Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO 26 2 2006 Madrid 41 Varios autobuses con destino a España coinciden en los mismos lugares de descanso en su recorrido por las carreteras de Europa, como en esta parada en Rumanía M. C. Unos doscientos rumanos llegan cada día a Madrid por carretera tras cruzar seis países ABC hace el viaje en autobús con los inmigrantes desde Bucarest a España, durante casi 60 horas b Unas 400 personas entran en nuestro país procedentes de Rumanía a diario, y eligen Barcelona Zaragoza, Valencia o Málaga como destino, además de Madrid MARIANO CALLEJA BUCAREST, MADRID. Bucarest amanece con cuatro grados bajo cero y cielo despejado. A las cinco y media de la mañana, los trabajadores de toda la vida, tapados hasta las orejas con esos enormes gorros del Este, ya están en la calle fría y gris, donde la nieve sucia de días pasados se amontona por todas partes. En Autogara Rahova la estación de autobuses internacional, a las afueras de la ciudad, el frío es un poco más intenso si cabe. Tres perros sin dueño pasan de largo y se guarecen entre los coches. Son parte de los 200.000 canes abandonados que hay aquí, y que dos días antes fueron noticia de portada en los periódicos locales por matar a un japonés en plena calle. La Autogara Rahova tiene una solución habitacional como sala de espera, cafetería y taquillas, todo junto. Decenas de personas se agolpan en apenas 40 metros cuadrados, cerca de la calefacción, entre montones de bultos y maletas. En las paredes hay ofertas para todos los gustos: se puede viajar cada día a España (hasta Málaga, pa- sando por Barcelona, Zaragoza, Madrid y Valencia) en autobús, ida y vuelta, por 160 euros; también hay viajes a Italia por 150 euros. Hay otros destinos disponibles, a Viena, Alemania, Suecia, Francia, prácticamente a toda Europa, pero no están de oferta. Un autobús confortable A las seis y media de la mañana sale un autobús hacia España de la empresa Atlassib. No es el único: hay tres de esta misma empresa, con 45 plazas cada uno. Dos de ellos llevan un enorme remolque, donde se trasladan los envíos postales rápidos para la familia. El autobús, por fuera, no está mal. Presume de confort, seguridad, televisión y calidad. Pero falta verlo por dentro. El asiento abatible no vuelve a su lugar, la palanca está rota: no pasa nada, sólo serán 60 horas recostado mirando al techo; hay algunos cinturones de seguridad... rotos; en otros asientos, los cinturones se buscan, pero no se encuentran; la televisión ¡funciona! así podremos estar tres días viendo series malísimas rumanas de humor a todo volumen, sin auriculares, con risas forzadas enlatadas; y la calefacción va tan bien, que de manera regular se alcanzan temperaturas asfixiantes, tan sofocantes que las gotas de sudor caen por la frente y el chocolate de la mochila se derrite en pocos minutos, mientras en el exterior la nieve y el hielo cubren los campos y las montañas de Transilvania o Austria. En autobuses como éste, que es de lo mejorcito que hay aquí, y en otros peores, en furgonetas y en coches viajan cada día a España unos 400 rumanos, según datos de la Confederación Española de Policía (CEP) de los cuales la mitad, aproximadamente, se queda en Madrid. Se unen a los 121.000 que están empadronados en esta región, y a los 445.000 que hay en toda España. Los primeros viajeros Una decena de rumanos con cara de sueño y de sueños, aún sin romper, sube al autocar en Bucarest. Tienen por delante casi 3.500 kilómetros hasta llegar a Madrid. Algunos van casi con lo A las seis y media de la mañana sale el autobús de Bucarest, que irá recogiendo personas por toda Rumanía En la frontera con Hungría, la Policía impide el paso a media docena de pasajeros, que volverán a casa puesto, apenas llevan una pequeña maleta consigo. Una mujer y un chico más joven- -parecen madre e hijo, aunque luego se descubre que son marido y mujer- -saben bien de qué va esto. Es el décimo viaje que realizan entre Bucarest y Madrid. La pareja acampa en el autobús, se pone cómoda, con zapatillas de estar por casa incluidas, se arropa y a dormir. Lleva bolsas de plástico repletas de plátanos, chocolatinas, bocadillos, litros de cocacola y fanta, y revistas rumanas para aburrir. Dos chicos de no más de 20 años son los siguientes en subir al autobús. Nadie va a despedirlos a la estación. Miran con desconfianza a todos, y también con cierta altanería. Dos chicas jóvenes- -que resultan ser madre e hija, esta vez sí- -serán la atracción del viaje para algunos, sobre todo para uno de los conductores, que se pegará a la hija, menor de edad, como una lapa durante los tres días de trayecto por las carreteras de Europa, casi siempre cuando no esté su madre cerca. Otra chica viaja sola, como muchas más que se irán subiendo por diferentes ciudades de toda Rumanía. Al otro lado de la ventanilla, un muchacho le dice adiós, mientras tirita de frío. La niebla ha cubierto buena parte de Bucarest mientras el autobús se despide de la capital rumana. A las ocho de la mañana, una hora y (Pasa a la página siguiente)