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ABC DOMINGO 26 2 2006 Madrid 43 co horas y los viajeros, que adoptan ya posturas inverosímiles en los asientos- -el recato se quedó mil kilómetros atrás- matan el tiempo escuchando conversaciones grabadas de un grupo de humor rumano que gasta bromas por teléfono. Se lo pasan a lo grande durante horas. Y cuando se cansan de los chistes ponen la música de su país a todo volumen. Así transcurre el trayecto por la autopista que atraviesa Italia en línea recta, con los Alpes siempre a la derecha. A las ocho y media de la tarde del segundo día, casi 40 horas después de salir de Bucarest, el autobús entra en Francia y afronta la segunda y última noche del viaje. Tardará siete horas en llegar a La Junquera, y aquí sí que tiene que parar. Algunos de los rumanos miran descompuestos hacia delante. Es la última prueba del viaje; si la pasan, habrán conseguido parte de su sueño. Las trampillas del techo del autobús vuelven a abrirse justo cuando suben tres policías españoles. Polis buenos Los agentes piden pasaportes y tarjetas de residencia. Están de buen humor y bromean entre ellos. Uno de ellos comprueba las noches de hotel reservadas que tiene un pasajero: ¿Dónde está el límite de noches para dejarlos pasar como turistas? pregunta a otro compañero. No hay límite, donde tú lo pongas le contesta. La respuesta no le convence y comprueba que una rumana sólo tiene dos noches de hotel en Madrid. Esto es poco. ¿Qué hacemos, bajamos a alguien para mirarlo? ¿Por dos personas vamos a echar atrás un autobús? le espeta otro policía. ¡Polis buenos! ¡Somos polis buenos! grita con simpatía un agente. ¡Y eso que no estamos en Navidad, eh! continúa. Así termina el momento frontera española tan temido por algunos de los rumanos. Los policías devuelven los pasaportes y se van entre risas: ¡Somos polis buenos! Figueras es la primera parada en suelo español. Allí baja una mujer, que se pierde entre las casas con su maleta. El autobús hará más paradas en Barcelona, donde se quedan cinco más, y Zaragoza, destino para una docena de rumanos, antes de llegar a la Estación Sur de Madrid, a las 16.45 del tercer día de viaje, casi 60 horas después de salir de la Autogara Rahova donde baja casi la mitad de los pasajeros. Pero el viaje continúa para muchos más, por Castellón, Murcia, Málaga... cada día. Parada en una gasolinera de Austria. Los descansos del viaje por el continente suelen ser cada cuatro o cinco horas La otra cara de la moneda es Vasile, de 41 años, con todo en regla: contrato de trabajo en nuestro país y tarjeta de residencia. Lleva trabajando en Ocaña siete años, en una fábrica de tablas metálicas, y habla español a la perfección. Bromea con los policías y aprovecha la parada en la aduana para entrar en un bar y atiborrarse de chocolate. A las 22.25, el autobús pasa por fin el lado de Rumanía en la frontera y se detiene en el paso de Hungría. Los conductores abren las trampillas del techo para que entre un poco de aire y se diluya el olor viciadísimo, justo antes de que suban dos policías húngaros y pidan de nuevo los pasaportes. Exigen explicaciones a los que ven con poca seguridad. Una mujer tiene reservada sólo una noche de hotel en el Petit Palace de la calle del Arenal de Madrid. Explica que después irá a vivir con su hermana, que la está esperando, y enseña su dirección y su teléfono. Al final, los agentes pasan de largo y ella respira. En el autobús corre el rumor de que hay que pagar de nuevo para que no nos miren las maletas, pero es una falsa alarma. A las 23.40, tres horas después de haber llegado al punto fronterizo, el autobús, con media docena de plazas que han quedado vacías, pasa por fin a la Europa de los 25. M. C. El camino por Hungría El paso por Hungría, de noche, dura exactamente cinco horas y media. La tranquilidad sólo se rompe por un frenazo brusco y ruidoso del autobús, que no ha chocado contra un coche en un cruce por una décima de segundo. A las 5.15 de la madrugada, parada en la frontera de Austria. Los pasajeros, legañosos y bostezadores, bajan para desfilar ante el puesto policial y mostrar de nuevo sus pasaportes, sin ningún problema. Es puro trámite. A las seis, el autobús está circulando por las autopistas alucinantes de Austria. Un paisaje de montañas nevadas y pueblecitos de película rodea al autobús, pero el conductor de turno decide parar para desayunar en la gasolinera más fea en 500 kilómetros a la redonda, justo al lado de una fábrica. Debe de estar pactado, porque allí coincide media docena de autobuses que se dirigen a España. Los rumanos ya han tenido tiempo de hacer amistades en el viaje, y forman pequeños grupitos entre ellos. Como el de tres jóvenes que dan ánimos a una mujer realmente asustada por si no le dejan pasar en la frontera española. Es una más de las que van como turistas, pero para quedarse. Europa sin fronteras La frontera entre Austria e Italia no existe, lo mismo que entre Italia y Francia. Sólo una señal en la carretera indica que se cambia de país. Las paradas se reducen a una cada cuatro o cin-