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26 2 06 PRÓXIMA PARADA Roma B. Aires Gran Bretaña Guerra al chicle Los principales ayuntamientos del Reino Unido han lanzado una guerra contra el chicle. La razón son los miles de pegotes que diariamente quedan en las calles británicas POR EMILI J. BLASCO Bruselas París Rabat LONDRES EMILI J. BLASCO México os británicos que quieran dejar de fumar, a raíz de la ley anti tabaco que debe aprobar el próximo mes el Parlamento, se apuntarán al sustitutivo del chicle con mala conciencia. Cerca de siete millones de euros se destinan cada año a limpiar las calles de los restos de chicle que quedan en el pavimento y el Gobierno no descarta cargar con uno o dos céntimos el precio del paquete para recaudar fondos destinados a esa tarea. Desde las páginas de The Times se ha advertido que se comienza con una tasa L y a la que uno se descuida se termina en una prohibición como ha ocurrido con el tabaco. El problema puede parecer exagerado, pero la próxima vez que el turista visite Londres haría bien en fijarse en el suelo; es algo realmente asombroso. Sólo en Oxford Street, la principal calle comercial de la capital, existen unas 300.000 manchas redondas sobre las aceras y el asfalto. Los británicos son ciertamente aficionados a algo tan anglosajón como la goma de mascar: 28 millones de ciudadanos (la mitad de la población) son consumidores re- gulares, y cada año se venden alrededor de mil millones de paquetes. En el problema igualmente influye el húmedo clima: se calcula que los restos tardan unos cinco años en comenzar el proceso de biodegradación. También está el mal hábito de tirar la goma al suelo: ahí ha quedado adherido 3,5 millones de veces desde que hace décadas se comenzó a comercializar el producto, de acuerdo con estimaciones poco comprobables de los grupos que abanderan la campaña contra esta mala costumbre. Son cifras que van pegadas al chicle, números no biodegradables ha escrito The Observer Y el primer ministro, Tony Blair, ha incluido el combate en su recientemente anunciado Plan Respeto contra el incivismo. Se aconseja a los que consumen chicle que lleven una bolsita para deshacerse de él: no más arrojarlo al suelo, ni dejarlo en el asiento del autobús o en el pupitre de clase. Tal vez impuestos De momento no habrá impuesto, mientras los principales fabricantes colaboren con fondos para la limpieza de calles. El principal productor, la compañía norteamericana Wrigley, ha destinado 900.000 euros al programa ahora lanzado por los grandes municipios británicos. Cada chicle vale en la tienda unos tres peniques, pero eliminarlo del suelo cuesta diez. Algunos ayuntamientos gastaron el año pasado en la tarea 300.000 euros, el equivalente al salario de seis profesores, y eso sólo ocupándose de un pequeño número de manchas. Wrigley también ha invertido unos 7 millones de euros en investigar la posibilidad de un producto rápidamente biodegradable, pero por ahora los intentos han fracasado. La Universidad de Bristol anunció hace meses haber dado con la fórmula, sin embargo no parece viable econónicamente. Washington Berlín Atenas Nueva York Arte realmente povera Así la cosas, hay quien hasta ha encontrado ventajas al problema. Ben Wilson, un artista londinense, se ha dedicado a pintar diminutas figuras sobre los viejos chicles usados. Primero quema el pegote de goma, luego lo cubre con esmalte y finalmente realiza el dibujo con colores acrílicos. Un barniz asegura la pervivencia de la obra de arte bajo el trasiego de pisadas. La Policía ha querido impedirle el trabajo, pero técnicamente Wilson no pinta el pavimento, sino porquería adherida. Y otro aspecto interesante es que han salido a la luz curiosos datos. De las 560.000 toneladas de chicle que se producen cada año en el mundo, los sabores más populares son canela y menta. Moscú Pekín Viena Estocolmo Un asco... y un pegote que marca por millares las calles ÁNGEL DE ANTONIO