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ABC MARTES 14 2 2006 Cultura 61 Dicen que Una canción me trajo aquí pero no es cierto, porque son alrededor de setenta (es fácil perder la cuenta) las que anoche ofrecieron en el Teatro Gran Vía. Hasta el sábado, la canción (las canciones) siguen en el mismo sitio CLÁSICA Temporada OCNE Obras de Beethoven, Liszt, Aracil (estreno) y Scriabin. Intérpretes: G. López Laguna, piano. Coro y Orquesta Nacionales de España. Director: J. Pons. Lugar: Auditorio Nacional, Madrid Víctor Manuel y Ana Belén abren un repleto baúl de los recuerdos TEXTO: MANUEL DE LA FUENTE FOTO: EFE EL SÍMBOLO ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE MADRID. Puede parecer mentira, pero Ana Belén y Víctor Manuel no habían actuado nunca juntos en un teatro madrileño. Juntos, sí, pero no en un teatro. Y no iban a dejar pasar esta ocasión de reencontrarse con el pueblo y también, como suele ser habitual en estas citas, con tantos compañeros de viaje humano, artístico y sentimental. Viaje que la pareja resume en Una canción me trajo aquí el espectáculo que estrenaron en junio en Segovia y que luego ofrecieron a finales de septiembre en el Anfiteatro de Mérida, actuación que se ha recogido en un CD DVD recién editado. El regreso, a teatro lleno, claro. Un teatro por cierto, el Gran Vía, que, como explicaba la propia cantante hace unos días y como repitió anoche, guarda una valor sentimental muy especial para mí, porque aquí, acompañada por José Luis Pécker, presenté Zampo y yo mi primera película De eso, digamos que hace cuarenta años, digamos que todavía muchos la llamaban Maripili y digamos también que en el colegio era la señorita Pilar Cuesta Acosta. Pero, volvamos al presente, que vale la pena. En este regreso, la madrileña (tiene algo de Manuela Malasaña esta mujer de Lavapiés, bella y seductora como siempre) y el asturiano (un sosote entrañable que estuvo valiente a pesar de una faringitis traidora) no han reparado en gastos. En total, alrededor de sesenta canciones o más (llega a perderse la cuenta, incluso alguna sobra) Ana Belén, en un momento del concierto de Madrid componen el espectáculo que, dirigido por José Carlos Plaza, un viejo amigo y colaborador de la pareja, se divide, cronológicamente, en cuatro bloques. Para los americanos sería un gran medley, para nosotros es un gigantesco popurrí que intenta contentar los gustos de todos los aficionados. Esbozos, retales, estribillos, pasajes, por allí desfilan (tras abrirse La muralla evidentemente) todas las piezas que ustedes se imaginan, e incluso más, porque este es un espectáculo sobrado de etcéteras. Un par de pantallas de vídeo acompañan las idas y venidas de la pareja por el escenario, acompañados por un grupo que funciona como un reloj y que hace girar las manecillas del tiempo al antojo de Ana y Víctor mientras abren el baúl de los recuerdos (a veces parece el de la Piquer de tanto como apabulla la cantidad de género) década va, década viene, para acabar dándole la razón a Ana cuando explicaba que las canciones son como las cerezas, tiras de una y arrastras otra Exacto, las de esta pareja continúan siendo muy sabrosas. CLÁSICA Sinfónica de RTVE Obras de E. Pérez Maseda, R. Strauss y R. Schumann. Intérpretes: Orquesta Sinfónica de RTVE. Director: Lorenzo Ramos. Solista: Salvador Barberá (Oboe) Lugar: Teatro Monumental, Madrid RAMOS EN EL MONUMENTAL ANTONIO IGLESIAS l título de esta nota responde a un seguimiento de la batuta in crescendo del joven Lorenzo Ramos, quien, tras los coros- -fue titular del Nacional durante dos años- sin dejar de mirar hacia la orquesta en ocasiones, parece alcanzar su meta, perseguida por tantos, de ocupar el podio de una de las más encopetadas colectividades sinfónicas, la de la RTVE, E en un concierto de temporada, lleno como es habitual y con un público que le ovacionó en las tres páginas programadas y, curiosamente, en la más arriesgada de ellas, la Renana de Robert Schumann, redobladas sus manifestaciones de contento. Y en entera justicia, porque es una composición tan erizada de problemas como para que todo un Ataúlfo Argenta meditara no poco antes de situarla en su atril direccional. La obra, romántica por excelencia, denotó haber sido estudiada y construída con Ramos con un buen criterio interpretativo, lográndose la grave elegancia de su tiempo tercero y- -lo mejor de la tarde- -con unos profesores entregados, la equilibrada confrontación de esplendores e intimismos cuando el cuarto, por ejemplo. Nada que decir sino parabienes acerca de la colaboración prestada al solista Salvador Barberá en el Concerto para oboe y pequeña orquesta de Richard Strauss, filigranas de un rococó que no deja de traslucir la fuerte personalidad straussiana: mimbre de la plantilla sinfónica de la RTVE, Salvador Barberá supuso la más brillante representación de sus valores, por sonido, seguridad y hermoso cantabile de su andante hondo decir de un romanticismo que se extinguía. La sesión se inició con el estreno de Love disarming time del madrileño Eduardo Pérez Maseda, nacida en la contemplación de un grupo escultórico (en la Sala de Instrumentos Musicales del Ashmolean Museum inglés) que el compositor quiso traducir desde la belleza, el amor, la decrepitud, la muerte y el tiempo, en un brillante cuadro que, apartándose de un reflejo descriptivo, nos da en su cuarto de hora de duración, una bien organizada composición cuyas máximas tensiones se nos dan en la cuerda, imperando el desgarro y la acritud en un atratado elocuente del a disonancia. El éxito lo compartió Pérez Maseda desde el escenario. a Orquesta Nacional ha propuesto para esta semana un programa bien argumentado. La música y el mito que durante el curso da forma a varios conciertos de la temporada, ha tropezado con Prometeo y, en consecuencia, ha reunido a Beethoven, a Liszt, a Scriabin y a Alfredo Aracil, autor de un nuevo encargo Ocne estrenado para la ocasión. Al veterano compositor madrileño le han situado ante un pie forzado que él ha resuelto con una obra para gran orquesta titulada Epitafio de Prometeo Pero nada de esto ha incomodado a Aracil. Él mismo gusta plegarse a mil argumentos y relaciones de rango intelectual antes de acercarse al papel pautado. Su música, y esta obra así lo reafirma, brota desde el sometimiento. Fiel a su más característico estilo, Aracil condiciona la inspiración, entendida desde su lado más libertario, al entretejido de conceptos que se materializan en una escritura en la que se adivina el esfuerzo de cada nota, el rigor en los matices y la voluntad de no dejar nada al azar. Pero al margen de cualquier razonamiento, Aracil siempre encuentra la posibilidad de poder jugar con su música de mínimos. En el Epitafio de Prometeo lo hace a partir de unos acordes iniciales que se emiten con contundencia pero que paradójicamente son sólo una puerta para un transcurso quedo, un desarrollo en el que el símbolo acaba por rendirse al estilo. Por eso, es en esa planicie central, en la que todo parece girar sobre sí mismo, donde mejor se reconoce al autor. Ahí la aparente homogeneidad del entramado adquiere un tono más abstracto, difuso, falsamente desenvuelto, amable al oído más dispuesto a olvidar cualquier tesis. Como todas las suyas, esta es también una música difícil pues pese a su disciplina y contención sonará con más convencimiento cuando los intérpretes fuercen lo expresivo y, de alguna manera, sean infieles a la letra. Alrededor de Aracil se oyeron el resto de obras del programa. Prometeos trazados a través de un amplio arco temporal y todos necesitados de una energía interior que Josep Pons transmutó en un espeso transcurrir en el caso de Beethoven y sus Criaturas en vuelo rasante ante el poema sinfónico de Liszt, y en tibia propuesta para el de Scriabin, aquí arropando la cuidadosa intervención solista del pianista Gerardo López Laguna. L