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26 2 06 GRANDES FIRMAS MI PEQUEÑO CAMARADA El 15 de abril de 1980 fallecía Jean- Paul Sartre. Su gran rival intelectual, Raymond Aron, le dedicó desde L Express un perfil necrológico en el que resaltaba algunas de sus virtudes, sin ocultar lo mucho que le separa de un pensador con el que mantuvo desde muy joven profundas discrepancias. Recopilados recientemente, los artículos de Aron, que ofreceremos sucesivamente, son de una vigencia digna de relectura 19 Abril de 1980 uando Jean- Paul Sartre recibió el premio Nobel, Pierre Brisson me apremió para que escribiera para Le Figaro Littéraire algunas páginas sobre mis recuerdos de juventud, sobre nuestros años y nuestras conversaciones en la École Normal. Yo me negué: Sartre odiaba los elogios académicos, la política nos había separado y el acontecimiento no se prestaba a un ajuste de cuentas ni a abrir un paréntesis en nuestras diferencias. Ofrecí a Pierre Brisson un largo artículo sobre la Crítica de la razón dialéctica: Curso de la Sorbona Me respondió el director de Le Figaro Littéraire decepcionado y casi desesperado. Y C sin embargo, ¿no es leer y discutir el libro de un filósofo la manera más conveniente de honrar a un pensador cuya fuerza de espíritu se admira sin aprobar sus tesis ni sus tomas de posición? Hace unos cincuenta años, bromeando, adoptamos un compromiso mutuo: aquél de nosotros dos que sobreviviera al otro redactaría la necrológica que el boletín de antiguos alumnos de la École Normal dedicaría al primero que desapareciera. El compromiso ya no es válido- -ha pasado demasiado tiempo entre la intimidad de los estudiantes y el apretón de manos en la rueda de prensa de Barco para Vietnam (1) -pero algo queda. Dejo a otros la tarea, ingrata pero necesaria, de celebrar una Raymond Aron (1905- 1983) espectador comprometido de su época- -según su propio testimonio- fue uno de los más grandes pensadores del siglo XX. Jean Paul Sartre, entre André Glucksman y Raymond Aron, tras la presentación en París del Barco para Vietnam, en 1979 obra cuya riqueza, diversidad y amplitud confunden a los contemporáneos; de rendir un justo tributo a un hombre cuya generosidad y desinterés nunca sospechó nadie, aunque se comprometiera más de una vez en combates dudosos. Me viene a la memoria una conversación en el Boulevard SaintGermain, entre la rue du Bac y el Ministerio de la Guerra. En aquella época Sartre no dudaba de su genio. Yo le hacía partícipe de mis dudas, de mi incertidumbre sobre el porvenir. Él me decía poco más o menos- -se me escapan las palabras exactas- -que no le parecía tan difícil alzarse hasta el nivel de Hegel. En esa misma conversación abordamos otro tema, la Revolución. Yo le presentaba objeciones banales, prosaicas. Los oprimidos, o más bien quienes les representan, toman prestado de buena gana el papel de aquellos a los que han expulsado del poder. Y para citar al Marx de La ideología alemana la vieja basura volverá a empezar. Después de la Revolución, me respondió, probablemente se instaure la misma injusticia o una injusticia comparable, pero si aquélla llega me gustaría servirla como profesor en una escuela infantil. Esta conversación se sitúa después de terminados nuestros estudios, cuando teníamos por lo tanto unos veinticinco años. La he recordado más de una vez. Sartre, hasta Munich, apenas se interesaba por la política. Simone de Beauvoir cuenta que ni uno ni otra esperaban nada de las reformas, de las mejoras progresivas; sólo una revolución brutal o total podría cambiar el curso de las cosas, cambiar la vida. Porque en el fondo Sartre era, y siguió siendo durante toda su vida, un moralista, aunque se viera arrastrado por la lógica del absoluto revolucionario a redactar textos sobre la violencia, por ejemplo el prefacio del libro de Fanon, que podría figurar en las antologías de la literatura fascistoide. Como filósofo, debe lo esencial de su pensamiento a sí mismo. Desde luego, estudió a Husserl y Heidegger en Berlín en 1933- 1934; yo le había dado a conocer la fenomenología en la terraza de un café