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ABC SÁBADO 25 2 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA FURIA ESPAÑOLA T CRASH UNQUE sospechamos que los vaqueros gays de Ang Lee se llevarán (por motivos no exclusivamente cinematográficos) los premios gordos en la inminente ceremonia de los Oscar, nos gustaría resaltar aquí una propuesta más arriesgada y menos complaciente que también se cuenta entre las favoritas. Me refiero a Crash donde Paul Haggis, guionista de la muy ponderada One Million Dollar Baby nos propone una historia coral, muy en la línea de Vidas cruzadas de Robert Altman o Magnolia de Paul Thomas Anderson. Para evitar la dispersión que con frecuencia lastra el género, el director nos revela desde la primera secuencia, por boca del personaje encarnado por el soberbio Don Cheadle, el asunto de su película, que no es otro que el deterioro de los afectos, la incapacidad del hombre contemporáneo para entablar relaciones regidas por la confianza y JUAN MANUEL la comprensión, la patológica interDE PRADA ferencia de la paranoia y de una especie de rencor atávico en el trato con nuestros semejantes. La premisa puede antojársenos a priori excesivamente catequética; pronto descubriremos, sin embargo, que Haggis no es director propenso al maniqueísmo o la blandenguería. Ambientada en Los Ángeles, una ciudad traspasada por el fantasma del dolor, sobre el paisaje de fondo de los odios raciales, Crash nos presenta una galería de personajes que esconden un nido de áspides en el alma y anhelan desesperadamente una redención. Criaturas muy al estilo de las de Paul Schrader, oprimidas por una condena que llevan inscrita en los genes, que se revuelcan sobre un lecho de ortigas, en una demorada agonía que admite pocas ocasiones de alivio. Su capacidad para infligir dolor al prójimo es directamente proporcional al dolor que ellos mismos soportan: así, por ejemplo, el agente de policía Ryan (Matt Dillon) desagua A la exasperación que le provoca la enfermedad de su padre abusando de su autoridad; Jean (Sandra Bullock) la mujer del fiscal del distrito, tras sufrir un robo callejero perpetrado por una pareja de negros, disfrazará de un racismo indiscriminado los síntomas de su depresión; Daniel (Michael Pena) es un cerrajero hispano a quien un comerciante persa convertirá injustamente en diana de su furor cuando asalten su negocio; el detective Graham (Don Cheadle) se verá atrapado en la telaraña de la corrupción política, mientras trata en vano de salvar a su hermano de las garras de la delincuencia... Son algunos de los personajes que Haggis elige para entretejer su tapiz de vidas calcinadas, errabundas en un infierno que adquiere contornos cotidianos. Cuando finalmente sus existencias se entrelacen, el encuentro- -que es más bien una colisión- -adquiere proporciones trágicas. Tras un comienzo algo renqueante o farragoso, la película gana en fuerza aflictiva a medida que se aproxima a su desenlace. Haggis ha sabido combinar a la perfección las estrategias del melodrama con un naturalismo muy atento a la problemática social de nuestro tiempo; la mezcla, desgarradora y áspera, se sirve, además, de un estilo visual sucio (barridos de cámara, tomas un tanto descoyuntadas, primerísimos planos que convierten las circunstancias fisonómicas en estados anímicos) que contribuye a subrayar ese clima de claustrofobia moral que se cuece ante nuestros ojos, como en una gran olla podrida. A la postre, Haggis nos propone un desenlace catártico que actúa como válvula de escape a las muchas emociones- -algunas sumamente incómodas- -que hemos vivido durante la proyección; un desenlace en absoluto plácido o contemporizador que, sin embargo, nos permite vislumbrar, entre la escombrera del sufrimiento, un atisbo de esperanza. Y es que la esperanza siempre brota, aun en medio de la desolación, como una flor raquítica y aterida. ODAVÍA muchos aficionados creen que el célebre gol de Zarra en Río, el que eliminó a la pérfida Albión del Mundial de 1950, fue un cabezazo marca de la casa en vez de un remate con el pie y a bocajarro, en el área pequeña. La fuerza de la leyenda de la mejor cabeza de Europa ha terminado borrando los límites de la realidad para instalar ese gol en la memoria colectiva con el sello del mito. Igual que la narración radiofónica de Matías Prats, bastante más serena y templada que cualquiera de las abracadabrantes celebraciones de los locutores de la actualidad. Pero ya dijo Wilde aquello de la realidad que imita al arte, de modo que el mejor cabeceaIGNACIO dor del fútbol español ha CAMACHO pasado a la Historia por un gol con el pie, del mismo modo que Pelé, que marcó más de mil tantos, consagró con su nombre una jugada que no entró. Por otra gran paradoja, que es más bien un guiño de la política, la delantera que personificó la furia española, la de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza, era la de un equipo que hoy por hoy, bajo la influencia hegemónica del PNV, se siente incómodo con la etiqueta de una españolidad que figura de manera incuestionable en el cénit de su imaginario simbólico. Este Athletic en cuyo estadio ondean las ikurriñas los domingos fue en los 50 un estandarte del españolismo, que Franco consagraba complacido al entregarle año tras año la Copa con su nombre. Durante la transición, el nacionalismo pugnó por desprenderse de ese marchamo que estorbaba visiblemente su designio clientelar, y finalmente acabó asaltando su junta directiva para que no se le escapase el control de una de las instituciones más emblemáticas de la sociedad vasca. El día en que Iríbar y Cortaberría saltaron al viejo Atocha portando una ikurriña en el derbi entre el Athletic y la Real Sociedad se cortó el cordón umbilical que durante décadas había unido el fútbol vasco con el paradigma de la furia española. La casta, la fuerza, el empuje, siguieron siendo una seña de identidad, pero de otra identidad. Y la Real llegó a caer en el esperpento excluyente de romper la tradición para fichar jugadores extranjeros... pero no españoles. En esa dualidad conflictiva entre lo español y lo vasco, que no es más que el trasunto del gran debate civil de Euskadi, el veterano Athletic de Bilbao vuelve también a plantearse en estos días de crisis deportiva su gloriosa política de cantera autóctona. Ojalá no abdique nunca de ese valor casi heroico en tiempos de galácticos megamillonarios y de mercantilismo globalizado. Porque este club mítico, esencialista, vinculado a los códigos más olvidados del fútbol, podrá vivir horas amargas pero jamás dejará de ser un símbolo. Aunque sea el símbolo paradójico que representó Zarra, vasco prístino y cabeceador nato, que entró en la leyenda por un gol con el pie... vestido con la camiseta de España.