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60 Cultura LUNES 13 2 2006 ABC TEATRO Woyzeck Autora: Georg Büchner. Dirección: Nuno Cardoso. Escenografía: F. Ribeiro. Vestuario: Teresa Azevedo. Iluminación: José Á. Correia. Música: Sérgio Delgado. Compañía: Teatro Nacional São João (Oporto) Lugar: Teatro de la Abadía. Madrid. Y AHORA HABLEMOS DE CERVANTES: EL PATRIOTA MANUEL FERNÁNDEZ ÁLVAREZ de la Real Academia de la Historia CLÁSICA Grandes voces en el Real Obras de G. Rossini, V. Bellini y G. Donizetti. Intérpretes: Juan Diego Flórez (tenor) Daniella Barcellona (mezzo) y Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Ricardo Frizza. Lugar: Teatro Real, Madrid. Fecha: 11- 2 EL MUNDO COMO PESADILLA JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN U radicionalmente, las peripecias del soldado Woyzeck se han llevado a escena con un predominio de torturados tonos sombríos. Nuno Cardoso da a la obra un acabado vibrante, muy físico, que proyecta una luz cruda sobre el violento nihilismo de un texto inacabado que bien podría haber escrito Bernard- Marie Koltès antes de nacer. El precoz Georg Büchner (1813- 1837) más precoz aún que el vertiginoso Koltès, tenía 23 años cuando el tifus cortó el hilo de su vida en Zúrich, donde se encontraba exiliado por sus ideas políticas de tinte socialista. Cachorro del movimiento de La joven Alemania después de haber bebido de las fuentes de Sturm und Drang, Büchner desapareció dejando una obra breve e intensa, como este enigmático golpe de dados que aún resuena sobre el tapete de la historia del teatro europeo y que tuvo que esperar hasta 1913 para su estreno, cuando los expresionistas se reconocieron en la forma y el fondo de la historia. Una pieza seminal de la que se conservan veintisiete escenas sin un final concreto: ¿ejecución, suicidio, muerte accidental... Su carácter fragmentario y su condición de obra abierta es lo que la hacen tan moderna. Woyzeck se erige así como emblema del ser humano atrapado en la contradictoria perplejidad de ser al tiempo víctima y verdugo, preso de condicionantes sociales y psicológicos de los que no puede huir, esencialmente abismado en una soledad sin fondo. Convertido en cobaya por el médico de su regimiento que tensa su resistencia física y anímica, objeto de burlas, lacerado por los celos, desemboca en el crimen, sonámbulo de dolor y alucinación: para él el mundo es una pesadilla y la vida una patología. Cardoso ha concebido un montaje muy atractivo de este misterioso drama social sobre una hermosa e inquietante escenografía de Ribeiro. El espectáculo alterna escenas de mucho movimiento, muy bien coreografiadas, con otras de tensa quietud, y tiene también muy en cuenta la fuerza de los elementos simbólicos. Los actores realizan un vigoroso trabajo conjunto, con el contrapunto del Woyzeck de Tónan Quinto, ensimismado en tormentas interiores. T na oscura pendencia callejera, aún no del todo esclarecida, dejaría a Cervantes fuera de juego en el gran teatro de la Corte de Felipe II. Corrió la sangre, hubo un agresor y un agredido, y el agresor resultó ser un tal Miguel de Cervantes contra el que los alcaldes de Casa y Corte entablaron proceso en su ausencia, condenándole a la pena de que en acto público se le cortara la mano diestra. Y como se había dado a la fuga, dictaron contra él una orden de busca y captura el 15 de septiembre de 1569. Tal es lo que sabemos desde que un archivero de Simancas, a mediados del siglo XIX, encontró en el Registro General del Sello de aquel archivo la afrentosa orden de busca y captura contra nuestro, por entonces, joven poeta. De ahí la fuga, de ahí el brusco salto de Cervantes a Italia, que hasta entonces nadie se había podido explicar. Por fortuna, en Italia y concretamente en Roma, Cervantes encontró un buen acomodo entrando al servicio de un Príncipe de la Iglesia: el joven cardenal Julio Acquaviva. Estamos ya en el año 1570. Y pronto se suceden los grandes acontecimientos a nivel internacional. Por aquel tiempo Turquía se mostraba cada vez más agresiva contra la cristiandad. Pío V, el Papa santo, clamaba pidiendo una Liga Santa- -así se la acabará llamando- -para hacer frente a la temida amenaza turca. Y al fin consigue que se adhieran la República de Venecia, afectada por la pérdida de Chipre tomada por los otomanos en 1570, y la propia España, que también reacciona al asalto de Túnez- -la gloriosa conquista de Carlos V en 1535- -realizado por el Almirante al servicio de Turquía Euldj Alí. De modo que el Rey Prudente no sólo se incorpora a la Santa Liga sino que promete acudir con la mitad de sus efectivos militares y afrontar también la mitad de los gastos. Eso le dará un derecho que será decisivo: el de nombrar el generalísimo de toda aquella empresa. Un generalísimo que no podía ser otro que su hermanastro Don Juan de Austria. Una ola de fervor religioso y patriótico correrá por toda Italia. Y Cervantes no iba a quedar inmune a ella. De forma que deja su cómodo y honorable puesto que disfrutaba con el cardenal Acquaviva, no lo piensa dos veces y se enrola en los tercios viejos, dispuesto al combate. Es más, se encontraba maltrecho por una inoportuna enfermedad, pero desoyendo las órdenes de sus superiores de que no abandone el lecho, sube a cubierta y pide un puesto de mayor riesgo para entrar en combate. Eso le costará quedar estropeado de la mano siniestra, pero todo lo dará por bien empleado. Porque había querido ser un protagonista de la España Imperial y lo había conseguido. Después, a lo largo de su vida topará con con no pocos percances y sufrirá OVACIONADO CONJUNTO OPERÍSTICO ANTONIO IGLESIAS Miguel de Cervantes Cervantes se mostrará hasta en sus últimos momentos como lo que era: un gran patriota, sí, orgulloso de la España que había vivido muchas desventuras; pero siempre saldrá a flote, porque no en vano un veterano de Lepanto no se podía dejar amilanar ni encoger por cualquier cosa. De ahí que cuando aquel menguado y osado escritor, Alonso Fernández de Avellaneda, quiere desplazarlo para escribir una supuesta parte del Quijote, y cuando en su prólogo, como para justificarse, se burle de Cervantes, tachándolo de viejo y manco que lo que mejor podía hacer era quedarse quieto en su rincón no nos canse sería su último consejo burlón) Cervantes le contestará dignamente ofendido: lo de viejo, ¿quién podría detener la rueda del tiempo? Por otra parte, ¿dañaba eso la pluma? Hase de advertir- -replicará a su necio plagiario- -que no se escribe con las canas sino con el entedimiento, el cual suele mejorarse con los años... Pero, sobre todo, saltará indignado al contestar a la burla sobre la manquedad. ¿Manco? Cierto que sí, pero por herida gloriosa, recibida no en una taberna entre rufianes. Y es cuando, a sus sesenta y siete años, para la época todo un anciano, pero fresco todavía en su memoria aquel momento de su heroica juventud, exclamará, entre orgulloso e indignado, que había sido herido: ...en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros Y es que Cervantes se mostrará de ese modo hasta en sus últimos momentos, como lo que era: un gran patriota. Un gran patriota, sí, orgulloso de la España que había vivido. líjase una buena orquesta (la Sinfónica de Castilla y León) con un avezado director (el italiano Ricardo Frizza) poniendo como guinda dos prestigiosas voces (las de la mezzo italiana Daniela Barcellona y el tenor peruano Juan Diego Flórez) y tendremos asegurada la ovación del público, máxime si a ello se añade la escucha de fragmentos operísticos muy queridos, extraídos de La Cenerentola Semiramide y La donna del Lago de Rossini; I Capuletti ed I Montecchi e I Puritani de Bellini; y La favorita y Lucrezia Borgia de Donizetti. Es tan válida esta fórmula como para poder afirmar que jamas pude observar el aplauso cerrado, envuelto en ovaciones, reiteradas de número en número, que registró la sala colmada del Teatro Real en el concierto operístico ofrecido en la tarde- noche del sábado, dentro del ciclo de Grandes Voces en el Real. Las cuatro oberturas- -dos de Rossini, una de Bellini y otra de Donizetti- -confiadas a la demostrada profesionalidad de los componentes de la Sinfónica de Castilla y León, bajo una batuta tan diestra, tan conocedora como resultó ser la de Riccardo Frizza, aseguraron esa infrecuente superación de una base que sostiene en el foso el total sonoro de la ópera que fuere, referido esta vez al jugoso y ágil dibujo del Cisne de Pésaro, al encanto del generoso cantabile belliniano o a imanes que el mundo operístico siempre aguarda, aquí con el Spirto gentil donizettiano. Y si la mezzosoprano de Trieste Daniela Barcellona, con una personal amplitud, precisión en la entonación, dominadora y buena comunicatividad emocional, triunfó en cuatro intervenciones a solo bien podría decirse que otro tanto ocurriría con las otras cuatro correspondientes del excelente tenor limeño Juan Diego Flórez, valiente, con fiato extraordinario (final de A te, o cara de I Puritani de Bellini) facilidad y artista. Que en sus dos duetos ambos cantantes, estrellas de la jornada, sumaran puntos, sería la justa adición de sus grandes méritos. Y, aunque todo medido, bien medido, en el programa, rompió moldes la ovación, reiterada como nunca, firmando un éxito grande. E