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56 Cultura LUNES 20 2 2006 ABC El Louvre exhibe la indecencia gloriosa que Ingres soñó en su paraíso lujurioso El museo reúne 80 cuadros y 104 dibujos en una majestuosa retrospectiva b La Reunión de los Museos Nacio- CLÁSICA Grandes Intérpretes Obras de Bach, Beethoven y Schumann. Int. Grigory Sokolov, piano. Lugar: Auditorio Nacional. Madrid. nales ha puesto a disposición del Louvre los fondos nacionales y el apoyo diplomático imprescindible para conseguir numerosas obras JUAN PEDRO QUIÑONERO CORRESPONSAL PARÍS. Majestuosa retrospectiva de Jean Auguste Dominique Ingres (17801867) en el Museo del Louvre: 80 cuadros de museos nacionales, rusos y norteamericanos, 104 dibujos excepcionales, presentados en paralelo a otra exposición singular, en el Museo de Mauntauban, donde nació el pintor, consagrada a mostrar la influencia magna de Rafael en un artista romántico fascinado por la belleza carnal en todo su esplendor. La Reunión de los Museos Nacionales ha puesto a disposición del Louvre todos los fondos nacionales y el apoyo diplomático imprescindible para conseguir numerosas obras maestras dispersas en Europa y los EE. UU. El resultado es una retrospectiva deslumbrante, dividida en cinco grandes secuencias cronológicas. La etapa 1797- 1806 presenta la obra del joven provinciano llegado a París para inmortalizar a Napoleón en un cuadro celebérrimo que le trajo muchos disgustos a su autor: Napoleón I, en su trono imperial (propiedad del Louvre) fue ejecutado por la prensa de la época y perseguiría a Ingres hasta después de muerto. La primera etapa parisina culminaría con su decisivo viaje a Italia, para instalarse en la villa Médicis. Entre 1806- 1804, Ingres se consagra definitivamente como gran pintor, fascinado por el Cuatrocientos italiano y por Rafael, en particular, a quien consideraba como el más grande de los artistas de todos los tiempos. De esa época datan obras maestras famosísimas, como la Gran odalisca o su copia de la Venus de Urbino. Ingres pinta de todo, de pintura de historia Don Pedro de Toledo besando la espada de Henri IV a pintura religiosa. Pero es en Roma donde se afirma su pasión por el desnudo femenino. Un artista revolucionario De 1824 a 1834 se suceden los primeros éxitos parisinos. Entre 1834 y 1841 oscila siempre entre París y Roma. En la secuencia 1841 1855 se encuentran muchas obras impresionantes, como los retratos de la baronesa de Rothschild, la princesa de Broglie o la vizcondesa de Haussonville. Las tribulaciones políticas personales, sin embargo, aplazan el reconocimiento definitivo, que esta exposición fecha muy precisamente con la gran retrospectiva, en vida, en la parisina Exposición Universal de 1855. Artista excepcionalmente dotado, fascinado desde muy joven por el gran Ingres fue un artista excepcionalmente dotado, siempre dispuesto a copiar y volver a copiar a Rafael arte italiano de los siglos áureos, siempre dispuesto a copiar y volver a copiar a Rafael, Ingres fue calificado por Baudelaire como un artista revolucionario La voluptuosidad de sus formas y colores, su fascinación por el desnudo femenino, la indecencia gloriosa dicen los organizadores, de muchas de sus obras, fueron una fuente inagotable de fascinación, bien perdurable. Ingres fue un pintor formado en la gran tradición neoclásica, consagrado con el fin de la epopeya bonapartista y su propio destierro italiano, no siempre voluntario. La elegancia pulcra de su estilo proviene de las tradiciones francesas. La voluptuosidad encantadora de sus excesos quizá sea mucho más italiana, mediterránea, que puede llegar a percibirse con inquieta seducción en los más burgueses salones parisinos. Ingres no fue un precursor como algunos de sus antecesores y contemporáneos. Él adoraba con una pasión tan frenética a los maestros italianos que sólo aspiraba a copiar con genio propio los modelos italianos. Pudo ser un pintor bonapartista (David) o político (Declacroix) y pintó muchos cuadros de historia política, que no poseen nunca el encanto de sus retratos femeninos, sus baños turcos, sus odaliscas, sus señoras expuestas y contempladas, en solitario y en grupo, con insaciable audacia Rafael pintaba madonnas a las que daba el cuerpo de sus amantes. Ingres soñaba un paraíso lujurioso y espléndido, poblado de ninfas casi siempre desnudas, en el bosque, en el baño, o en el lecho. A POR TODAS ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE Una visitante, ante algunas de las obras de Ingres; en primer plano, su excepcional lienzo La gran odalisca AFP e cumplen ahora diez años de la primera actuación de Grigory Sokolov en el Ciclo de Grandes Intérpretes que organiza la Fundación Scherzo. Desde entonces, el pianista ruso se ha convertido en un habitual, aunque no pueda considerársele un cercano. Sokolov parece que es sólo amigo del piano, la cabeza inclinada hacia delante, la espalda curvada sobre el teclado, los hombros adelantados al cuerpo. Siempre concentrado y ensimismado, produce la impresión de enroscarse sobre el instrumento. En algo recuerda los retratos del viejo y gran pianista Anton Rubinstein, para algunos más universal que Liszt, y defensor del discutible principio según el cual interpretar la música consiste en interpretar la escritura. Ahí cabe explicar el estilo de Sokolov. Por eso cualquier obra se sitúa en una posición estrictamente personal. La imponente sonoridad, los refinadísimos contrastes, esa deslumbrante fantasía tímbrica que delata la modernidad de su ejecución fuerzan la ejecución rozando, a veces, el manierismo y siempre poniendo en juego un poder de convicción que tiene mucho que ver con los medios en juego. Su última actuación madrileña reunió a Bach, Beethoven y Schumann en un progresivo incremento de la densidad, desde la cristalina Suite francesa núm. 3 a la plena Sonata, opus 11 En todo caso con la presencia de ese característico toque eléctrico que es capaz de convertir en precisos espasmos muchos adornos. Incluso, de esa articulación exacta y nerviosa que mezclada con el sonido más lleno produce una extraña y peculiar fusión. Sokolov puede ser arbitrario y extremista ante Beethoven, capaz de un sonido irreal y de poderosos contrastes que acentúan las contradicciones que se ponen en juego en la forma sonata. Debido a ese afán personalista, Schumann tuvo una interpretación extrema y desmesurada. Sokolov se mostró excesivo en el primer movimiento, seco incluso ante lo más lírico, ofreció una lectura grotesca y salvaje de lo escrito alla burla y propuso un final descomunal. Y aun así, impresionó por el alarde técnico, por ese gusto al riesgo que alguna vez le llevó a rozar la tecla de al lado y que convierte sus actuaciones en un espectáculo para la vista y el oído. El éxito fue grande y las propinas abundantes. S