Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
32 Internacional DOMINGO 19 2 2006 ABC ISRAEL Y HAMÁS: UN PLAN PARA LA PAZ HENRY A. KISSINGER. Ex secretario de Estado norteamericano a imagen de un Ariel Sharón comatoso en un hospital israelí posee una cualidad inquietante. Está la tragedia personal de un hombre vital abatido cuando estaba a punto de remodelar la política de Israel y avanzar hacia la coexistencia con el histórico y recelado adversario. Está el patetismo del guerrero que había combatido- -en ocasiones despiadadamente- -en todas las guerras de Israel, incapacitado cuando se encontraba al borde de proclamar una drástica reevaluación de la seguridad israelí. Nunca sabremos adónde habría llevado finalmente ese camino a Sharón. Pero su personal odisea intelectual- -el espectáculo del combativo general optando por utilizar la confianza cosechada en sus batallas para animar a su pueblo a hacer sacrificios por la paz- -puede interpretarse como una metáfora de la historia de Israel, y quizá incluso de su pasado bíblico: al igual que Moisés, atisbó la tierra prometida. Aunque Sharón no llegó hasta ella, creó la posibilidad de que lo hiciera su pueblo con otros líderes. Incluso es posible que Sharón, contrariamente a su implacable trayectoria pasada, haya contribuido a definir los parámetros que un proceso de paz serio exigirá a los árabes. El proceso de paz ha asumido una voluntad recíproca de compromiso. Pero cuando más eficazmente funciona la diplomacia tradicional es cuando existe un consenso general respecto a los objetivos; una condición es que como mínimo ambos bandos acepten la legitimidad del otro, que el derecho de ambas partes a existir se dé por hecho. Entre israelíes y palestinos no se ha dado ese compromiso recíproco. Hasta el acuerdo de Oslo de 1993, Israel rehusó negociar con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) porque sus estatutos exigían la eliminación de Israel, y sus políticas incluían el recurso al terrorismo. Después de Oslo, Israel estaba dispuesto a negociar con la OLP, pero únicamente sobre la autonomía de los territorios ocupados, y no sobre la soberanía. Después de que Sharón se convirtiera en primer ministro en 2001, aceptó inesperadamente el nacimiento de un Estado palestino, primero por necesidad, y en última instancia como un requisito estratégico de Israel. Cuando cayó enfermo, se disponía a generar las condiciones para ese desenlace mediante acciones unilaterales como la retirada de Gaza. Los palestinos todavía no han realizado un ajuste comparable. Incluso declaraciones árabes relativamente conciliadoras, como la de la cumbre de Beirut en 2003, rechazan la legitimidad de Israel como algo inherente a su soberanía. Casi todos los medios de comunicación y libros de texto oficiales y semioficiales árabes presentan a Israel como un intruso ilegítimo e imperialista en la región, incluso de forma gene- L ral en Egipto, que ha firmado un acuerdo de paz con Israel. El surgimiento de Hamás como la facción dominante en Palestina no debería tratarse como una nueva ruptura radical. Hamás representa la mentalidad que ha impedido el pleno reconocimiento de la legitimidad de Israel por parte de la OLP; que impidió que Arafat aceptara en 2000 la partición de Palestina en Camp David; que generó dos Intifadas y que ha apoyado sistemáticamente el terrorismo. Una fracción excesiva del debate en el bando palestino ha versado sobre si Israel debería ser destruido inmediatamente por un enfrentamiento permanente, o por etapas, en las que unas negociaciones ocasionales servirían de armisticios. La reacción de Al Fatah ante la victoria de Hamás ha sido un intento de rebasar a este último en el aspecto radical. Sólo un reducido número de moderados ha aceptado la coexistencia. razgo de Sharón, Israel parecía dispuesto a retirarse de cerca de un 95 del territorio cisjordano, a abandonar un porcentaje significativo de los asentamientos- -muchos de ellos ubicados allí por Sharón- lo cual implicaría el traslado de decenas de miles de colonos al Israel anterior a 1967, y a compensar a los palestinos por el territorio retenido con tierra israelí. Porcentajes importantes de israelíes están dispuestos a añadir la zona árabe de Jerusalén a ese acuerdo como la capital de un Estado palestino. E É sa es la razón de que, hasta ahora, incluso los aparentes compromisos sólo fueran alcanzables mediante acrobacias verbales. El tratamiento del problema de los refugiados en la denominada Hoja de Ruta es un buen ejemplo. Ésta insta a alcanzar un acuerdo pactado, justo, imparcial y realista Para los palestinos, imparcial y justo significa un retorno de los refugiados a todas la zonas de la antigua Palestina, incluido el actual territorio de Israel, y de ese modo lo inundarían. Para los israelíes, la frase implica que los refugiados que regresen deberían asentarse sólo en territorio palestino. El advenimiento de Hamás nos lleva a un punto en el que nos vemos obligados a dar al proceso de paz cierta coherencia con las condiciones sobre el terreno. El viejo esquema según el cual las elecciones palestinas devengarían un socio laico moderado no se puede aplicar con Hamás en un futuro inmediato. Lo que se necesita de Hamás es una evolución comparable a la de Sharón. Durante gran parte de su carrera, el objetivo estratégico de Sharón fue la anexión de Cisjordania a Israel mediante una política de asentamientos diseñada para impedir el autogobierno palestino en una parte importante de los territorios contiguos. En su infatigable búsqueda de ese objetivo, Sharón se convirtió en un personaje conocido en sus frecuentes visitas a Estados Unidos con mapas de su concepto estratégico enrollados bajo el brazo para informar a sus interlocutores. En etapas posteriores de su vida, Sharón, junto con un creciente número de compatriotas suyos, llegó a la conclusión de que dominar Cisjordania deformaría el objetivo histórico de Israel. En lugar de crear una patria judía, con el tiempo la población judía pasaría a ser minoría. La coexistencia de dos Estados en territorio palestino se había convertido en una necesidad forzosa. Bajo el lide- l progreso se ha visto impedido en gran medida por la rígida insistencia en las fronteras de 1967 y en la cuestión de los refugiados, en ambos casos condiciones previas imposibles de cumplir. Las fronteras de 1967 se establecieron como líneas de demarcación del alto el fuego de 1948. En aquel momento, ni un solo Estado árabe aceptaba la legitimidad de Israel ni estaba dispuesto a tratar las líneas divisorias como una frontera internacional. Un regreso a los límites literales de 1967 y el abandono de los asentamientos próximos a Jerusalén supondría tal trauma psicológico para Israel que pondría en peligro su supervivencia. El desenlace más lógico sería intercambiar los bloques de asentamientos que rodean Jerusalén- -una reivindicación que el presidente Bush medio ha aprobado- -por territorios equivalentes del actual Israel con una población árabe importante. El rechazo a ese planteamiento, que contribuiría a la estabilidad y al equilibrio demográfico, refleja una determinación por mantener las cuestiones turbulentas abiertas. Hasta el momento, Hamás no ha mostrado ambigüedad alguna respecto a sus intenciones. Por tanto, una negociación seria y exhaustiva es imposible a menos que Hamás atraviese el mismo Rubicón conceptual que Sharón. Y, como en el caso de Sharón, puede que eso no ocurra hasta que Hamás se convenza de que no existe alternativa, una tarea más ardua, ya que la visión de Sharón es laica, mientras que la de Hamás se ve alimentada por la convicción religiosa. Con el tiempo, Hamás tal vez acepte la coexistencia institucionalizada. En principio, existen múltiples argumentos a favor de una negociación exhausti- va, sobre todo si Estados Unidos representa un papel destacado y si otros miembros del Cuarteto, Naciones Unidas, Europa y Rusia, que redactaron el borrador de la Hoja de Ruta, aprecian los límites externos de la flexibilidad. Por encima de todo, exige un liderazgo palestino que vaya más allá de lo visto hasta el momento y una voluntad por parte de los árabes moderados de hacer frente a su sector radical y de asumir la responsabilidad de encontrar una solución laica moderada. El peligro de unas negociaciones sobre el estatuto definitivo es que, en ausencia de un pacto previo firme entre el Cuarteto, puedan fundirse en un esfuerzo por imponer a Israel condiciones incompatibles con su seguridad a largo plazo y que no concuerden con los parámetros establecidos por Clinton en Camp David y en su discurso de enero de 2001, y por el Bush en su carta a Sharón de abril de 2004. En la coyuntura actual, lo más probable es que unas negociaciones sobre el estatuto definitivo se estancaran en el desafío subyacente antes descrito: ¿lo consideran las partes un paso más hacia la coexistencia o lo ven como una etapa hacia la victoria final? ¿I Un regreso a las fronteras de 1967 y el abandono de las colonias supondría tal trauma psicológico para Israel que pondría en peligro su supervivencia Una negociación seria y exhaustiva es imposible a menos que Hamás atraviese el mismo Rubicón conceptual que Ariel Sharón mplica esto el final de toda diplomacia? Ocurra lo que ocurra y gobierne quien gobierne Israel y la Autoridad Palestina, ambas partes actuarán conjuntamente en una variedad de cuestiones, como los pasos fronterizos, los permisos de trabajo y el uso del agua. Se podrían encajar estas relaciones de facto en un marco internacional acordado y, de paso, poner a prueba las afirmaciones de Hamás respecto a su voluntad de debatir una tregua. Un posible resultado de esa iniciativa podría ser un acuerdo provisional de duración indefinida. Ambos bandos postergarían algunas de sus reivindicaciones más abstrusas respecto a las fronteras permanentes, los refugiados y quizá el estatuto final de la zona árabe de Jerusalén. Israel se retiraría a unas fronteras basadas en las diversas fórmulas desarrolladas desde Camp David y aprobadas por los presidentes estadounidenses. Desmantelaría los asentamientos que se hallen más allá de la línea divisoria establecida. El Gobierno de Hamás estaría obligado a renunciar a la violencia. También tendría que aceptar la adhesión a acuerdos alcanzados previamente por la OLP. Se instauraría un sistema de seguridad que limitara las Fuerzas militares en el nuevo Estado palestino. La propaganda fomentada por el Estado para debilitar al adversario cesaría. Este acuerdo provisional a largo plazo estaría basado en el precedente del pacto de retirada entre Israel y Siria, que ha regulado el despliegue de fuerzas en los Altos del Golán desde 1974 en medio de las disputas sobre muchas otras cuestiones y la negativa de Siria a reconocer a Israel. El que Hamás se resigne a ese resultado o a cualquier desenlace negociado depende de la unidad del Cuarteto y crucialmente del mundo árabe moderado. También está por ver si el Gobierno israelí que surja de las elecciones del 28 de marzo tendrá el prestigio y la autoridad para preservar la estrategia de Sharón, con la que el primer ministro interino, Ehud Olmert, se ha comprometido.