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ABC MARTES 14 2 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC VENGANZA, JUSTICIA, PERDÓN El Gobierno no puede pagar por el cese del terror ningún precio que vaya más allá de lo que permiten las leyes. En ningún caso, el dolor de las víctimas puede cotizar en el mercado de la negociación política... YER comenzó en Valencia el III Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo, con la justa presencia de los Príncipes de Asturias y la lamentable y significativa ausencia del presidente del Gobierno. El terror exhibe lo peor de la condición humana, pero el dolor que provoca permite también avistar lo que de mejor hay en el hombre. Así lo expresó el psiquiatra Viktor Frankl, superviviente de Auschwitz: La Historia nos brindó la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Quién es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que inventó las cámaras de gas, pero también es el ser que entró en ellas con paso firme y musitando una oración El hombre es el ser capaz de asestar un tiro en la nuca o hacer saltar por los aires cadáveres infantiles, y es también el ser que puede perdonar a los criminales y rezar por ellos. A y sus portavoces, el Ejecutivo ha operado un giro radical en la lucha contra el terror, y encima ha modificado lo que estaba funcionando bien, muy bien. urante los tres últimos años, no sólo dos, no ha habido atentados mortales. El Gobierno ha marginado al PP (el presidente del Gobierno ha reconocido que oculta información a la oposición) ha destituido al fiscal Fungairiño; el PSOE cambió radicalmente su política en el País Vasco con la sustitución de Nicolás Redondo por Patxi López; la Fiscalía aventura interpretaciones semejantes a las que proponen los abogados de los etarras y se avecinan excarcelaciones; el Gobierno legalizó al Partido Comunista de las Tierras Vascas, lo que ha permitido que ETA reciba financiación pública y vuelva a las instituciones. Pero, sobre todo, el Gobierno ha alentado las sospechas de la existencia de una negociación con ETA, previa al abandono del crimen, como consecuencia, entre otras cosas, de la autorización solicitada al Congreso de los Diputados. Se desemboca así en la verdadera cuestión. Lo decisivo no es sólo el final de ETA, sino la forma de llegar a ese final. No es lícito querer sólo el final de ETA y a cualquier precio y mediante cualquier procedimiento. Una vez más en política, como en todo, no son los fines los que justifican los medios sino éstos los que justifican a aquéllos. Una cosa es que ETA sea derrotada por la acción legal del Estado de Derecho, y otra radicalmente distinta que deje de asesinar como consecuencia del logro de sus principales reivindicaciones y objetivos. Por lo demás, la banda terrorista no deja lugar a dudas sobre su condición para el cese del terror: la autodeterminación del País Vasco, es decir, la destrucción de la unidad nacional y, con D ella, la defunción de la Constitución. Como acaba de recordar el Defensor del Pueblo, el único fin posible para ETA es la derrota, con vencedores y vencidos. Lo demás es un agravio a la justicia y una afrenta a las víctimas. Si los terroristas obtienen beneficios políticos (no eventuales y legales medidas de gracia después de su derrota) las víctimas habrían servido como medio para lograr esos fines. No cabría entonces mayor agravio: la muerte como instrumento político. Nos encontraríamos ante el final de ETA, no por su derrota sino por su victoria. Hoy, las víctimas sospechan que están siendo traicionadas. Por lo demás, el Gobierno no puede pagar por el cese del terror ningún precio que vaya más allá de lo que permiten las leyes. En ningún caso, el dolor de las víctimas puede cotizar en el mercado de la negociación política. N o conviene reducir injustamente la nómina de las víctimas del terrorismo. Lo son, desde luego, los que perdieron su vida, quedaron mutilados o fueron heridos por el terror, así como sus familiares y amigos. Pero también lo son todos quienes están amenazados por él y quienes no puede ejercer libremente sus derechos, ni siquiera el de vivir y pasear en paz en la tierra que les vio nacer o que eligieron para vivir. Al final, de un modo u otro, somos víctimas todos los que no somos terroristas ni cómplices con el terror. Aunque esto no impida reconocer la primacía de quienes vieron segadas sus vidas o su integridad física, ni quienes viven desde entonces sumidos en el dolor. El primer agravio que pueden recibir las víctimas es ver cómo se imputa su espíritu justiciero a mera venganza. No cabe identificar ni confundir ambas. La venganza sólo aspira a devolver el mal recibido; la justicia, que supera a la venganza, busca la expiación de la culpa y la prevención del delito. Las penas, según nuestra Constitución, deben ir orientadas a la reinserción social de los delincuentes, mas no es esa su única razón de ser o fundamento. El segundo agravio es la traición a su memoria y el olvido de su dolor. Las víctimas del terrorismo en España han sufrido un doble agravio: el dolor injusto y la falta de un espacio público de reconocimiento. Este último agravio ha sido reparado. Primero, con la eclosión del espíritu cívico de Ermua; luego, con la firma del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo acordado por el PP y el PSOE. En los últimos tiempos, vienen siendo, de nuevo, agraviadas. No es a las asociaciones de víctimas, especialmente a la más importante de ellas, la Asociación de Víctimas del Terrorismo, sino al Gobierno a quien corresponde la dirección de la política antiterrorista. Pero sin el respeto a ellas y sin el homenaje de los ciudadanos y sus representantes, no hay política antiterrorista legítima. Y, a pesar de lo que dicen el Gobierno Y queda la cuestión del perdón. Al Gobierno le corresponde sólo la justicia; no el perdón. Éste, al menos en este mundo, sólo corresponde a las víctimas. El perdón no puede tener lugar sino mediante concesión de las víctimas. Y para ello es además necesario el arrepentimiento del culpable. El perdón, hasta setenta veces siete, es un imperativo de la moral cristiana. Pero ni la moral puede imponerse políticamente ni es exigible el perdón no solicitado por quien no se arrepiente. Los etarras, salvo las excepciones de los arrepentidos, no sólo no piden perdón sino que solicitan más sangre y celebran los atentados. En estas condiciones, es imposible hablar de perdón. Sin las víctimas del terrorismo no hay lucha legítima contra el terror. De ellas procede la fuerza moral y el coraje necesario para combatir. Claudicar ahora no sólo sería una derrota del Estado de Derecho. Sería también un certificado de la sinrazón del dolor sufrido, pues bastaría para haberlo evitado con haber claudicado antes y no haber continuado resistiendo hasta ahora. Se puede ser clemente en la victoria. Ceder antes de ella es lo mismo que ser derrotado. No hay diálogo sino entre iguales. Y un Estado de Derecho jamás puede ser igual que una banda terrorista. La venganza está vedada moralmente y es contraria al Derecho. El perdón es una exigencia moral que requiere el arrepentimiento del ofensor. Al Estado sólo le incumbe la administración de la justicia. Y ella es imposible sin el homenaje y el respeto a las víctimas. Para quienes sufren y, sobre todo, para quienes están desesperados, también tuvo palabras el psiquiatra Viktor Frankl, superviviente de Auschwitz: en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino que la vida espere algo de nosotros Nada en la existencia humana carece de sentido. Mucho menos el dolor de los inocentes. IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA Catedrático de Filosofía del Derecho Universidad de La Coruña