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42 Madrid DOMINGO 26 2 2006 ABC Segunda colonia de extranjeros En la Comunidad de Madrid hay 121.609 rumanos empadronados, según datos oficiales, a 1 de noviembre de 2005. Son la segunda comunidad nacional de inmigrantes, detrás de los ecuatorianos, que son 186.582. La Consejería de Inmigración, que dirige Lucía Figar, estima que en pocos años los rumanos formarán el primer grupo de inmigrantes en la región, si se mantiene el flujo actual. A primeros de 2000, los rumanos en la Comunidad eran unos 13.000. El 50 por ciento de los inmigrantes rumanos se localiza en 13 municipios de la zona este de la región, sobre todo en el Corredor del Henares (Alcalá, Coslada o San Fernando) En Madrid capital hay 38.861 rumanos empadronados, por detrás de los ecuatorianos (139.480) y los colombianos (47.547) Hace tres semanas, la presidenta Aguirre viajó a Rumanía para estrechar lazos en materia de inmigración, economía y cultura. Los conductores lavan los vehículos un par de veces durante el trayecto (Viene de la página anterior) M. C. media después de salir, la primera parada del autobús despierta a todos. Estamos en Ploiesti, donde suben otras cuatro personas, dos hombres y dos mujeres. El sol ha debido de animar a los conductores, que deciden obsequiar a los viajeros con música española: Es una lata el trabajar; todos los días te tienes que levantar... dice la canción. La cinta da la vuelta cuando termina y las mismas canciones suenan de nuevo, sin que nadie parezca percatarse. Será a la tercera o a la cuarta cuando por fin alguien decida cambiar la música, que sigue sonando: ...la vida pasa felizmente si hay amor... La alternativa es música autóctona, que a oídos de un español es machacona hasta decir basta. Pero a ellos les encanta. de, les han contado, hay trabajo para todos; jóvenes que no tienen dónde caerse muertos, sin un solo papel; mujeres que van a Zaragoza y Madrid, donde sus maridos llegaron meses antes. ¿Que si volveré a Rumanía en el futuro? ¡No! Por ahora, no. El país está muy mal, hasta que no mejore no queremos volver dice una de ellas, harta de no tener futuro en su propia tierra. Los policías rumanos piden cinco euros a cada pasajero por no mirar sus maletas en el punto fronterizo Muchos viajeros entran en España como turistas, pero deben mostrar que tienen hotel reservado y dinero ros para que todos pudieran pasar la frontera con normalidad. Los últimos pasajeros A las seis de la tarde, siguiente parada, esta vez en Timisoara, a dos horas de la frontera con Hungría. Suben los últimos rumanos emigrantes. Aquí ya no cabe ni un alfiler, el calor- -el de la calefacción y el humano- -empieza a ser potente, irrespirable. Una mezcla de olor a comida rancia y a sudor recorre de vez en cuando el interior del autobús, y se mezcla con la alta temperatura hasta quitar definitivamente las ganas de cenar. No extraña que cuando el autobús abre sus puertas, todos bajen en tropel pese al frío gélido que hace fuera, que se agradece como nunca. Son las 20.40 de la noche y el autobús llega al puesto fronterizo con Hungría, en Nadlac. Delante hay otros dos autobuses repletos de emigrantes para pasar el control, y detrás se colocan dos más. El conductor para los motores. Minutos antes, uno de sus compañeros había dado instrucciones a los viaje- Por Transilvania El paisaje cambia por completo cuando entramos en Transilvania. Las montañas que rodean Predeal, los bosques y la nieve lo llenan todo, mientras el autobús vence interminables curvas de infarto. A las 10.20, parada en Brasov, en medio de un frío intenso. El autobús estaciona junto a otros dos, que se dirigen también a España. En Sibiu se une a la expedición Gheorghe, un moldavo de 33 años callado y triste, que vuelve a España tras pasar un mes de vacaciones en su tierra. Gheorghe habla con cuentagotas, en un español aprendido en la calle. Contesta a todo, a cada pregunta que se le hace, pero en más de 50 horas de viaje compartido, él no hace ni una sola ni parece importarle nada quién es ése que le somete a un tercer grado y no le deja descansar. En Lloret de Mar, donde trabaja en la construcción desde hace cinco años, se bajará sin despedirse y sin echar la vista atrás. A las cinco de la tarde de esta primera jornada, después de casi 11 horas de viaje, el autobús para en Lugoj, aún en el interior de Rumanía. Una veintena de rumanos se agolpa en la estación: una abuela, que viaja a Madrid para reunirse con su hijo en Coslada; trabajadores que van a la aventura, sin saber dónde acabarán, pero que acuden a la llamada del paraíso español don- Pago en la frontera Los conductores hablan con la Policía fuera y cuando suben explican que si cada pasajero paga cinco euros, evitaremos que nos registren las maletas. No se lo piensa nadie y todos pagan al recaudador espontáneo los cinco euros (225 euros en total, unos 1.350 por seis autobuses en una sola noche) Con ese pago no sólo evitan declarar lo que llevan de equipaje, sino que ahorran unas ocho horas de espera. Entre seis y ocho autobuses diarios Horas después de salir de Bucarest, el autobús cargado de emigrantes rumanos llega a Sibiu, ciudad perdida en el interior de Rumanía que está hermanada con Valencia. Allí coinciden tres autobuses sólo de Atlassib con el mismo destino, a los que se sumarán al menos tres más de otras compañías que se dirigen también a nuestro país. Cada día salen tres autobuses de esta empresa desde Bucarest hacia España, y siempre van llenos, no queda ni un solo asiento libre explica una empleada. En el autobús van tres conductores, que se turnan cada cuatro o cinco horas. Hacemos cuatro viajes, de ida y vuelta, al mes. Es un trabajo como otro cualquiera señala uno de ellos. El portavoz de Inmigración de la Confederación Española de Policía (CEP) Rodrigo Gavilán, asegura que hay días en los que llegan hasta 12 autobuses a España procedentes de Rumanía y Bulgaria, aunque la media estaría entre seis y ocho. El número varía según el día de la semana: los jueves y los viernes suelen llegar más, y el número de rumanos y búlgaros que entran por La Junquera puede alcanzar los mil. Un policía sube al autobús y pide los pasaportes y los papeles que muestren a qué se va a España. Varias chicas comienzan a bajar de los vehículos que están por delante, cargadas con sus maletas. La Policía les ha impedido el paso por ser menores de edad y no viajar acompañadas. Alguna ha mostrado un papel firmado, pero no es suficiente para el agente. Ahora tendrán que esperar en la aduana la llegada de un coche de vuelta para regresar a casa. Las lágrimas caen por las mejillas de una joven que arrastra su maleta con un gesto de desesperación. El policía rumano pide papeles y mira a los ojos a su dueño. Si el visado es de turista, exige que se le muestre la reserva de hotel y los euros que lleva consigo el viajero. Una mujer de no más de 30 años, con signos evidentes de estar drogada o bajo los efectos de alguna medicina potente, observa con la mirada perdida al agente cuando éste le pregunta a qué hotel va, y se queda callada, sin contestar. Unos minutos después está en la calle, dando tumbos con su maleta cochambrosa. La trampa del turismo Enséñame los euros que llevas dice el policía a otro de los emigrantes. El rumano muestra billetes con un valor de unos 250 euros. Con eso vale. Nicolae, un joven de 20 años, tiene el miedo pegado en la cara. No tiene ni un papel e intentará pasar como casi todos, con la trampa del turismo, que le permitiría estar tres meses en España sin problemas. El agente se queda con su pasaporte, pero durará poco, porque unos minutos después estará camino de regreso a su casa.