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ABC DOMINGO 26 2 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ELEGÍA DE LOS OLVIDADOS STATUTO moral de las víctimas del terrorismo. Artículo primero: las víctimas siempre tienen razón, incluso cuando no la tienen, porque para eso son víctimas. Artículo segundo: en el hipotético e improbable supuesto de que las víctimas no tengan razón, será de aplicación inmediata el artículo primero. Disposición transitoria primera: ninguna medida política que afecte a las víctimas puede resultar decorosa sin su anuencia o consentimiento. Disposición transitoria segunda: ningún grupo, partido o asociación, y muchos menos si se trata de una organización ilícita y o criminal, puede bajo ningún concepto o circunstancia obtener beneficios a costa del dolor de las víctimas. IGNACIO Este código no está, naCAMACHO turalmente, escritoen ningún papel con valor jurídico, pero figura impreso en la conciencia colectiva de una nación que ha sufrido más de un millar de bajas mortales sin descomponer la dignidad. Ayer tarde, bajo la lluvia heladade Madrid, cientos de miles de ciudadanos lo refrendaron a cuerpo limpio en las calles. Es difícil de sostener, como pretende el Gobierno, que tanta gente se movilice por error, agitada por una indignación sin fundamento. El motivo de esta- -segunda en pocosmeses- -sacudida sociallo proporciona la actitud equívoca, complaciente y ambigua del propio Gobierno, que ha generado de manera manifiesta expectativas de una negociación, hasta el punto de que es tan palmaria la satisfacción de los amigos de los terroristas como la congoja y el desamparo de sus víctimas. Lo que ha vuelto a activar la protesta ciudadana es la sospecha de que el Estado está dispuesto a priorizar la paz al honor y a la integridad de un pueblo que ha resistido la violencia y aguantado el sufrimiento para no doblegarse. Y esa sospecha no es gratuita: procede de signos evidentes que sugieren la disposición a pagar un precio que hasta ahora se consideraba innegociable por unanimidad. Urge, por tanto, que el Gobierno tranquilice a la opinión pública con actitudes que no den lugar a confusión, en vez de despreciar con suficiencia un sentimiento tan extendido de orfandad política. Proclamar que la paz llegará sin vencedores ni vencidos es un modo de admitir que van a resultar vencidos los que tenían quesalir vencedores. Las víctimas están inquietas porque temen salir derrotadas de esta incierta aventura. Y el pueblo se echa a las calles a arroparlas en vista de que el Gobierno las desdeña, las ningunea, las da de lado en su designio de un optimismo suicida. Como recuerda Fernando García de Cortázar en su último libro, los pasillos de la Historia de España están repletos de perdedores postergados en una larga secuencia de fracasos. Ese recuento esencial termina con una conmovedora Elegía de los olvidados un homenaje al inmisericorde abandonode los parias de la memoria colectiva. Ojalá que este episodio de la paz improbable no constituya el último capítulo deesa dolorosa letanía de orillamientos, ingratitudes, pretericiones y derrotas. E MI ZARRA DEL PADRE URIARTE UE la primera palabra que aprendí en vascuence: Zarraonaindía. En los Jesuitas de Sevilla casi tuve una educación bilingüe. Los carlistones del colegio, hijos de requetés, perdedores en el bando de los vencedores de la guerra, me enseñaron otras palabras vascas: Oriamendi, Zumalacárregui. Hasta que llegamos a la inmersión vascuence del Padre Uriarte. Loyola pura del Hermano Gárate, ignaciana cuna vasca, el Padre Uriarte era tocayo de San Francisco Xavier. A Xavier, que nos conocíamos al dedillo a través del pemaniano Divino impaciente que los mayores representaban en la proclamación de dignidades, lo mandó San Ignacio a Catai y Cipango. Y al reverendo padre Francisco Javier Uriarte, S. J. lo habían mandado, decían que represaliado, a la provincia bética. Vista desde Deusto, la Bética sería para Uriarte como Cipango para su tocayo Xavier, lejana y oscura, con aquellos coANTONIO legios tan literarios, como el Villasís BURGOS sevillano de Rafael Montesinos o como El Puerto. ¿Pues no que estos compañeros de la Bética, pensaría Uriarte en su vascuence de caserío, tienen un colegio en El Puerto donde en lugar de presidentes de Altos Hornos salen premios Nobel como Juan Ramón, y en vez de directores generales del Banco de Vizcaya salen poetas mediopensionistas de marineros como Alberti? En voz baja nos decían que el Padre Uriarte estaba en Sevilla castigado, por vasco. Eso no nos inquietaba tanto como su costumbre de tomar rapé. Se echaba todo el amarillento rapé de Versalles sobre la pechera y el barrigón de su sotana, que se sacudía con las manos tan tenaz como inútilmente. Hasta que no vi las solapas de la chaqueta cruzada de Antonio Díaz Cañabate no conocí una prenda con más lámparas que el Murano de la sotana de rapé amarillento y baboso del Padre Uriarte. Que era profesor de Griego, pero que en realidad F nos enseñaba lengua y cultura vasca. Mitología vasca, españolísima. Apenas sabíamos nada de los dioses del Olimpo helénico, pero sí todo sobre las deidades del templo de San Mamés. De Sófocles, Esquilo y Eurípides, nada: Zarra, Panizo y Gainza. Aquel Athletic de Bilbao era España. Tan España como el Oriamendi de los hijos de los requetés, Zumalacárreguis a la andaluza. Ya digo; inmersión en la parte vascongada de la cultura española. A la que profesábamos una admiración mitológica. Por españolísima. El Athletic era el único club que no fichaba extranjeros. En cambio, Álvaro de Laiglesia, en La Codoniz llamaba al Real Madrid el Madrileñín Club de Forasteros. Más español que el vasquísimo Uriarte no había otro cura en el colegio. Se le saltaban las lágrimas cuando nos cantaba el Guernikako arbola O cuando nos enseñaba la letra en vascuence del himno de la Compañía: Fundador sois Ignacio y general... Sus días de gloria eran las visitas de su Athletic de Bilbao al cercano Nervión. Nos contaba las hazañas de Zarra como el héroe mitológico que en realidad era. Nos explicaba cómo Zarra se dejaba la camiseta suelta muy por debajo de los dedos, para que el árbitro no lo viera marcar goles con la mano. No con la cabeza armada de Atenea; no con los alados pies de Mercurio de Maracaná: con la mano. Y nada de Zarra a secas: para nosotros era Telmo Zarraonaindía. El que anduviese flojo en Griego, ya sabía: aprobaba seguro si se incorporaba a la tropa de los internos, a los que Uriarte llevaba obligatoriamente al campo de Nervión para aplaudir a su Athletic de Zarra frente al Sevilla de Helenio Herrera. Ese día de su patria vasca, el Padre Uriarte se ponía su sotana más nueva, sin una sola brizna de rapé sobre la pechera, para recibir a su España, su tierra, su patria. A su héroe Zarra. Zarra ha muerto. Como otros han hecho que mueran aquellas Vascongadas que el Padre Uriarte nos enseñó a querer. Cuando le poníamos a España el nombre de Telmo Zarraonaindía.