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ABC DOMINGO 19 2 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA VENCEDORES Y VENCIDOS D EL PADRE DEL PRIMO DE ZUMOSOL H UBIERA sido eso, el padre del primo de Zumosol. Nuestro tío de Zumosol. Pero desde mucho antes era el tío de la leche. Siempre mantuve que Tomás Pascual, como su mismo nombre indicaba, era la leche. Si no inventó la leche deshuesada, o la leche pantalla total, o la leche con cinco puertas y cierre centralizado fue porque no se lo propuso o porque tras una prospección comprobó que no era comercial. Si no, la fabrica. ¡Vamos que si la fabrica! Sabía tanto de vacas que a la leche no le entró el cuerpo en caja (en caja de cartón del tetrabrick) hasta que llegó él. Incluso cambió la paremiología. Por su innovación dejó de tener vigencia lo de blanca y en botella La hizo blanca y en cartón. Un cartón, por cierto, donde a Tomás Pascual le gustaba poner más figuritas que en el tatuado brazo de un legionario y más tonterías que en un mueble- bar. Como no alardeaba de ANTONIO nada para sí, dejaba todo el roneo de BURGOS honores para el cartón de su leche, poniéndole todos los títulos de grandeza comercial de la Unión Europea y todos los premios habidos y por haber. Tomás Pascual empezó como un millonario americano y ha muerto como un empresario español. Empezó como un millonario americano no porque comenzara repartiendo periódicos, porque aquí se lee muy poco y menos en la Castilla profunda. Los millonarios españoles no empiezan vendiendo periódicos; más bien terminan comprándolos para tener más poder, cuando ya están forretas podridos. Tomás Pascual empezó a la americana, de bicicletilla, pero vendiendo bocadillos, repartiendo género por los ultramarinos. Era de los que no saben hacer otra cosa que trabajar. De la estirpe de Ramón Areces y del viejo Lara. Y como Areces y Lara sabía que sin publicidad no se podía vivir en este mundo de competencia. Areces inventó una estación publicitaria del año: cuando ya es primavera en el Cortinglés. Lara creó el premio Planeta no para descubrir novelistas, sino lectores con su publicidad gratuita. Tomás Pascual consiguió que el primo de Zumosol fuera de nuestra familia. No sé si era un genio de la leche y los zumos o un genio de la publicidad. O ambas cosas. Por ejemplo: ¿de quién era Protagonistas? ¿De Luis del Olmo o de leche Pascual? ¿Qué hubiera sido de la radio post 23- F sin los desayunos de Pascual? Pascual, con su publicidad en la radio, enseñó a desayunar a esta España del café bebido. Y ha muerto Tomás Pascual como un empresario español: dando el callo hasta última hora. Es otra diferencia con los millonarios americanos. En Estados Unidos, al que metió la leche en un cartón le hubiera bastado sólo eso para ir de Rey de la Leche Desnatada y pegarse la gran vida. Se hubiera retirado a un casoplón en las Bahamas. España, aunque sea monárquica, no admite estos reinados comerciales. Aquí, como pierdas comba en tu negocio y le quites el ojo de encima para ponérselo a las mulatas caribeñas, eres hombre al agua. En esta España de las envidias, donde nada se perdona y mucho menos el éxito, los empresarios sólo pueden morir de dos maneras: o con las botas puestas o arruinados. Tomás Pascual ha sido de los primeros. Tan buen vendedor era, tan comerciante, tan buen anunciante, que cuando lo mencionaba en un artículo o citaba a Bush como el primo de Zumosol de Aznar, tenía la seguridad de que si llamaban a mi puerta a las diez de la mañana era el lechero, con un paquetón de parte de Tomás Pascual. Un generoso lote de sus productos, con una carta. En ella, dos frases de agradecimiento, cariñosas y sentidas. Y luego, cuatro párrafos así de largos, márquetin puro, para explicarme que junto con la leche, la mantequilla, el agua de Bezoya, la bebida de soja, el Zumosol y los yogures sin nevera me enviaba un néctar nuevo de naranja exprimido en mi tierra andaluza, en Palma del Río, que en cuanto lo probara iba a comprobar que era lo mismito que él: la leche. E repente todo el mundo se ha puesto a hablar de vencedores y vencidos en torno al terrorismo, como si tratase de una guerra que está a punto de acabar. Pero ni es una guerra ni tiene final previsto, por muchos tanteos y guiños que estén cruzándose el Gobierno y los terroristas, y si lo llegase a tener sería bastante probable que no se pareciera en casi nada a lo que en este momento somos capaces de imaginar. De modo que euforias las justas, por favor, que aquí no se ha rendido nadie todavía y ni siquiera se ha dejado de oír el eco de las bombas por debajo de la alharaca propagandística del optimismo antropológico. Vencedores y venciIGNACIO dos se llamaba cierta peCAMACHO lícula que dirigió Stanley Kramer en 1961. Trata del juicio de Nuremberg, el implacable punto final al Holocausto, y hay en ella una escalofriante secuencia que muestra el testimonio ante el tribunal de un judío castrado por los nazis en su siniestra orgía de experimentos con cobayas humanas. Son diez minutitos de nada. Diez minutos en los que la mirada atormentada del gran Monty Clift dibuja con estremecedora emoción el paisaje devastado del dolor de las víctimas. Un rato de conmovedora congoja en la que el espectador recibe el más pesimista de los mensajes: que ni siquiera la justicia en su grado más estricto puede reparar el sufrimiento irremediable de quienes ya han padecido la degradación de su dignidad. Conviene por tanto recordar que lo importante de estas horas presuntamente cruciales no es la posición de dominancia política de cada cual, sino el horizonte moral de una sociedad amenazada que lleva años afligida por una agresión unilateral y por una violencia desatada con la intención de someter al Estado al dicterio de la sinrazón. Que no estamos ante un debate sobre los impuestos o la educación, ni ante una confrontación electoral, sino ante las encrucijadas esenciales de la vida y de la muerte, de la justicia y la injusticia. Y que más allá de cualquier horizonte de conveniencia quedan las heridas causadas por el horror, las secuelas de una verdadera mutilación civil que ha amputado órganos esenciales para el funcionamiento de la convivencia colectiva. Vayamos con tiento, pues. Tan legítimo es el deseo de paz como el anhelo de firmeza. Tan loable resulta la voluntad de acabar con la angustia como lícito el resentimiento ante la posibilidad de un premio para quienes la han causado. Tan cabal la disposición a ceder un poco para obtener mucho como razonable la aspiración de conservar el honor después de haber perdido la vida. Tan generoso perdonar como necesario merecer el perdón. Lo único que no se puede hacer es olvidar. Olvidar por qué hemos llegado hasta aquí, cuánto ha costado, cómo hemos sufrido y, sobre todo, para qué ha sido derramada una sangre que ya no se puede recoger más que en el depósito de la memoria. Cualquier cosa vale menos pisotearla.