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ABC SÁBADO 18 2 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC MIHURA Y LA OTRA GENERACIÓN DEL 27 En realidad, todo el contenido y la orientación de La Ametralladora y luego de La Codorniz fueron como una réplica a los convencionalismos sociales y políticos al uso... OR fin, el centenario de Miguel Mihura ha culminado con la aparición de una obra definitiva: me refiero al libro La otra generación del 27 que en dos volúmenes espléndidos está ya en nuestras librerías. Su autor, Emilio González Grano de Oro, es entrañable amigo mío desde nuestra lejana infancia: su obra ha evocado para mí los contrastes de una época que ya es historia. Nos conocimos, Emilio y yo, en las aulas del Instituto de Segunda Enseñanza, de Melilla, cuando cursábamos el tercer año del bachillerato, allá en el bienio 34- 35, y nos acercó, desde el principio, un amplio cúmulo de afinidades, entre las que destacaba muy especialmente la afición al cine, a la buena literatura y al arte (la pintura sobre todo) En el prólogo de este libro he referido nuestra común apertura al nuevo humor -el humor del absurdo- -que estaba naciendo en aquellos días, y que se nos reveló en los cortos de García Maroto- Una de fieras Una de miedo Y ahora, una de ladrones y luego en el inolvidable largo La hija del penal Que fuéramos tan receptivos a este nuevo sesgo de la comicidad, que tropezaba con la incomprensión generalizada para los miembros de la generación anterior, fieles a la tradición de Muñoz Seca, Arniches, Fernández de Sevilla, Paso- -tradición muy elogiable por cierto, ya que también aquellos grandes dramaturgos habían roto moldes- se debió al hecho- -mucho más pronunciado en González Grano de Oro que en mí- -de que pronto se convirtió en fórmula para nuestras relaciones de amistad. Y es que él era, por sí mismo, fuente de este humor que supuso, muy pronto, la mejor evasión respecto a la atmósfera cada vez más cargada y turbia que precedió al estallido- -precisamente en Melilla- -de nuestra dolorosísima Guerra Civil. P Emilio, su extraordinario sentido del humor, su alegría natural, que me permitían relativizar mis experiencias más amargas. Ambos hallamos por entonces cauce de evasión, frente a la conflictividad y el fundamentalismo ambiental, en el nuevo humor vertido por entonces en una revista que fue el antecedente directo de La Codorniz: esto es, La Ametralladora, algo así como la réplica irónica al hinchado fundamentalismo retórico presente en la prensa, en la radio, en los discursos y manifestaciones que nos ahogaban por entonces. Debo añadir que era asimismo para nosotros una lectura liberadora la obra- -hoy tan injustamente olvidada- -de Wenceslao Fernández Flórez. Porque tanto Fernández Flórez como el Mihura de La Ametralladora tenían la clave de su humor en la agudeza para subrayar el reverso ridículo de cuanto se presentaba como intocable dogma social o patriótico. Mi colega académico y admirado amigo Gonzalo Menéndez Pidal me dijo en cierta ocasión- -precisamente a propósito de un artículo de Emilio González Grano de Oro publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia- -que en La Codorniz se había escrito la verdadera historia de España. Entiéndase, que a través del reverso caricaturesco e irónico de las glosas codornicesas quedaba siempre al descubierto la realidad de fondo poniendo en solfa lo que he llamado fundamentalismo retórico. na que otra vez aquella se descargaba sobre la revista cuando ésta se pasaba desaforadamente de la raya. Pero en realidad, todo el contenido y la orientación de La Ametralladora, y luego de La Codorniz, fueron como una réplica a los convencionalismos sociales y políticos al uso: desde la educación tradicional- -en la imagen del pundoronoso niño Juanito a los heroísmos de cartel, en uno y otro campo- porque a dos vertientes cabía leer aquel delicioso serial El miliciano Remigio pa la guerra es un prodigio Más asombroso era que pudiese pasar sin duro correctivo cierta extraordinaria portada de La Codorniz en que aparecía una bota destrozada por la que asomaba el dedo de un pie con la siguiente leyenda explicativa: Uña, grande y libre P L o curioso es que la severa censura de la época no advirtiese esta realidad, tan nociva para la línea política al uso. Cierto que algu- ebo proclamar aquí que si algo me salvó del absoluto hundimiento en unos días que fueron trágicos para mí y para mi familia, ese algo fue sin duda la amistad de Emilio. Piénsese que en aquellas circunstancias, las de una retaguardia llena de pasión y dureza, el hecho de que yo, por muy niño que fuera- -andaba por los doce años de edad- -estuviese marcado, aunque injustísimamente, como maldito implicaba un cierto ostracismo social; de pronto, me había convertido en un apestado; incluso los profesores que me habían distinguido hasta entonces se esforzaban por ignorarme o por obstaculizar mi camino- -aunque hubiese también alguna excepción que nunca olvidaré- de forma más o menos explícita, se me hacía el vacío. La amistad de D ues bien, este humor liberador sería el cauce de expresión que con más ingenua intencionalidad encarnó, antes y después, Emilio González Grano de Oro. Su humor creó un círculo de adeptos en la Universidad de Madrid, ya terminado el conflicto bélico, y se entiende que desde entonces empezase a tomar cuerpo su seguimiento formal de la personalidad y la obra escrita de Tono y Mihura- -también de Gómez de la Serna, y de Jardiel, por supuesto- No voy a referirme aquí a la brillante trayectoria profesional de González Grano de Oro, desarrollada una vez terminados sus estudios, en un clima tan alejado del nuestro como la Universidad de Toronto, en Canadá, donde por lo demás daría el paso más acertado de su vida, la boda con su colega entonces, Inés: modelo de gentileza, de discreción y de prudencia. Sí he de subrayar el hecho de que Emilio no abandonase nunca su vocación radical: el estudio y el seguimiento de una generación literaria, la del humor del absurdo; una vocación que ha culminado en estos dos espléndidos volúmenes dedicados a la otra generación del 27 En el año que acabamos de dejar atrás, centenario de Mihura, han aparecido libros y estudios muy meritorios sobre el tema. Pero sólo él, dada su compenetración- -su identificación- -con cuanto es y significó en nuestra vida no sólo cultural sino también política, desde fecha muy temprana, la otra generación del 27 podía escribir la obra definitiva sobre el tema. Eso es lo que significan estos dos espléndidos volúmenes que estoy seguro de que harán época. CARLOS SECO SERRANO de la Real Academia de la Historia