cálidos, los afectos, el amor, la amistad, las pasiones y las predilecciones de todo tipo. A diferencia de quien declama las profundas razones del corazón pensando, en realidad, que sólo existe su propio corazón, la ley parte de un conocimiento más profundo del corazón humano, porque sabe que existen muchos corazones, cada uno con sus misterios insondables y sus apasionadas tinieblas y que, precisamente por eso, sólo unas normas precisas, que tutelen a cada uno, permiten al individuo singular vivir su vida irrepetible, cultivar sus dioses y sus demonios, sin estar impedido ni oprimido por la violencia de otros individuos, igual que él mismo presa de inextricables complicaciones del corazón, pero más fuerte que él, como los galeotes liberados por Don Quijote son más fuertes que Don Quijote y le golpean brutalmente. La norma no entiende de sentimientos Cierto, ninguna norma general puede entender- -y por lo tanto juzgar- -los sentimientos, las pulsiones, las contradicciones que están en la base de cada gesto criminal. Incluso el más inhumano y bestial. La razón no conoce a fondo las razones del corazón que empujan al torturador del Lager (campo de concentración) a destrozar a sus víctimas, sino que sencillamente sabe que también esas víctimas poseen un corazón que tiene derecho de vivir y que, por lo tanto, es necesario impedir y castigar, con una norma general, el gesto de ese torturador. La razón y la ley tienen a menudo más fantasía que el corazón capaz sólo de sentir las propias e inextricables complicaciones e incapaz de imaginar que existan también las de los demás. El corazón, decía Manzoni, sabe bien poco, apenas un poco de lo que le ha sido contado; a menudo todo es una gran confusión, escribe Stefano Jacomuzzi. Calificar el homicidio o el hurto como delitos no basta para entender los diversos motivos por los cuales diversas personas los cometen, pero quien apela a motivaciones inefables del ánimo para desenfocar la gravedad de esos delitos entiende aún menos a las personas que los cometen. El legislador que castiga la corrupción en las concesiones públicas es un artista que sabe imaginar la realidad, porque en esa corrupción no sólo ve la abstracta violación de una norma sino, por ejemplo, los equipamientos defectuosos con los que- -a causa de esa corrupción- -se ha dotado a un hospital, en lugar de los más eficaces que el hospital habría tenido gracias a unas concesiones correctas. Detrás de ese crimen hay enfermos peor curados, individuos concretos que sufren. Los antiguos, que habían comprendido casi todo, sabían que puede existir poesía en el acto de legislar; no por casualidad muchos mitos dicen que los poetas fueron, también, los primeros legisladores. El escritor italiano junto a Fernando Savater, al recibir el doctorado honoris causa por la Complutense, el pasado viernes una razón central, que tutela la justicia rompiendo el poder particular feudal, la prepotencia de los Don Tello. Hoy en Europa, políticamente, el peligro está representado por la fiebre identitaria y centrífuga de los micronacionalismos regionalistas y particularistas narse ante ellas. El derecho comparte con todas las demás cosas el nihilismo, convertido en esencia y destino de Occidente; la norma se apoya sobre la nada como la lírica del gran Gotfried Benn palabras para fascinar, estrofas sobre catástrofes A pesar de todo esto, el sentir común contrapone a menudo la pasión de la poesía a la racionalidad no tanto del derecho, sino de la ley. Y es, sobre todo, el formalismo de esta última el que aparece pensativo, árido, negador de la cálida humanidad. Pero Shakespeare, en El mercader de Venecia nos muestra de forma genial cómo la humani- EFE El derecho ya no es tradición Y es el mismo Nietzsche quien- -en el aforismo 449 de Humano, demasiado humano analizado bajo esta perspectiva por Irtis- -constata que el derecho ya no es tradición y por lo tanto, dada su necesidad en la vida social, puede y debe ser sólo impuesto, obligatorio y arbitrario, y no fundado sobre nada. Ya Fóscolo, en su discurso en la Universidad de Pavía, en 1809, Sobre el origen y los límites de la justicia había constatado melancólicamente la imposibilidad de la existencia de un criterio normativo superior a los hechos. En la Edad Contemporánea, cada fundamento, según Nietzsche, se ha disuelto; el derecho se ha liberado de cualquier tradición fundacional, religiosa o cultural, y se apoya sobre la nada, como el arte, la filosofía, como el hombre mismo. Es un derecho que no reclama ni verdad, ni sabiduría, ni justicia, y que produce leyes que se justifican sólo con la fuerza que obliga a incli- El derecho se ha liberado de su tradición fundacional, religiosa o cultural, y se apoya sobre la nada, como el arte, la filosofía, como el hombre mismo El sentir común opone la pasión de la poesía a la racionalidad de la ley dad, la justicia, la pasión, la vida, son salvadas por Porcia disfrazada de sutilísimo y capcioso abogado, gracias al formalismo jurídico más sofisticado que autoriza, sí, a Shylock a tomar una libra de carne del cuerpo de Antonio, pero sin verter una sola gota de sangre. No es la cálida apelación a la humanidad, a los sentimientos, a la justicia, lo que salva la vida de Antonio, sino el frío reclamo abogadesco a la letra formal de la ley. Esta frialdad lógica salva los valores cálidos: no sólo la vida de Antonio, sino también la amistad de Antonio y Bassanio y, sobre todo, el amor de Porcia y Bassanio, antes turbado por la angustia de este último por la suerte de su amigo: No yaceréis junto a Porcia con el ánimo inquieto dice la mujer a su amado, decidiendo entonces liberarle de esa inquietud que ofusca el Eros y de salvar, por lo tanto, con sus cavilaciones legales, a Antonio. Mucha literatura ha mirado con hastío al derecho, considerándolo árido y prosaico con respecto a la poesía y a la moral. Democracia, lógica y derecho son, a menudo, despreciados por los rétores vitalistas como valores fríos en favor de los valores cálidos del sentimiento. Pero esos valores fríos son necesarios para establecer las reglas y las garantías de tutela del ciuda-