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68 Cultura MIÉRCOLES 22 2 2006 ABC CLÁSICA Los Siglos de Oro Obras de Manuel García. Int. María Espada, soprano. Mark Tucker, tenor. Orquesta Barroca de la Universidad de Salamanca. Dir. Andrea Marcon. Lugar: Palacio de El Pardo. Madrid. Fecha: 19- 02- 06 Carles Alfaro convierte en voyeur al público de La controversia de Valladolid La obra, que llega mañana a La Abadía, recrea un debate ocurrido en 1550 recogió en esta obra la discusión que mantuvieron Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda sobre si los indios tenían alma JULIO BRAVO MADRID. En 1550, se produjo en Valladolid una discusión entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda con el fin de determinar si los indios americanos eran seres humanos y poseían almas. Este debate, que hoy en día resulta absolutamente disparatado, sirvió de inspiración a Jean- Claude Carrière, guionista habitual de Luis Buñuel, para su novela La controversia de Valladolid (1992) que él mismo convirtió después en pieza teatral. Mañana esa obra llega al teatro de La Abadía, en una producción estrenada el pasado verano en el Grec barcelonés, y dirigida por Carles Alfaro. Fue el actor Ferrán Rañé, que interpreta a Bartolomé de las Casas, quien impulsó, fascinado por la obra de Carriére, la puesta en marcha de este proyecto. Encontró el compañero de viaje ideal en Carles Alfaro, creador del Moma Teatre valenciano, y que había ya trabajado en La Abadía en obras como Las sillas de Ionesco, o La caída de Albert Camus. Alfaro destacó ayer que La controversia de Valladolid es un raro ejemplo de teatro de ideas Hoy en día da mucho miedo el diálob Jean- Claude Carrière AQUELLOS AÑOS ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE S e dice que hubo un tiempo en el que las más bellas damas se desmayaban ante el impacto de su música, que los espectadores bramaban de entusiasmo al contemplar sus evoluciones sobre el escenario, y que se llegó a destrozar la garganta a base de poner corazón. Manuel García debió ser un tipo estupendo, cantante, compositor además de empresario, pedagogo, protagonista de nuestro temprano romanticismo musical y disfrutón, que no es poco. Por esas cosas de la vida, en los últimos tiempos ha recuperado cierta popularidad. Él y su música. Especialmente desde que para acabar el año del Quijote se le trasladó a La Mancha en forma de ópera protagonizando, bajo el título de Don Chisciotte, uno de los reestrenos musicales mejor atendidos por la prensa en los últimos meses. Eternamente agradecido debe estar García a la mujer del presidente del Gobierno por su esporádica intervención en aquella representación. Y como además debió ser muy generoso, pues también lo estará ahora a todos los intérpretes que, dentro del ciclo Los siglos de oro han rescatado algunas obrillas de su variopinto repertorio. Entre ellos la Orquesta Barroca de la Universidad de Salamanca que, dirigida por Andrea Marcon, ha dado el necesario soporte instrumental con la energía de quienes se están haciendo, la perfección de quienes se esmeran y la soltura de quienes se asoman. También a la soprano María Espada que, por eso de los imprevistos, se hizo cargo de su parte con poco tiempo y aún así la salvó con dedicación, seriedad y provecho. Y, por supuesto, al tenor Mark Tucker, que ha tenido que lidiar con lo más difícil. Convendrá precisar que se escucharon dos tonadillas a dúo, La declaración y La maja y el majo además de El poeta calculista ópera unipersonal e intransferible con la que García revolucionaba el cotarro escénico. De ahí el anacronismo de su música, el collage de estilos, y la versatilidad algo histriónica de su personaje obligado incluso a asumir, casi simultáneamente registros de hombre y mujer. Y todo eso ha sonado ahora, bajo la seria protección del patio de los borbones del Palacio del Pardo, es decir, con Tucker guardando las formas, jugueteando apenas, insinuando lo justo y divirtiendo sin apabullar. Es lo que tiene fagocitar la historia y no su contexto. Ferrán Rañé, actor e impulsor de La controversia de Valladolid go; y esta es una obra donde el debate, la dialéctica, son apasionantes. Las ideas pasan a ser pensamientos y necesidades para los personajes También es, dice Alfaro, un espectáculo de actores, que trata muchos asuntos: la conciencia, el pavor ante lo desconocido, el fracaso del análisis del otro a través del contexto de uno, la imposición de las ideas; pero, sobre todo, la incomprensión ante lo diferente Carles Alfaro ha querido que el es- ABC pectador asista como voyeur a esta reunión, y para ello ha prescindido de ingredientes dramatúrgicos o escenográficos. Tan sólo se ha recurrido a un escenario que gira de manera imperceptible según el director, y que le ha servido tanto para resolver un problema técnico como para darle un carácter cinematográfico al montaje. Junto a Rañé intervienen también, entre otros, Manuel Carlos Lillo y Enric Benavent. TEATRO A Electra le sienta bien el luto Autor: Eugene O Neill. Versión y dirección: Mario Gas. Escenografía: Antonio Belart y M. Gas. Vestuario: A. Belart. Iluminación: Carlos Lucena y M. Gas. Intérpretes: Emma Suárez, Eloy Azorín, Emilio Gutiérrez Caba, Maru Valdivielso, Constantino Romero, Bea Segura, Albert Triola, Ricardo Moya y Sergio Ramírez. Lugar: Teatro María Guerrero, Madrid. MUERTOS QUE NUNCA MUEREN JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN H ay muertos que nunca mueren, espectros contumaces que se obstinan en asfixiar la respiración de los vivos y lastran con su peso corrompido a las generaciones posteriores. Lavinia Mannon, la Electra imaginada por Eugene O Neill, se lamenta de que los viejos fantasmas familiares cieguen cualquier posibilidad de escapar al pantanoso destino prefijado: es el fatum inapelable que el autor norteamericano tomó de nuestros abuelos griegos para presentarlo limpio del designio de los viejos dio- ses, pero amarrado al no menos viejo timón de las pasiones humanas. Las raíces de los territorios creativos de O Neill se hunden en tumultuosas corrientes subterráneas que hacen que el latido de su obras se acompase con el de los grandes clásicos. Son esos ríos profundos en los que pervive el latido de la esencial religiosidad primitiva, ajena a los inconmovibles dioses del progreso; una pulsión instintiva a la que el autor se asoma en busca, como el mismo escribió, de un sentido para la vida y un consuelo ante los temores de la muerte. En A Electra le sienta bien el luto O Neill toma como falsilla la Orestiada de Esquilo y trueca la guerra de Troya por la de Secesión. En los años posteriores a la Primera Guerra Mundial la sitúa Mario Gas, quien, tras el formidable montaje de la trilogía esquileana que firmó en 2004, ha abordado esta tragedia familiar con unos presupuestos estéticos y conceptuales de gran coherencia estilística conjunta: si en la Orestiada el portalón del palacio de los átridas era un símbolo omnipresente de poder y permanencia, el umbral tras el que se cometían los crímenes ocultos por las discreción del autor a los ojos de los espectadores, ahora es la enorme puerta de la man- sión de los Mannon la que domina el escenario. Gas ha comprimido en poco más de dos horas lo que en una representación convencional de la obra- río de O Neill podría durar al menos el doble. Se pierden tal vez referencias, pero el pulso trágico permanece intacto, servido en lonchas concisas, frías y certeras. Las viejas culpas familiares se suman a los crímenes del presente, con la sombra del incesto cerniéndose constantemente sobre los personajes, signados por la conciencia de una culpa imborrable que se perpetúa generación tras generación, como asume Lavinia cuando cierra la gran puerta y, como única forma de expiación, se entrega al destino de las estirpes condenadas a cien años de soledad. Emma Suárez, admirable en este papel, transita por la geografía de las pasiones llena de verdad, con solvencia de gran actriz; Eloy Azorín es un Orin Orestes torturado y esquivo, extraviado en tormentas interiores. Y Maru Valdivielso, sugestiva y manipuladora, y Constantino Romero, siempre seguro, llenan su papeles, igual que los eficaces Bea Segura y Albert Triola, progresivamente contaminados por su relación con los Mannon. Por su parte, el gran Emilio Gutiérrez Caba solventa con sus tablas un cometido forzado y ancilar.