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26 2 06 LIBRO El pintor de batallas La historia, el interés por la historia- -real o fabulada- -es una constante en la obra de Pérez- Reverte. En El pintor de batallas (Ed. Alfaguara) su última novela, de la que ofrecemos un fragmento, la historia vuelve a estar presente. En esta ocasión, la peripecia de un antiguo fotógrafo y todos sus fantasmas se sumergen en los hechos más recientes, en los cimientos sobre los que se levanta el siglo XXI Título: El pintor de batallas Autor: Arturo Pérez- Reverte Editorial: Alfaguara Páginas: 304 Precio: 19,50 euros Fecha de publicación: 1 de marzo uando el camarero trajo su cerveza, Markovic estuvo un rato mirando el vaso, sin tocarlo. Después deslizó un dedo en vertical por el cristal empañado mientras observaba las gotas que se iban depositando en el cerco húmedo sobre la mesa. Al cabo, sin beber todavía, sacó el paquete de cigarrillos de la mochila que había puesto en el suelo, junto a la silla, y encendió uno. La brisa del mar se llevaba el humo entre sus dedos cuando, aún inclinado sobre la llama del fósforo que protegía en el hueco de las manos, miró a Faulques. -Creí que tenía sed- -dijo este. -Y la tengo. Tiró el fósforo apagado, contempló de nuevo el vaso de cerveza y al fin, lentamente, lo cogió para llevárselo a los labios. A medio movimiento se detuvo como si fuera a decir algo, pero pareció cambiar de idea. Sólo después de beber un sorbo y poner el vaso en la mesa dio dos chupadas al cigarrillo y sonrió a Faulques. O más bien fue su boca la que lo hizo, mientras los ojos agrisados permanecían imperturbables, clavados en el pintor de batallas. -Hay algo- -dijo sin énfasis el croata- -que se aprende en un campo de prisioneros: a esperar. Al principio uno se impacienta, claro. El miedo y la incertidumbre, como puede imaginar... Sí. Las primeras semanas son malas. Además, los más débiles desaparecen durante esa época. No lo soportan, mueren. Otros se quitan la vida. Siempre me pareció mal suicidarse por desesperación; y más cuando existe la posibilidad de hacérselo pagar tarde o temprano a los verdugos... Otra cosa, supongo, es acabar sereno, cuando comprendes que ha llegado el final. ¿No cree? Faulques lo miraba sin decir nada. El otro se ajustó mejor las gafas con un dedo y movió la cabeza. Lo malo, prosiguió, es que el deseo de venganza, o la mera esperanza de sobrevivir, pueden convertirse en una trampa. -Sí- -añadió tras reflexionar un momento- Creo que lo peor es la esperanza. Usted lo insinuó ayer, aunque tal vez no hablaba de lo mismo... Confías en que sea un C error, que pase pronto. Te dices que no puede durar. Pero el tiempo pasa, y dura. Y hay un momento en que todo se estanca. Los días dejan de contarse, la esperanza se desvanece... Es entonces cuando te conviertes en prisionero real. Profesional, por decirlo de algún modo. Un prisionero paciente. El pintor de batallas contemplaba ahora la línea azul del mar en la bocana. Al fin encogió los hombros. -Ya no es un prisionero- -dijo- Y se le va a calentar la cerveza. Un silencio. Cuando posó de nuevo los ojos en Markovic, este lo observaba casi con cautela, tras los cristales sucios de sus gafas. -Usted también parece un hombre paciente, señor Faulques. El pintor de batallas no respondió. El otro dio una chupada al cigarrillo y dejó que la brisa le llevara el humo de la boca entreabierta. Al cabo movió la cabeza. -Es curiosa esa pintura suya. Le aseguro que fue una sorpresa... Dígame algo, por favor. Ha fotografiado guerras, revoluciones... ¿Su trabajo de ahora es un resumen, o una conclusión? Quiero decir si se limita a reproducir lo que vio, o intenta explicarlo... Explicárselo. Faulques hizo una mueca deliberada. Antipática. -Vuelva a la torre cuando quiera, y fíjese más. Decídalo usted. Como si considerase los pros y los contras de la propuesta, Markovic se acarició el mentón sin afeitar. La barba y las gafas sucias no eran su único desaliño: tenía la piel grasienta y llevaba la misma ropa que el día anterior. La camisa estaba arrugada, rozada en el cuello. El pintor de batallas se preguntó dónde habría pasado la noche. -Iré, muchas gracias. Mañana mismo, si no le incomoda. Arrojó lejos el cigarrillo, casi consumido, con un movimiento del índice bajo el pulgar, y se quedó viéndolo humear en el suelo. Después bebió un poco de cerveza Arturo Pérez- Reverte, novelista y miembro de la Real Academia Española -Hay algo- -dijo sin énfasis el croata- -que se aprende en un campo de prisioneros: a esperar. Al principio uno se impacienta, claro y se limpió la boca con el dorso de la mano. Permítame otra pregunta, dijo. ¿Ya sabe por qué el ser humano tortura y mata a los de su especie? En esos treinta años de fotografías, ¿obtuvo una respuesta? Faulques se echó a reír. Una risa corta, sin ganas. -No hacen falta treinta años. Cualquiera puede comprobarlo, a poco que se fije... El hombre tortura y mata porque es lo suyo. Le gusta. ¿Lobo para el hombre, como dicen los filósofos? -No insulte a los lobos. Son asesinos honrados: matan para vivir. Markovic inclinó la cabeza, como si lo considerase a fondo. Luego miró de nuevo al pintor de batallas. ¿Y cuál es, a su juicio, la razón de que el hombre torture y mate por gusto? -La inteligencia, supongo. -Qué interesante. -La crueldad objetiva, elemental, no es crueldad. La verdadera requiere cálculo. Inteligencia, como acabo de decir... Fíjese en las orcas. ¿Qué pasa con las orcas? Entonces Faulques explicó qué pasaba con las orcas. Y contó cómo esos depredadores marinos de cerebro evolucionado, que operaban dentro de un complejo ambiente social comunicándose con sonidos refinados, se acercaban a las playas para capturar jóvenes focas que luego se lanzaban unos a otros a coletazos por el aire, jugando con ellas como si fueran pelotas, dejándolas escapar hasta el límite de la playa antes de capturarlas de nuevo, y seguían así, disfrutando, hasta que, cansadas del juego, las orcas abandonaban la maltrecha presa, descoyuntada, o la devoraban si tenían hambre. Aquello, concluyó Faulques, no era algo visto por él en la televisión u oído por ahí. Lo había fotografiado en una playa austral, durante la guerra de las Malvinas. Y aquellas orcas parecían humanas. -No sé si comprendo bien. ¿Quiere decir que cuanto más inteligente es el animal, más cruel puede ser? ¿Que un chimpancé es más cruel que una serpiente? -No sé nada de chimpancés ni de serpientes. Ni siquiera de orcas. Verlas me hizo pensar, eso es todo. Tendrían sus motivos, su-