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ABC LUNES 13 2 2006 61 Toros Se cumple el centenario de Domingo Ortega (1906- 1988) el torero que elevó el arte del dominio del toro a través del temple a su máxima expresión. Su irrepetible ser atrajo a figuras como Ortega y Gasset, Jiménez Díaz, Luis Calvo, Cañabate o Sebastián Miranda El poder de Ortega, cien años después TEXTO: ANTONIO SANTAINÉS Biógrafo de Domingo Ortega IGNACIO ZULOAGA, EN BOROX ANTONIO DÍAZ- CAÑABATE Este mes de febrero se cumple el centenario del nacimiento de uno de los toreros más grandes y poderosos de toda la historia del toreo: Domingo Ortega. En Borox (Toledo) nació Domingo López Ortega el 25 de febrero de 1906. Hijo de modestos labradores, tras cursar los más elementales estudios, pasó a los 12 años a ocuparse también de las labores del campo. Sin más perspectivas en lontananza que aquellas que le ofrecían el agro. Pero espoleado por la afición al toreo y consciente de sus posibilidades, el 14 de julio de 1928 mató por primera vez un novillo en la plaza de Carabanchel. El 16 de agosto en Almorox, y sin previa autorización, estoqueó un novillo por cogida del espada, causando verdadero asombro en el público. Sus actuaciones iban perdiéndose en el anonimato hasta que el 6 de septiembre de 1930 salió de sobresaliente en la plaza de Aranjuez toreando Marcial Lalanda y Manolo Bienvenida. Éste le permitió hacer un quite en el que cerraba plaza y tal arte advirtió en él Dominguín que no necesitó más para convencerse de que había salido del campo el torero que él soñaba. Tras unas lucidas actuaciones en la plaza de Tetuán, fue a Barcelona en cuatro históricas novilladas los días 26 de octubre, 2, 9 y 16 de noviembre, que constituyen su primer eslabón hacia la fama. El 8 de marzo de 1931 le dio la alternativa Gitanillo de Triana en la Monumental de Barcelona, doctorado que le confirmó Nicanor Villalta en Madrid el 16 de junio. Aquel año sumó 93 corridas. Yo le vi en la plaza de Barcelona muchas tardes, no a mi lado, sino en el ruedo, toreando con el dominio y la perfección que le caracterizaban. Fue Domingo Ortega un torero irrepetible. Conocía a la perfección al toro. En aquellas tierras pastaban los toros del Duque de Veragua desde Fernando VII. Ángel Luis Bienvenida me decía: Los templaba no a la velocidad del toro, él los ponía a la velocidad que él quería y Ortega, el maestro, aseguraba: Llevándole toreado al toro, se le lleva con la muleta a donde tú quieres Los grandes intelectuales le admiraron. dio dos conferencias: El arte del torero en el Ateneo el 29 de marzo de 1950, y La bravura del toro en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el 22 de febrero de 1960. Sus frases eran pura filosofía, por ejemplo, aquello de: No es lo mismo torear que dar pases Eran legión los que se creían capaces de bajar al ruedo y hacer lo que estaba haciendo Ortega. Explicaba, como en un encerado, los valores más sólidos y purificados del arte del toreo. Ahora, el 25 de febrero de este año, se cumple el centenario de su nacimiento. Merece la pena recordarle. Fotografía, dedicada a Santainés por el propio Ortega, del retrato de Zuloaga El error del Cossío y los grandes intelectuales de la época No es nuevo que la gran enciclopedia del toreo que es el Cossío contenga errores de bulto en cuanto a la fecha de nacimiento de los toreros. José María de Cossío tenía la tendencia a restar años a los matadores, por hacerlos parecer más jóvenes, aunque en el caso de Domingo Ortega, dada su tardía vocación, tras años de forja en las capeas castellanas, bien pudiera haber sido su descubridor, Domingo Dominguín, el culpable del rejuvenecimiento (fija el alumbramiento en 1908) Pero en la página 52 del libro Domingo Ortega. 80 años de vida y toros de Antonio Santainés (Espasa Calpe, 1987) se reproduce la partida de nacimiento de Domingo López Ortega, hijo de Juan López y Pía Ortega, en Borox (Toledo) La personalidad de Ortega traspasó las fronteras de lo meramente taurino, y arrastró tras de sí hombres de la talla del filósofo Ortega y Gasset, Jiménez Díaz, Zuloaga, Sebastián Miranda o el que fuese director de ABC, Luis Calvo, quien escribió: Todo linaje de ringorrangos superficiales e inexpresivos, todo cúmulo de tejido adiposo y de forzada exudación, toda exuberancia formal, son extraños al arte enjuto, ingrávido e inaprehensible que D. O. ha creado en el toreo. Perfecto, puro Insondable. on Ignacio Zuloaga, el gran pintor, fue, como es bien sabido, un gran aficionado a los toros. Pero no un aficionado de los de tendido, sino un aficionado a torear, hasta el punto de que en su juventud quiso ser torero y recibió lecciones del Gordito, quien tenía una escuela taurina en Sevilla, próxima al matadero, y en donde Zuloaga mató más de un toro; no un becerro, sino un toro de cuatro años, según rezan los carteles que don Ignacio conserva en la misma estima de un lienzo de El Greco. Ortega conoce a Zuloaga el año 1937, en San Sebastián; pero su verdadera amistad nace más tarde, el 1941, cuando se vuelven a encontrar en Madrid frecuentando los mismo ambientes. Bien pronto intiman Desde los comienzos de esta amistad le entra la comezón al pintor de retratar al torero. Afanes y trabajos de la vida de ambos van distanciando la realización de la idea, hasta que, en el mes de abril de 1945, Domingo Ortega da orden a su mozo de espadas que lleve un traje de torear, morado y oro, al estudio madrileño de Zuloaga, situado en las Vistillas; ese estudio tan amado por él. Y allí en aquel ambiente desusado, Domingo Ortega se viste de torero un día y otro, para posar ante Ignacio Zuloaga. Casi todas las celebridades mundiales, de todo orden, actividad y jerarquía, han sido trasladadas al lienzo por el genial pintor. Pero en éste pone especial empeño. Es, sin disputa, su último gran retrato Muchas noches, de los días que duraron las sesiones del retrato, cenábamos el modelo y el pintor, con otros cuantos amigos, en la taberna Ciriaco, en la calle Mayor. Don Ignacio no gustaba, en general, de hablar de su pintura. Pero aquellas noches comentaba su labor. ¡Qué cabeza! -comentaba después. ¡Huy! ¡Huy! ¡Y qué guerra me está dando! Pero ya creo que lo he logrado. -Naturalmente, don Ignacio- -afirmaba Domingo. -Sí pero yo quisiera hacerla cogiéndole a usted ese gesto que pone cuando torea, con los pelos alborotados, como los deben tener los toreros, y no estos de ahora, que salen con la cabeza planchada con almidón y no se les va un pelo en toda la tarde. No; el pelo sobre la frente, los ojos fijos en el toro, porque yo creo que usted domina a los toros con la mirada. Pone usted una cara tan magnífica cuando torea... Quiero conocer Borox. Extracto de la obra La Fábula de Domingo Ortega D