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58 Cultura LUNES 13 2 2006 ABC CLÁSICA Ibermúsica Obras de F. Schubert, A. Dvorák y L. van Beethoven. Intérpretes: Chamber Orchestra of Europe. Director y solista: Andras Schiff. Lugar: Auditorio Nacional, Madrid TEATRO Salomé Autor: Oscar Wilde. Traducción: Mauro Armiño. Dirección: Miguel Narros. Escenografía: Andrea D Odorico. Vestuario: Sonia Grande. Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Música: José Nieto. Coreografía: Víctor Ullate. Intérpretes: María Adanez, Millán Salcedo, Elisa Matilla, Chema León, Alex García, Raúl Prieto y Domingo Cruz, entre otros. Lugar: Teatro Albéniz. Madrid. PERDÓN, ANDRAS SCHIFF ANTONIO IGLESIAS LUJURIA LUNAR JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN P uedo asegurar a Andras Schiff (pianista húngaro de renombre mundial y director de orquesta) que el público de Ibermúsica es de bien probada filarmonía, y que si le aplaudió al final del primer tiempo del Concerto para piano y orquesta en Sol menor, B. 63 de Dvorak, fue porque no siendo obra de lo mejor del catálogo del músico checo, ni mucho menos página demasiado conocida, se debió a la longitud extrema del inicial momento y se creyó que los tres de que consta podrían interpretarse sin interrupción como ocurre a veces, sobre todo con la música contemporánea. Se creyó así y, pese a la elocuencia de sus gestos se le festejó como si hubiese llegado la última nota... Ahora, cuando se acostumbra en el mundo entero a pedir perdón, lo hago con estas líneas que creen interpretar el sincero sentimiento del público que, por otra parte, deseaba manifestarle sin demora su entusiasmo ante su doble figura de pianista escogido y excelente director de orquesta. Le admiro en su magnífico piano, completísimo, tan musical, y la parte solista del citado Concerto elevado en su cadenza a la extrema dificultad, la venció con holgura, ratificándose una valía obtenida desde una memorable sesión Bach de hace ya algunos años... La media centuria de profesores que conforman la Chamber Orchestra of Europe entendiéndose a la perfección (la universalidad de la música) bajo su mando tan eficaz como para desprenderse de una batuta, le prestaron un concurso cuya cima la hubimos en la familia de la madera, extraordinaria, aunque la sorpresa naciera desde las primeras notas de la Quinta Sinfonía, D. 485 de Franz Schubert, disfrutando de la colocación en el estrado a la antigua usanza violines primeros a su izquierda, segundos a la derecha, por su sonido con personalidad y empaste soberano. No disfruto demasiado con la simultaneidad solista- director, hoy tan frecuentada en todas partes y por tan eminentes nombres; me falta el buen diálogo entre ambos elementos. Ya en su versión de la Segunda de Beethoven, que cerraba su programa de la tarde de Ibermúsica, volvimos a ratificar encomiásticos juicios acerca de un mundo sumamente responsable sobre unos mimbres que responden de maravilla a sus gestos de artista. Ni los excesos del oboe extraordinario o los trompetas como fondo pueden aminorar la merecida ovación y el éxito de la sesión. l amor es más poderoso que la muerte. Salomé besa los labios yertos de la cabeza cercenada del Bautista y proclama la victoria de su terca pasión, convirtiéndose testa sangrante en mano en contrapeso iconográfico de otra dama bíblica: Judith, ésta entregándose a Holofernes y haciéndole perder la cabeza para salvar al pueblo de Israel, y la de los siete velos y los desvelos de Herodes, como sacrílega inductora de la ejecución del Precursor. Como recoge Mauro Armiño en su sustancioso prólogo a la traducción sobre la que se sustenta el montaje de Miguel Narros (Valdemar. Madrid, 2006) la figura de la hija de Herodías ha seducido a multitud de artistas- -escritores, pintores, músicos... pero fue Oscar Wilde quien la singularizó al cambiar su papel de correa de transmisión de la venganza materna a personaje con voluntad propia: la virgen que quiere saciar la sed de su deseo en la castidad clamante del profeta. Wilde amasó su pieza teatral con el decadentismo mórbido recamado de exotismos y la honda vibración simbólica tan cara a la sensibilidad estética del gozne entre los siglos XIX y XX. La Luna, más que testigo personaje de la tragedia, marca la temperatura de las escenas: blanca y fría como una mujer que sale de la tumba roja como la E María Adánez y Chema León, Salomé y el Bautista sangre e impregna la obra de una rara atmósfera sideral, sonámbula, desasosegante, irreal, que Miguel Narros ha sabido trasladar muy acertadamente a un montaje de pasiones sombrías y lujuria lunar, en el que la voz del escritor irlandés refulge con las ominosas llamas frías del ópalo en la traducción de Armiño. La escenografía de D Odorico, un paisaje de rectas geometrías oníricas, y la iluminación de Cornejo subrayan las líneas de dirección marcadas por Narros: sensualidad fría, morbosa, culpable, que encuentra una intérprete perfecta en la Salomé de María Adánez, que si hasta ahora había dado muestras de su valía en el territorio ligero y chispeante de la comedia, aquí exhibe sus quilates de actriz en el papel pensado por Wilde para que lo estrenara en París Sarah Bernhardt. La Salomé de María está traspasada JULIÁN DE DOMINGO por una ingenuidad letal y concupiscente, como algunos de los mejores papeles que interpretó para el cine Marilyn Monroe; una frescura voraz, turbadora, con la terquedad seductora de una niña caprichosa cor armas de mujer. Su danza ante el tetrarca, a los sones de la música inquietante de José Nieto coreografiada por Víctor Ullate, es el momento cumbre de la función, un largo momento que culmina dominadora con su desnudo bañado por la luz acerada de la Luna y remata luego en una extrema y difícil escena de amor necrófilo. Millán Salcedo acentúa la crueldad grotesca de su Herodes en clave de tirano histriónico de peplum; Chema León es un Bautista con calidades de imaginería procesional barroca; Elisa Matilla da a su Herodías una pátina de elegancia distante y cólera contenida; y Alex García es un vehemente capitán sirio que arde en la zarza bifronte de su sexualidad. ÓPERA L elisir d amore Música: Gaetano Donizetti. Dir. musical: Maurizio Benini. Dir. escénico: Mario Gas. Escenógrafo y figurinista: Marcelo Grande. Iluminador: Vinicio Cheli. Intérpretes: Patrizia Ciofi, Antonino Siragusa, Marco Vinco, Ruggero Raimondi, María Rey- Joly. Coro y Orquesta del Teatro Real. Lugar: Teatro Real, Madrid, 12- II EL CORAZONCITO DEL PUEBLO ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE A fortunadamente, siempre hay algo nuevo que decir. Lo demuestra la veterana producción escénica que Mario Gas diseñó hace ya más de veinte años para L elisir d amore y que ahora visita el Real. Aquí se acaba de instalar, refulgente, juvenil y llena de vitalidad, sin perder un ápice de esa traza social y humana que en mucho la asemeja a esa buena zarzuela que se llamaba a sí misma drama lírico popular Con su plaza y con sus gentes, con la gracia, el desparpajo, la alegría al margen de la tragedia y una chispa de melancolía en la trastienda. También con una exacta dosificación de los recursos teatrales: la variedad del movimiento escénico, la luz sutilmente cambiante, el inserto de la fiesta popular tras el descanso, el fin de fiesta en el saludo preparado para llevarse al público de calle y hasta la mirada cariñosa de la estanquera ante el primer dúo entre Nemorino y Adina. No es para menos. Lo mejor de esta acertada producción es la fina traza con la que el escenario dibuja a todos los personajes, y el buen espíritu, cuidado y conocimiento con el que los lleva el director musical Maurizio Benini. Y con él la orquesta del Real y su entusiasta coro, coprotagonista fundamental en la obra. Por eso, en este Donizetti, felizmente giocoso están a gusto gentes como Patrizia Ciofi quien se presentó anoche con el tim- bre algo opaco, el volumen contenido, pero con muy logradas medias voces, afinados agudos y resueltas agilidades. A su lado Antonino Siragusa hizo alarde de sensatez y gusto, agradables pianos y una vocación teatral digna de su inocente personaje. Su lagrima eternamente furtiva, tan bien preparada por el silencio que se hizo en la escena y la expectación en la sala, dio fe de una rectitud sin artificios en la línea, por mucho que atacara el final algo calante. Pero son éstas cosas del momento, ante las que sólo cabe rendirse. O resistir. Ahí está, por ejemplo, Ruggero Raimondi, cantando de aquella manera pero arrollando con su corpulencia, soltura, grandeza y una jugosa teatralidad digna del cínico Dulcamara. Y en paralelo la actuación de Marco Vinco y su saludable Belcore, timbrado, bien emitido, con presencia y ademanes. Sin olvidar a María ReyJoly, eficaz y siempre atractiva. Visto lo cual, sólo queda añadir que los muchos aplausos de anoche anunciaron el éxito de futuras representaciones.