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ABC MARTES 14 2 2006 Madrid 41 Uno de cada seis fumadores madrileños quiere dejar el tabaco en un mes El 30 de los consumidores habituales ya lo ha intentado, pero sin éxito b Un tercio de la población fuma. MADRID AL DÍA PARIPÉ LUIS PRADOS DE LA PLAZA La adicción, aunque menos extendida, sigue causando estragos. Para los fieles a la nicotina, lo habitual es fumar, al menos, 20 pitillos SARAH ALLER MADRID. Mientras los gobiernos central y autonómico siguen en liza por la aplicación de la ley antitabaco, los madrileños siguen fieles a su particular batalla contra los cigarros y mantienen la tendencia de los últimos años: abandonar poco a poco el vicio y sortear, cada uno como puede, las recaídas. Así lo reflejan los últimos datos de la Consejería de Sanidad, que dejan claro que el tabaco sigue siendo un problema de salud de primer orden, menos numeroso que antes, pero del que no se sale fácilmente. En este informe sobre hábitos de salud de la población adulta- -entre 18 y 64 años- -salen a la luz, por ejemplo, los propósitos de enmienda de muchos fumadores. Se haga realidad o no, lo cierto es que uno de cada seis madrileños encuestados- -el 15,7 por ciento del total- -quiere dejar el tabaco en cuestión de un mes. El plazo, desde luego, es breve, y no todos los que quieren dejarlo son tan valientes como para hacerlo en treinta días. Por eso, otro 18 por ciento afirma que lo hará en los próximos seis meses, tiempo suficiente- -y también peligroso- -como para tomar la decisión con calma En los hombres, el consumo ha descendido más de un 15 por ciento ABC Consumo de tabaco Ex fumadores 20,2 Fumadores no diarios 2,7 -De los fumadores diarios, el 41 consume más de 20 cigarrillos al día- Del total de fumadores, un 15,7 está pensando en dejar de fumar en un mes- Un 18 de los adictos a la nicotina piensa abandonar el hábito en los próximos 6 meses No fumadores 43,5 Fumadores diarios 33,6 -El 30 de los fumadores diarios ha realizado un intento serio de dejarlo el último año El 20,2 por ciento abandonó el vicio Unas veces porque se posterga demasiado la idea y otras porque no se está plenamente convencido, la realidad es que ese objetivo de dejar de fumar no siempre se logra. Y si no, que se lo digan a uno de cada tres fumadores habituales, que intentó a lo largo del año dejar el tabaco y no pudo. Representan el 30 por ciento de los adictos a la nicotina que, en muchas ocasiones, consumen más de veinte cigarrillos al día. La última encuesta de Sanidad, que fue realizada en 2004 entre ciudadanos de toda la región, y que se hizo pública ayer, trata de hacer además una radiografía de este hábito, tan extendido como difícil de abandonar. Así, el documento concluye que el 56,5 por ciento de los entrevistados reconoce haber fumado más de cien cigarrillos en su vida, frente al 43,5 por ciento que se declaran como no fumadores. En total, más de un tercio de los madrileños fuma actualmente y, de todos ellos, el 33,6 por ciento lo hace a diario. En este último grupo, que engloba a los adictos habituales, también hay distinciones, sobre todo si se tienen en cuentan los cigarrillos que caen al día. Si han sido sinceros en sus encuestas, un 41 por ciento de los madrileños que fuma todos los días re- Fuente: Consejería de Sanidad (2004) conoce hacer un consumo excesivo, de 20 o más pitillos. En la otra cara de la moneda se sitúan aquellos ciudadanos que han conseguido dejar el hábito. Representan algo más del 20 por ciento de la población encuestada y pueden decir con orgullo que llevan al menos seis meses sin echar una calada. En cuanto a la evolución del consu- mo, la tendencia sigue siendo a la baja. En las mujeres, ha descendido un 7,4 por ciento en dos años. En los hombres, el rechazo a la nicotina empezó antes, en la década de los ochenta, y se mantiene, hasta reducir la prevalencia un 15,6 por ciento. Los jóvenes, que fuman menos que en otras décadas, tienen algo que ver, dicen, en estas cifras. i la Ley de Capitalidad no existe (porque la mayoría de los responsables políticos se negaron durante más de dos décadas a cumplir con su deber y, ahora, ni siquiera oficialmente han sido capaces de llamarla así) cuesta trabajo entender que el señor alcalde se haya acercado hasta el Palacio de la Moncloa para hacerse perdonar, no sé de qué, y posar en unión y compaña con la sonrisa del deber cumplido. Un brindis a las necesidades estadísticas del presidente del Gobierno, se conoce, que anda de trapicheos bajo el paripé (fingimiento, simulación o acto hipócrita) de su gran preocupación por los asuntos abusos tan graves del estatuto y el terrorismo... Este febrero loco nos ofrece de nuevo la explosión plena del paripé (del caló, cambio, trueque) y tengo la impresión de que el alcalde de Madrid se ha dejado engaritar como aquellos niños- bien que a la hora de ensayar el negocio de los cambios de cromos se dejaban en la transacción los más nuevos y difíciles, mientras se quedaban con los viejos tan repetidos que juntaban los golfillos del barrio para poder endilgárselos a las inocentes criaturas que no habían pensado jamás en el timo del tocomocho, ya inventado. Como estoy bien seguro de que nuestro alcalde no pertenece a ese tipo de inocente criatura ni siquiera en asuntos del teje- maneje (no me atrevo a decir lo mismo de la mayoría de su corte municipal que le organiza tantos líos a la semana) me inclino por la instalación megalómana que preside casi toda la actividad de la Casa de la Villa, partidaria de los golpes estadísticos aplicables a las otras acepciones coloquiales del paripé (darse tono, presumir) a través de lo cual intentan convencernos de que cortar acacias es un deporte sano, llenar de bolardos y videocámaras las calles es cuidar de la seguridad ciudadana, alardear de furia obsesiva (multa y cobro) es arreglar la circulación de vehículos, improvisar resulta rentable, lo mismo que insistir en los cuidados del aire, el agua que se ahorra, las aperturas de informes, solemnes promesas, paripé tras paripé... Normales obligaciones de cada día, convertidas en alborotos festivos para que los madrileños se sientan agradecidos: desde la píldora del día después hasta la última zanja escondida... Dar por buenas las explicaciones del incendio del Windsor (nadie tuvo la culpa, fue una cosa que tenía que pasar y pasó) resulta casi delirante. Con la Ley de Capitalidad, fuera bromas: ni admite ni consiente el paripé. S