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6- 7 7 D 7 LOS DOMINGOS DE RAYMON ARON Filósofo, sociólogo y analista político y sabemos por el relato de Simone de Beauvoir hasta qué punto se sintió turbado por la revelación de un método que respondía a sus necesidades, a su inspiración. Sin embargo, ni la fenomenología ni Zeit und Sein le aportaron más que un vocabulario, como mucho una aproximación. Él se había elaborado una Weltanschauung, una visión del mundo, estructurada en el Ser- En- Sí y el Ser- Para- Sí: por un lado, la cosa en su materialidad inerte, en su no- significación; por otro, la conciencia, siempre en busca de sí misma, que nunca coincide consigo misma y sin embargo es principio y creadora de sentido. Sin ella nada tiene sentido y ella, por así decirlo, no es nada. Al Para- Sí, conciencia traslúcida, voluntad libre a imagen de Dios, Sartre no lo encontró en los libros, sino en sí mismo. Como Descartes, al menos en su juventud, no pensaba que un psicoanálisis pudiera enseñarle nada sobre sí mismo. Sartre quería que ese Para- Sí orgulloso fuera al mismo tiempo responsable sin reservas de sí mismo y de todos los demás. Encerrado en su soledad, agotado por la búsqueda vana del ser, el Para- Sí aspira a reunirse con los demás, más allá de la comedia social, en una relación auténtica, sin que ninguno de los dos objetive al otro y por lo tanto aliene la libertad del otro. El Ser y la Nada me sigue pareciendo hoy el mejor con diferencia de sus libros filosóficos, el reflejo más fiel de su visión del mundo, lleno de las antinomias de la condición humana, rico en temas existenciales propicios para las variaciones literarias. La Crítica de la razón dialéctica niega sólo en apariencia a El Ser y la Nada pero vuelve a colocar al ParaSí en la realidad social, le marxiza bautizándolo como praxis, llena la libertad vacía de Para- Sí con formas de ser y actuar surgidas de la socialización, esforzándose, con una dialéctica más sutil que convincente, por salvaguardar al Para- sí traslúcido, condenado a la libertad, de El Ser y la Nada ¿Por qué siente Sartre la necesidad de decretar que el marxismo (que probablemente no estudió demasiado) es una verdad insuperable, un momento histórico del pensamiento? Dejemos de lado las innumerables interpretaciones psicológicas y sociales que acuden a la mente. Que mi lector recuerde al Sartre dispuesto, sin ilusión, a dedicarse a la educación del pueblo si una Revolución diera a la humanidad la ocasión de empezar de nuevo. Alcanzó la gloria con La náusea El muro Las moscas A puerta cerrada y se encontró, después de la guerra, en una Francia, en un mundo, desgarrados no sólo por las rivalidades de las grandes potencias, sino también, como había profetizado Nietzsche, por los conflictos filosóficos. Sartre, que sentía un odio visceral por la burguesía, no podía elegir el campo occidental, estadounidense, capitalista. A veces apostaba por el otro campo, otras soñaba con un tercero. Esta búsqueda del partido o del país dedicados a la Revolución y a la libertad le condujo hacia Moscú y La Habana, a extraños peregrinajes, aunque nunca cruzó el umbral. Se comportó como un compañero de viaje durante algunos años, los peores años del estalinismo. En la Crítica de la razón dialéctica es decir, a principios de los años sesenta, todavía dudaba entre el marxismo- leninismo soviético y el izquierdismo. Los textos publicados recientemente por Le Nouvel Observateur no pertenecen a la obra del mismo Jean- Paul Sartre. Pero algunas confesiones personales se unen a mis recuerdos. Él nunca se resignó a la vida social tal y como la observaba, como la juzgaba, indigna de la idea que él tenía del destino humano. ¿Utopía? ¿Milenarismo? Más bien la esperanza o la exigencia de otra relación de los hombres entre sí. Los dos habíamos leído La Religión en los límites de la simple razón de Kant, habíamos meditado sobre la elección que cada uno hacía de sí mismo, de una vez por todas, pero también con la libertad permanente de convertirse. Él nunca renunció a la esperanza de una especie de conversión de todos los hombres juntos. Pero nunca pensó en las instituciones, el intervalo entre el individuo y la humanidad, como algo integrado en su sistema. Drama de un moralista perdido en la jungla de la política. ¿Por qué te interesas por la política- -me decía en esa misma conversación ya evocada- -si no crees en la Revolución, si consientes esta sociedad a sabiendas de sus bajezas? Quizá yo haya sustituido esta última palabra por un término más moderado, pero la palabra importa poco. Probablemente yo estaba marcado por una fórmula que a Alain le gustaba citar: la civilización es una fina película y una conmoción basta para desgarrarla; y la barbarie surge a través del desgarro. La Revolución, como la guerra, amenaza con desgarrar la película de civilización lentamente formada a través de los siglos. Un liberal austero POR BENIGNO PENDÁS (1) Operación promovida por Médicos sin Fronteras para fletar un barco con médicos y periodistas que dieran testimonio de las violaciones de Derechos Humanos. ué con diferencia el mejor analista de la Guerra Fría y del mundo posterior a 1945. El único liberal respetado- -a medias- -por el marxismo hegemónico entre la inteligencia de su tiempo. Según Baverez, un hombre capaz de pensar la historia al mismo tiempo que la escribía. Raymond Aron consiguió vivir en contra de la marea dominante, sin dejarse arrastrar por el opio de los intelectuales Austero, como todo liberal que se precie, nunca estuvo seguro de tener la razón absoluta, a diferencia de lo que le ocurria a Sartre, ni quiso demostrar que tenía más corazón que nadie, según el modelo de Camus. Desconfiado ante cualquier dogma, contrajo sus únicas deudas con una verdad siempre falible, provisional y sujeta a revisión continua. Por eso defendía con firmeza la relación transatlántica entre una Europa indefensa frente a la amenaza soviética y la república imperial norteamericana, garantía militar y moral de la sociedad abierta. Muy lejos, por tanto, de la retórica nacionalista y de la ficción neutralista. Hereda también, en el terreno de las ideologías, una tradición de corte anglosajón que produjo sin embargo alguno de sus mejores frutos en el pensamiento francés, inclinado por naturaleza hacia el dominio de la razón cartesiana: entre ellos, su admirado Montesquieu sobre quien escribió tantas páginas admirables. Aron ocupa un lugar de privilegio en ámbitos muy distintos de las ciencias sociales. F En particular en la teoría de las relaciones internacionales y de la polemología. Paz y guerra entre las naciones es un libro espléndido, lo mismo que sus trabajos sobre Tucídides y Clausewitz. Cuenta también entre las primeras firmas de la teoría política Democracia y totalitarismo Ensayo sobre las libertades y de la sociología Lecciones sobre la sociedad industrial Las etapas del pensamiento sociológico Fue muy conocido como creador de opinión que se hizo presente en el ágora a través de la prensa, tal vez para eludir esa torre de marfil que se construye muchas veces sobre vanidades enfermizas. En sus atractivas Memorias juzga con afecto a los amigos y con elegancia a los adversarios. También en el plano personal se comportaba como un liberal que gusta del orden espontáneo: Los momentos felices llegan por sí mismos, nunca se viven por encargo Sin embargo, no fue buen profeta. No quería ni podía serlo. Poco antes de morir estaba empeñado en que el sistema bipolar entre el bloque occidental y el soviético iba a perdurar durante varias generaciones. Grave error, porque por muy poco tiempo no alcanzó a vivir la caída del Muro de Berlín. Entre tantas lecciones, nos dejó una fórmula magistral para definir la política internacional en la segunda mitad del siglo XX: Paz improbable, guerra imposible ¿Que diría hoy?