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ABC MIÉRCOLES 22 2 2006 63 Cultura y espectáculos Onetti enciende sus obras completas Círculo publica el primer volumen de las novelas b El creador uruguayo revolucionó la novela iberoamericana en la segunda mitad del siglo XX. Desde su muerte en 1994 estaba en tierra de nadie. Ahora se salda una deuda y su obra vuelve a ver la luz ANTONIO ASTORGA MADRID. Onetti apagó su último cigarrillo el penúltimo día de mayo de 1994, en una tarde lluviosa, recostado sobre la cama, alimentándose de lecturas omnívoramente, tras haber escrito absolutamente todo durante eternas noches en una especie de ataque desenfrenado y tras haber fumado despiadadamente. Doce años después, Onetti enciende sus Obras Completas. Editadas por Círculo de Lectores- Galaxia Gutenberg, el primer tomo reúne sus primeras novelas: El pozo (1939) Tierra de nadie (1941) Para esta noche (1943) La vida breve (1950) Los adioses (1954) y un anexo: Tiempo de abrazar (1934) El segundo comprenderá: Para una tumba sin nombre (1959) La cara de la desgracia (1960) El astillero (1961) Juntacadáveres (1964) La muerte y la niña (1973) Dejemos hablar al viento (1979) Cuando entonces (1987) y Cuando ya no importe (1993) El tercero reunirá cuentos y artículos. Hortensia Campanella cuida la edición. El fabulador de la angustia Juan Carlos Onetti nació en Montevideo el 1 de julio de 1909. En 1930 se casó con su prima María Amalia Onetti, de la que se separó tres años después. En 1934 se volvió a casar: con María Julia Onetti, prima de su primera mujer. Vive a caballo entre Montevideo y Buenos Aires. Tras el estadillo de la Guerra Civil en España, intenta enrolarse en las Brigadas Internacionales, pero no es admitido. En 1945 contrae matrimonio con Elizabeth María Pekelharing, pero sería con Dorothea Muhr (Dolly) con quien compartirá el resto de su vida tras casarse, por cuarta vez, en 1955. Premio Cervantes, siempre luchó por el retorno de la democracia a su nación. Los últimos veinte años de su vida los pasó en España, tras sufrir una persecución política en su país. Murió el 30 de mayo de 1994, en Madrid, sintiendo rabia, rabia, rabia hacia la muerte adioses que él mismo envió, aún humeante la edición (1954) a su amiga Idea Vilariño con algunas erratas coregidas sobre el texto. Onetti sometió Para otra noche a una profunda revisión en 1966, con motivo de su segunda edición, para suprimir múltiples fragmentos e introducir enmiendas, correcciones y algún añadido. Una de las más lamentables experiencias que le marcaron fue su detención e internamiento, en febrero de 1974 en Montevideo, en un sanatorio psiquiátrico durante tres meses por haber participado como jurado en un premio literario de la revista Marcha concedido a El guardaespaldas un relato que glosaba la muerte de un tor- Onetti vivió recostado sobre la cama los últimos años de su vida turador y que sería censurado por la dictadura. Onetti y el resto de personas encarceladas recibieron el respaldo de escritores e instituciones de todo el mundo. A pesar de ello, no perdió la fe en el ser humano. Griposo, insomne o sordo se le apareció la hoja roja en su librillo de fumador, pero a esas alturas de la vida le importaban las pequeñas ABC Dolly, su orden Onetti nunca se ocupaba de guardar sus manuscritos. No pensaba en el futuro, ni en el valor material de las cosas. Perdió una primera versión de El pozo de 1931. Y diez años después extravió el manuscrito de Tiempo de abrazar que nunca volvió a recuperarse íntegro. Son pocos los originales de Onetti que se conservan anteriores a su matrimonio con Dorothea Muhr, Dolly, en 1955. Ella se encargará desde entonces de transcribir, primero, y pasar a limpio, después, sus textos siempre a máquina. Y de conservarlos y ordenarlos. Dolly fue su orden. Él siempre defendió el placer sensual de dibujar, una a una, las letras que componen sus textos- -cuenta Dolly Onetti- Y en muchos casos, para desesperación de los que han leído sus manuscritos y para daño de mis ojos, escribía con lápiz, con algunos de los muchos lápices que yo le afilaba y dejaba alineados sobre la mesa llena de marcas de cigarrillos que estaba en el dormitorio de la casa de la calle Gonzalo Ramírez, junto a la costa montevideana Con el grafito afilado, Onetti enmendó erratas: como en el caso de El pozo sobre el ejemplar que conservaba de la primera edición de 1939. O sobre Los cosas que formaban las grandes palabras. Confesaba que era muy triste envejecer. El amor siempre ocupó el primer lugar de sus intereses, excepto cuando se ponía a escribir. Entonces le ocurría algo: no podía escribir porque estaba enamorado. Onetti regresa a la cama, donde vivía recostado y fumaba; escribía y fabulaba la angustia. RESURRECCIÓN JUAN ÁNGEL JURISTO D e Juan Carlos Onetti, ese enorme escritor que pasó los últimos once años de su vida acostado frente a una estatua de Buda y leyendo novelas policíacas, se han contado miles de anécdotas, pero hay una, inventada o real, da lo mismo, que refleja como ninguna otra imagen la actitud del escritor ante el hombre y la vida. Deudor de Faulkner, al que adoraba, y de otros, Onetti llegó, después de alguna que otra penalidad, al domicilio del novelista norteamericano. Tímido, atisbaba los alrededores para hacerse el encontradizo. Pasó así un día, y otro, y otro, hasta que, cansado, se atrevió a llamar a la puerta. Le abrieron. Y una criada negra le dijo que lo sentía pero que el señor Faulkner estaba de viaje por Europa. Casi parece un cuento de Conrad, otro de sus maestros, otro enorme creador de personajes errantes y justos, pero después de haber leído su gran obra, La vida breve de haber asistido al tremendo espectáculo descrito en El astillero terrible metáfora del destino de América Latina, de divertirme hasta la dolorosa lágrima con ese personaje, Juntacadáveres, tan cervantino en el fondo, uno comprende que el desencuentro era algo obligado precisamente por la adoración que profesaba al creador del Condado de impronunciable nombre. Por eso, ante la noticia de la edición, ya era hora, de sus Obras Completas, me viene esa imagen que para mí tan bien le resume como escritor. Desde luego mucho más que sus bromas tan terribles y tan serias sobre su persona y otras que nos hablan más de su integridad moral. Y es justamente por lo que nos habla de los desencuentros más íntimos, de cómo uno se busca su propio destino pero no termina nunca de aceptarlo como entera responsabilidad, de los naufragios necesarios de la mente ante el sueño y la evasión, llámese ésta Santa María o morfina. Vale decir el arte, vale decir la vida.