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ABC LUNES 13 2 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL CÍRCULO DE TIZA ERÍA divertido: Paco Vázquez en la Piazza di Spagna y Maragall en el Palazzo Borghesse. O Bono, que tiene cara de cardenal toscano de los que salen en los retratos de Piero della Francesca. Aunque a Bono, los mentideros cortesanos, los oráculos de café y las fuentes rumorológicas que ahora circulan también en internet, lo sitúan más bien en un futuro medio a orillas del Potomac o en un despacho acristalado frente al Hudson. La ventaja de la diplomacia es que suele ejercerse desde sedes y paisajes de intensa raigambre histórica, salvo que te manden a Gabón, claro. Pero eso sólo les pasa a los diplomáticos de carrera. Ha bastado el anuncio del nuevo destino del alcalde de La Coruña- -que quiIGNACIO zá pronto pase a llamarse CAMACHO A Coruña, el nombre por el que Vázquez nunca quiso tragar- -en la embajada ante la Santa Sede para que se disparen las especulaciones sobre los dirigentes críticos del PSOE y en el Madrid de los cuchicheos falten destinos en los que encajar a los disidentes del zapaterismo. Desde luego, lo de Pacovázquez ha sido un aviso a navegantes inquietos. Una advertencia de que el presidente no va a abjurar de su designio político y está dispuesto a sacudirse de encima los elementos incómodos. Zapatero se halla ante la etapa decisiva de su mandato, con el Estatuto catalán y el proceso vasco en fase crítica, y se confunden quienes ven en él a un político blando. Su buenismo retórico, su talante acomodaticio, es aparencial; detrás de esa fachada de sonrisa giocondiana se esconde un tipo realmente duro, imperturbable a la hora de mantener proyectos, objetivos y metas. La agenda del presidente tiene dos citas esenciales que están entrando en el periodo crucial, y Moncloa no quiere más fisuras. Si llega el momento de sentarse a negociar con los terroristas, Zapatero no se puede permitir una retaguardia enojosa de voces discrepantes. Por eso Vázquez, que incordia el pacto con los nacionalistas gallegos y tiene crédito popular en sus críticas, ya está haciendo las maletas para un destino que con toda seguridad no le disgusta después de tantos años en María Pita. Maragall, convertido ahora en un engorro para la alianza con CiU, puede ir tomando nota. Ibarra está ya de vuelta con el corazón delicado. Guerra tendrá que colaborar en la Comisión Constitucional o prepararse para el retiro. Jordi Sevilla ha sido clamorosamente postergado de las negociaciones estatutarias. Y Bono ya sabe que el pulso de Zapatero está firme ante las expectativas de una crisis ministerial. Quizá por eso su declaración de que conoce por el CNI el estado crítico de ETA no era sólo una ingenua proclama de estar en el ajo, sino una advertencia autodefensiva en clave interna: tiene información comprometida de lo que pasa, y acaso de quién pasa, al otro lado de la muga. El núcleo duro del poder ha lanzado un mensaje nítido: quiere las filas prietas en la coyuntura decisiva. Y el que se mueva no es que no vaya a salir en la foto, sino que tiene un retrato asegurado... fuera del círculo de tiza que protege a los elegidos. S AD MAIOREM DEI GLORIAM ACE algunos años, comentando con un jesuita los avisos de derrumbe que empiezan a vislumbrarse en la Compañía, especialmente notorios si los comparamos con los signos de pujanza que registran otros movimientos católicos, escuché de sus labios una declaración pesimista o resignada: Tal vez sea la voluntad de Dios. En cada época, Dios concede unos carismas determinados a unas personas concretas, encargadas de realizar sus planes de salvación. Tal vez nuestra época haya pasado; tal vez debamos ceder el testigo a quienes han recibido un carisma más adecuado para nuestro tiempo Aquellas palabras me llenaron de turbación y desconcierto; sentimientos que luego se acrecentarían cuando las escuché, repetidas en iguales o parecidos términos, a otros eclesiásticos y seglares preocupados por el porvenir de la Compañía. Algo dentro de mí se rebela contra estas previsiones JUAN MANUEL agoreras. ¿Cómo puede ser voluntad DE PRADA divina que se extinga la orden que ha prohijado a Athanasius Kircher y Francisco Suárez, a Baltasar Gracián y el Padre Isla, a Teilhard de Chardin y Karl Rahner, por citar tan sólo unos pocos nombres entre los cientos de figuras insignes que han contribuido a engrandecer la aventura iniciada por San Ignacio de Loyola? ¿Cómo puede ser voluntad divina que la memoria viva de tantos jesuitas entregados a la misión audaz de extender el Evangelio y ensanchar el horizonte humano, de San Francisco Javier a Ignacio Ellacuría, se pierda en el tiempo, como lágrimas en la lluvia? Si analizamos su historia, descubriremos que los jesuitas casi siempre han sido contemplados con desconfianza y animadversión por el poder secular y en ocasiones, incluso, por la autoridad papal. Han padecido martirios y persecuciones sin cuento; han sido condenados al destierro y despojados de sus posesio- H nes; han sido, también, combatidos por los guardianes de la ortodoxia y hasta suprimidos mediante edicto por Clemente XIV. Tras la celebración del Concilio Vaticano II, la Compañía de Jesús adoptó una línea reformista, favorable al ecumenismo y la pluralidad política, que cristalizó en corrientes teológicas socialmente avanzadas, a veces infiltradas de elementos marxistas. Este activismo jesuita ha contribuido a una caracterización reduccionista de la Compañía como la oposición dentro de la Iglesia que se alienta y jalea desde las tribunas mediáticas, deseosas de mostrar una postura heterodoxa o decididamente contraria a la Iglesia oficial A esta caracterización reduccionista han contribuido por igual, me temo, cierta crisis de identidad de la Compañía y el ascenso de sectores eclesiales conservadores que se dejan acunar por los cantos de sirena de la política, olvidando que la actitud cristiana debe guiarse por la imitación de un modelo de vida establecido por Cristo, antes que por la coyunda con intereses de tal o cual partido. En este sentido, puede decirse que la Compañía ha sido víctima tanto de los extravíos propios como de cierto comportamiento saturnal de la Iglesia, culpable tantas veces de devorar a sus mejores hijos. En un lúcido artículo recién publicado en el Anuario de la Compañía de Jesús, el jesuita Ignacio Iglesias, recordando que el motor de la acción ignaciana fue hacer por Cristo escribe: Este hacer puede y debe ser cambiado. Lo que no admite cambio de ninguna clase es la razón del hacer: por Cristo. Si el cambio, inevitable en un mundo cambiante, nos llevara a sustituir la razón de hacer, tendríamos que organizar un funeral para llorar la muerte de la Compañía Creo que mientras los jesuitas se mantengan fieles a la razón de su hacer, su pervivencia estará asegurada. Quienes juzgamos necesaria e insustituible su aportación al debate intelectual sobre la fe así lo deseamos. Y me atrevería a jurar que Dios también.