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28 Internacional LUNES 20 2 2006 ABC TROTSKISTAS NEOCON lgunos les llaman neoconservadores, pero a otros les parece que tienen mucho de trotskistas. Cuando proclaman su fe en el ascenso inexorable de la democracia absoluta y universal mientras contemplan cómo sus esfuerzos hacen la travesía de un desierto dominado por guerras, islamistas en auge, corruptos inamovibles y pistoleros de toda calaña, yo recuerdo las sabias palabras del ilustrado e ilustre reaccionario Edmund Burke a propósito de la revolución francesa: Como cualquier caballero- -decía- yo amo la libertad... Pero la libertad no es una abstracción metafísica. Y antes de dar la bienvenida a la liALBERTO bertad, me gustaría saSOTILLO ber cómo se combina con el gobierno, con la disciplina de los ejércitos, con la paz y el orden, con la moral y la religión y con las buenas maneras sociales Burke, el más inteligente de todos nosotros, los reaccionarios, no habría dudado en tildar de peligrosos revolucionarios a todos esos filósofos de despacho que diseñan metafísicos experimentos sociales, sin tomar en consideración la historia, las tradiciones y las raíces seculares sobre las que se asientan las sociedades. Se llaman neoconservadores, pero Burke no los encontraría muy diferentes de Brissot o Roland, girondinos, partidarios de la revolución universal, como Trotski. La libertad, la democracia, la justicia social son grandes y hermosas palabras que un caballero siempre debe amar, pero sin perder de vista que, en estado metafísico y absoluto suelen ser explosivas. Girondinos y trotskistas, ¡ay! siempre han sido unos perdedores. Sus quimeras se transforman en pesadillas al contacto de la realidad que desprecian. Y al final, la revolución se olvida de sueños y se conforma con retener el poder en casa. El presidente Bush no es exactamente un neocon. Antes del 11 de septiembre no era un dirigente muy interesado en política exterior. No era nada partidario de intervenciones como la de los Balcanes. Su prioridad era la construcción de un espectacular escudo antimisiles, que le permitiera probar que Estados Unidos es la primera potencia tecnológica y militar del mundo sin tener que embarcarse en aventuras exteriores. Pero, tras el 11- S, prestó una absorta atención a quienes le aconsejaron que, si había que demostrar que Estados Unidos era intocable tras ganar la guerra fría, tendría que transformar el resto del mundo en una sucursal del benigno negocio norteamericano. El fin de la historia, el reino universal de la bondad democrática, pensaban esos quimeristas hegelianos. Pero la tierra prometida no debe parecer tan cercana, cuando la propia Condoleezza Rice llamó a nuestro Moratinos para interesarse en su pía alianza de civilizaciones. Con un mensaje que diría algo así como: tenemos un problema, Houston, ¿se os ocurre algo ahí? La cúpula del poder judicial en EE. UU. ha roto el molde. Cinco de sus nueve magistrados son de confesión católica y ello genera temores sobre una escalada en la guerra cultural que el gigante americano libra consigo mismo A El Supremo se hace católico PEDRO RODRÍGUEZ. CORRESPONSAL WASHINGTON. Cuatro décadas después de que John F. Kennedy tuviera que demostrar que ser católico, romano y apostólico no suponía un acto de sumisión a poderes extranjeros incompatible con el máximo puesto ejecutivo en un país de tradición protestante, las devociones religiosas en Estados Unidos siguen dando que hablar. Esta vez, la recurrente marejada sobre creencias espirituales llega hasta el decisivo Tribunal Supremo, que por primera vez desde 1790 va a contar con una mayoría de magistrados de confesión católica. Con la confirmación en el Senado de Samuel Alito para la vacante provocada por la jubilación de Sandra Day O Connor, de los nueve jueces, cinco van a ser católicos practicantes: Alito, Anthony Kennedy, Clarence Thomas, Antonin Scalia y el magistrado- jefe John Roberts. Proporción que no se corresponde con la distribución religiosa del país, donde sólo un 25 por ciento de los ciudadanos profesa el catolicismo. Aunque estas cifras demuestran para algunos la madurez de una nación que ha superado sus antiguos prejuicios hacia los papistas no dejan de generar inquietud entre algunos sectores enfrentados en la guerra cultural que libra consigo mismo. Conflicto con explosivos frentes abiertos como el aborto, la eutanasia, los derechos matrimoniales de homosexuales y lesbianas, la pena de muerte y las relaciones entre Iglesia y Estado. Samuel A. Alito, nuevo juez del Supremo, rodeado de su familia AP El persuasivo argumento de Kennedy P. R. WASHINGTON. En 1960, John F. Kennedy viajó a Houston, la capital texana, para defender su candidatura ante un grupo de reverendos justo después de que la Convención Sureña Baptista aprobase una resolución cuestionando la viabilidad y patriotismo de un católico en la Casa Blanca: Yo no soy el candidato católico para presidente- -dijo- Yo soy el candidato del Partido Demócrata para presidente, que también es católico. Yo no hablo por mi Iglesia en cuestiones públicas y mi Iglesia no habla por mí Según JFK, si pierdo por las grandes cuestiones de esta elección, volveré a mi escaño satisfecho de que hice todo lo que pude y de que he sido juzgado en buena lid. Pero si esta elección es decidida sobre la base de que 40 millones de estadounidenses han perdido su oportunidad de ser presidentes el día de su bautizo, entonces toda la nación será perdedora ante los ojos de los católicos y no católicos de todo el mundo, ante los ojos de la historia y ante los ojos de nuestro propio pueblo ¿Sentencias conservadoras? Activistas de izquierda no ocultan sus premoniciones de que esta flamante mayoría católica en el Supremo se traduzca en sentencias conservadoras en una serie de casos decisivos que se abren camino hacia la cúpula judicial, ocupada también por otros dos magistrados judíos, un protestante y un episcopaliano. Pero no es complicado encontrar especialistas en religión y derecho contrarios a esta especie de determinismo conservador. Como han explicado académicos como el profesor Cass Sunstein, de la Universidad de Chicago, el catolicismo en Estados Unidos es una amplia carpa en términos de posiciones políticas o legales: Podríamos tener nueve católicos en el Tribunal Supremo y una enorme diversidad de pareceres hacia la ley Diversidad descrita con el peyorativo catolicismo de cafetería en referencia al carácter selectivo de los creyentes estadounidenses. De hecho, ante la misma cuestión decisiva sobre la legalidad del aborto, magistrados del Supremo como Scalia y Thomas tienen un claro historial de oposición. Mientras que Kennedy, también católico, ha respaldado la vigencia de Roe versus Wade la histórica sentencia de 1973 que legalizó el final forzado de gestaciones. Las disensiones son similares sobre la pena de muerte. Para especialistas en derecho político, la clave para analizar esta pionera mayoría católica en el Supremo no pasa tanto por cuestiones religiosas sino por la idea que cada uno de estos magistrados tiene de la Constitución y su interpretación. Sin embargo, para los activistas pendientes de las decisiones de estos nueve magistrados un factor de inquietud adicional son las recientes amenazas de la Iglesia católica en Estados Unidos de no compartir el sacramento de la comunión con políticos partidarios del aborto. En cualquier caso, el nuevo equilibrio religioso en la máxima instancia judicial de Estados Unidos también sirve para ilustrar un cambio político gradual pero significativo durante las últimas tres décadas: el éxodo de los católicos conservadores- -tradicionalmente un bastión electoral del Partido Demócrata- -a las filas del Partido Republicano y su base evangélica. Según un agudo comentario de la revista New Republic, los nuevos números del Supremo reflejan la nueva realidad del conservadurismo social en el gigante americano: Los evangélicos suministran la energía política mientras que los católicos aportan el peso intelectual