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ABC LUNES 27 2 2006 Madrid 41 Los emigrantes rumanos aprovechan las paradas durante el largo trayecto hasta España para contarse sus historias, como en esta área de servicio Daniela ha dejado a su marido y a sus dos hijos en Bucarest y se ha venido a Madrid con una sola noche de hotel reservada Andrei trabaja en la construcción en Coslada desde hace cuatro años, pero no tuvo papeles hasta hace uno ra a sus compañeras de viaje, que no dejan de darle ánimos. Le hemos dicho que se invente una historia, que se va a vivir con alguna de nosotras, o que quiere cambiar de hotel cuando llegue Pero no va a hacer falta, porque al llegar a España va a encontrarse con polis buenos como se llaman a sí mismos los agentes entre bromas, y aunque uno de ellos se queda unos segundos con su pasaporte y el papel de reserva de hotel, en seguida se los devuelve sin más. En la estación de Barcelona, Daniela vuelve a llorar, pero ahora por haberlo conseguido. Mucho más tranquilo va Andrei durante todo el recorrido por los casi 3.500 kilómetros de carreteras europeas. Este moldavo de 34 años se las sabe todas en esto de la inmigración en España. No en balde lleva cuatro años en Coslada, trabajando en la construcción. Vivió sin papeles hasta que se acogió al último proceso de normalización de trabajadores extranjeros, en 2005. Como pudo demostrar que trabajaba aquí desde tres años antes, no tuvo ningún problema para obtener su tarjeta de residencia. Ahora ha podido pasar su primer mes de vacaciones en su país en cuatro años, con todos los papeles en regla. Recogida de la fresa Tampoco está nervioso Gheorghe, que tiene 25 años, aunque aparenta diez o quince más. Ha pasado el viaje sin hablar con nadie. Por eso, cuando en el tramo final se le pregunta cómo está, mira con una desconfianza que echa para atrás. Habla cuatro palabras en español, suficientes para saber que se dirige a Huelva a la recogida de la fresa. Ya estuvo el año pasado y ahora repite. Su intención es ahorrar y vivir en su país natal. Y se acabó, se niega a seguir hablando. Stefan es la primera vez que entra en España. Su destino es Coslada, donde trabajará en el sector de la construcción. No habla nada español, pero no le importa. Aprenderé pronto dice a través de un intérprete voluntario. Flavius, Vlad, Paul, Dumitru o Adrian; Ioana, Irina, Marcela, Lavinia o Alexandra... las historias no se terminan, llegan todos los días a España sobre ruedas. Ana, Nicole y Mari, en una estación de servicio de Austria, en mitad del viaje entre Bucarest y Madrid que han emprendido para trabajar mujer de 37 años con una cara de angustia que no puede con ella. Se le saltan las lágrimas y está nerviosa. Daniela no habla español, sólo rumano. De hecho, nunca ha estado en España, ni siquiera fuera de su país. Ella también estaba desesperada al ver que no tenía futuro en su tierra. Trabajaba en la capital rumana en una fábrica de persianas y ganaba 50 euros al mes. Su marido tiene un poco más de suerte: es chófer, con unos ingresos de 200 euros mensuales. Para las mujeres es más fácil ir a trabajar a España o Italia, tenemos más trabajo explica una de sus amigas espontáneas, que hace de intérprete. ¿Y a qué se debe esa angustia? Daniela tiene miedo de que la Policía le impida pasar en la frontera de España. Lo único que lleva es una reserva de una noche de hotel en el Petit Palace Arenal, muy cerca de la Puerta del Sol de Madrid. Se supone que viaja como turista, pero lo cierto es que no tiene dinero para quedarse más noches. Lo que quiere hacer es viajar luego hasta Valladolid, para vivir con su cuñada, que llegó unos meses antes. Una vez ahí, se buscará la vida, como tantos otros, donde pueda y como pueda. Sola ante la frontera Daniela viaja sola, sin su marido y sin sus dos hijos, que se quedan en Bucarest, viviendo todos del sueldo del cabeza de familia. Si a la madre le va bien en España, se lo pensarán para seguir sus pasos. Según se acerca el autobús al puesto fronterizo de La Junquera, Daniela se va poniendo un poco más nerviosa. Mi-