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4 Opinión VIERNES 24 2 2006 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Directores Adjuntos: Eduardo San Martín, Juan Carlos Martínez Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez Jefes de área: Jaime González (Opinión) Mayte Alcaraz (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Alberto Aguirre de Cárcer (Sociedad- Cultura) Ángel Laso (Economía) Jesús Aycart (Arte) Adjunto al director: Ramón Pérez- Maura Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado, M. Erice (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) E. Ortego (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: José Luis Romero Adjunto al Consejero Delegado: Emilio Ybarra Aznar Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Francisco García Mendívil 23- F: EL REVISIONISMO HISTÉRICO EINTICINCO años después, el Parlamento español aprobó ayer una declaración institucional en la que, a instancias de ERC y EA, se eliminó la mención expresa al papel determinante del Rey Juan Carlos en el fracaso del golpe de Estado del 23- F, recogida horas antes en un texto cuestionado por los nacionalistas por oler a viejo y caduco Por encima de discrepancias ideológicas, la opinión pública conoce perfectamente el decisivo papel que desempeñó Don Juan Carlos en aquella fecha. El revisionismo histérico de quienes pretenden ensombrecer la memoria colectiva de los españoles resulta un conmovedor ejercicio de cinismo, tan patético como la anuencia del Parlamento- -incluidos PSOE y PP- -a suscribir una declaración tan intencionadamente aséptica. Cercenar la realidad- -borrar los párrafos del texto que subrayaban la figura del Monarca- -y luego plegarse a la voluntad de quienes quieren imponer su propia historia evidencia hasta qué punto la clase política es incapaz de elevarse por encima de sus propias disputas partidistas. La sociedad española, hace 25 años, estuvo con su Parlamento, el mismo que ayer no supo estar a la altura de la sociedad española. Triste manera de agradecerle su aliento. V IRAK, AL BORDE DEL ABISMO OS recientes acontecimientos en Irak han venido a confirmar los peores augurios enunciados desde el comienzo de la ocupación militar norteamericana: lejos de alejarse, el espectro de una devastadora guerra civil revolotea peligrosamente y los más interesados en empeorar la situación, los terroristas de Al Qaida y sus asociados, han decidido prender la mecha con ese ataque calculado contra la mezquita dorada de Samarra. Tal vez para la mentalidad occidental sea difícil entender las razones por las que hay personas que dentro de una misma religión están dispuestos a matarse por una disputa que data del siglo VII, en lugar de juntar sus fuerzas para sacar al país de la crisis, pero nadie puede alegar que no sabía que este sería uno de los riesgos más graves que tendría que afrontar el proceso de normalización después del derrocamiento de Sadam Husein. Más de un centenar de muertos se han producido en unas pocas horas, durante las cuales decenas de mezquitas suníes han sido atacadas ferozmente, sin que los llamamientos a la calma de los dirigentes religiosos más moderados hayan logrado apaciguar los ánimos. Como símbolo de la ferocidad inhumana de los que tienen como objetivo hacer que el país arda por los cuatro costados, se sabe que la mayor parte de las víctimas eran precisamente ciudadanos de ambas confesiones que habían acudido a una manifestación en favor de la convivencia. La posibilidad de una generalización del conflicto étnico- religioso sería devastadora, no solamente por sus terribles efectos en el mismo Irak, ya asolado por la violencia terrorista, sino sobre todo porque podría llevar a una internacionalización de la guerra en una zona del mundo de primera importancia estratégica. Irán, cuyo presidente no se caracteriza precisamente por la moderación, culpa por ahora a Estados Unidos y al sionismo de la voladura de la mezquita, pero difícilmente podría permanecer impasible en caso de que sus correligionarios chiíes se vieran implicados en una conflagración. Lo mismo puede decirse de otras potencias regionales co- L mo Arabia Saudí, cuyo régimen religioso guarda rencores ancestrales contra los chiíes. Los kurdos tampoco podrían evitar verse salpicados, lo que a su vez representaría un elemento de importancia directa para la seguridad nacional de Turquía, un país vecino de Irak y miembro de la OTAN. En los negros años de la dictadura de Sadam Husein la posibilidad de un enfrentamiento entre chiíes y suníes estaba conjurada por los siniestros mecanismos de la represión. De hecho, era la minoría suní la que dirigía el país, pisoteando abiertamente los derechos de la mayoría chií, a la que no se le permitía ni siquiera celebrar en público sus particulares efemérides religiosas. Pero si las fuerzas del orden no consiguen pronto revertir la tendencia y los iraquíes no dejan de asistir a este continuo empeoramiento de las condiciones de seguridad, no serán pocos los que recuerden con benevolencia la tranquilidad aparente de la que disfrutaban bajo las cadenas del tirano, aunque fuera la paz de los cementerios y de las prisiones secretas. Como dejó dicho Mohamed Al Ghazali (Algazel, para nosotros) que en el Bagdad de hace mil años estableció los principios del sufismo, para muchos musulmanes son preferibles seis meses de tiranía que una noche de desorden y en estos momentos el conjurar el riesgo de una guerra civil ha de ser el principal objetivo de todos. La perspectiva de una retirada de tropas de estadounidenses u otros países de la coalición internacional sería, en las presentes circunstancias, un gesto suicida. En la contención de esta crisis es donde las nuevas autoridades del país, con el presidente Jalal Talabani a la cabeza, están obligadas a legitimar sólidamente al régimen democrático recién nacido, evitando que el país siga rodando hacia el abismo. Más que de los procesos electorales, cuyo valor nadie puede discutir, el futuro de Irak depende ahora de la capacidad de los nuevos dirigentes para evitar que el país se hunda en la guerra civil, de la que difícilmente podría salir. CIS Y ESTATUTO, LOS NÚMEROS CANTAN N 43 por ciento de los españoles se oponen a la definición de Cataluña como nación- -con melillenses, madrileños y aragoneses encabezando el ranking de disconformes- frente al 13 por ciento que lo aprueban, según la última encuesta del CIS. A la hora de definir sus respectivas comunidades autónomas, el 77,4 por ciento opta por llamarla región, un término políticamente en desuso que los españoles, sin embargo, ponen en valor. La idea de que España es un Estado ajeno la comparte sólo el 1,8 por ciento de los encuestados, si bien este porcentaje sube al 6,1 en Cataluña y al 13 en el País Vasco. Son datos, oficiales, para el análisis y la serena reflexión de una clase gobernante que debería extraer alguna consecuencia de este baile de cifras. Porque, aunque se intente evitar llamar a las cosas por su nombre, la opinión pública no se pierde en disquisiciones teoréticas y lo tiene claro: nación solo hay una, por mucho que se empeñen en retorcer la realidad recurriendo a aquello del concepto polisémico Eufemismo, bastante pedante, por cierto, que esconde los esfuerzos del nacionalismo soberanista por orillar el marco constitucional a través de jeribeques semánticos. Avalados por el CIS, los datos están ahí: que el Gobierno eche cuentas. Porque los números, cantan. U NEGACIÓN DELICTIVA L primer problema de David Irving, el historiador británico recientemente condenado por un Tribunal austriaco, es que mintió cuando negó la existencia de las cámaras de gas con las que los nazis pretendieron aplicar la solución final contra los judíos europeos. Cuando la Historia no se confunde con la memoria, el llamado negacionismo como el que predicaba Irving sobre el holocausto judío, escapa a la tolerancia propia de toda discusión académica. Es pura mentira. La posición contraria es igualmente reprobable, como la del Estado turco con el novelista Orhan Pamuk, perseguido penalmente, sin éxito, por atreverse a reconocer que su país cometió un genocidio con el pueblo armenio en 1915. Los casos de Irving y Pamuk demuestran que hay sociedades que protegen la verdad, y aceptan su Historia, y otras que se aferran a la mentira porque no aceptan su pasado. Cuestión distinta es si las mentiras de Irving, ahora arrepentido de haber negado las cámaras de gas, debían elevarse a la categoría de delito. A la hora de definir el tipo de reproche que cabe hacer a quien especula con la memoria de millones de muertos, entra en juego no sólo E la sensibilidad de las sociedades que sufrieron el régimen nazi, sino también la necesidad de combatir cualquier intento rehabilitador del mismo. Y esta es la razón por la que Austria y otros países europeos, entre ellos España, tipifican como delito la negación del holocausto judío o, en general, de cualquier delito de genocidio. El presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, es el prototipo de negacionista inductor de un nuevo genocidio. En España, sería un potencial reo de los delitos previstos por los artículo 510 y 607 del Código Penal. Por tanto, el castigo penal que ha recibido David Irving tiene una base más que moral o histórica, porque su apología de Hitler, aderezada con impugnaciones tan insólitas como la negación de las cámaras de gas, encierra toda una invitación a la rehabilitación del régimen nazi y a la legitimación de su doctrina racial. En todo caso, la dimensión ética y jurídica de estas legislaciones penales sólo se alcanzará plenamente cuando se apliquen a todos los genocidios y a todos los apologistas de los regímenes totalitarios que asolaron Europa, y otras regiones del planeta, en el siglo XX, porque ni los nazis fueron los únicos genocidas ni el judío el único holocausto.