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ABC LUNES 13 2 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC UNA ENCÍCLICA: ¿TRIVIALIDAD O GENIALIDAD? Llega al límite reconociendo que Dios es capaz de pasión y compasión, de amor y dolor con los humanos y por los humanos... H AY palabras que al bien decirlas nos sentimos bendecidos por ellas, mientras que otras por el contrario al mal decirlas terminan siendo malditas; desgastadas y desangradas ellas terminan pervirtiéndonos a nosotros. Sólo recobrarán su belleza y fecundidad originarias cuando un genio o un santo, pasándolas por su alma, las profiera de nuevo. ¿Quién se atreverá hoy a cumplir esa tarea redentora de ciertas palabras inolvidables? La primera encíclica de Benedicto XVI ha asumido esa ingente tarea: releer una relación tan esencial para la vida humana, que necesitamos varias palabras para expresarla: querencia, amistad, dilección, amor, caridad, y desde ella decir algo sobre Dios, a la vez que sobre la relación que le une con el hombre. Desde Platón y San Agustín hasta Kant y Newman, resuena irreprimible la pregunta: ¿Quién es Dios, quién el hombre, qué relación va de Dios al hombre y del hombre a Dios? El Absoluto ante el que siempre se sabe implantado el hombre, ¿es Poder o Misericordia, Exigencia o Gracia, Silencio o Palabra? Lo más grave que le puede ocurrir a un hombre es tener miedo a Dios, pensar que es su enemigo o el límite de su libertad, cuando en realidad él es su fuente y su fundamento perennes. ¿Nos atreveremos a comprender a Dios como amor y al hombre como criatura amorosa, receptor y prolongador de ese amor? La osadía del cristianismo al definir a Dios como amor determina también la comprensión del hombre y de su forma de vida. No se trata de una propuesta filosófica o de una reflexión moral sino de una experiencia hecha a la luz de la historia de un pueblo y de un hombre. El texto bíblico clave de toda la encíclica, que tiene su falsilla en la 1 Carta de San Juan, es éste: Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él (4,16) camino para que el hombre marche hacia un encuentro personal con él. Dios, que ha creado al hombre para ser su compañero de viaje, comparte el destino de su amigo hasta el final. El amor se revela definitivamente en la cruz donde Dios, en su Hijo Jesucristo, padece, comparte y supera el destino del hombre, mortal y pecador. El amor sólo es reconoscible y respondible cuando se expresa en la compasión que asume y en la debilidad compartida. Un amor absoluto en la distancia es humillante y no redime; sólo redime el que com- parte y com- padece con la persona amada. La definición de Dios como amor ha nacido y es creíble en la luz de la cruz v resurrección de Cristo. Narrar esa historia e invitar a corresponderla con amor ha sido la tarea suprema de la catequesis cristiana, genialmente formulada por San Agustín historiam narrare et ad dilectionem monere en su obra Sobre la instrucción en la fe cristiana a los que la desconocen P a sencillez del texto pontificio es engañosa: detrás de él está toda la historia del pensamiento occidental y con ella silenciosa y humildemente dialoga el Papa. ¿Qué ha ofrecido el pensamiento griego a la humanidad en este orden? Una propuesta metafísica, estética y ética desde una visión ascendente, que parte del hombre y llevado por el impulso hacia lo alto, bello y absoluto, le mantiene en perenne búsqueda del Bien, la Idea, la Belleza, el Ideal moral. El cristianismo aparece como plenitud de los tiempos; cuando la humanidad había madurado y era capaz de ser oyente de la divina palabra; pero no repite lo sabido y conocido ni por el helenismo ni por el judaísmo. La afirmación esencial del cristianismo es que Dios ha descendido hasta ese hombre creado para tales ascensiones, ha compartido su destino, ha gustado su pasión de existir y así se le ha revelado como amor. El amor no es un imperativo ni una exigencia sino un don previo, al que se responde con la misma palabra y moneda. No responderle significaría que no había sido reconocido como tal. Lo más esencial no es lo que el hombre hace o tiene que hacer, sino lo que Dios ha hecho por él, la precedencia divina, que abre un L ero todo esto, ¿no es una trivialidad conocida desde siempre? Conocida y olvidada. Lo más grave que le puede ocurrir a una persona o a una generación es sólo consaber es decir olvidar la raíz de la que nacen y así quedar desarraigados. La encíclica es una confrontación silenciosa con el platonismo, el judaísmo y el islam. Frente al eros del platonismo y al nomos del judaísmo, expone lo que, prolongando legítimas intuiciones en aquel y divina revelación en este, ofrece de específico el cristianismo (ágape) En el horizonte del pensamiento moderno, la encíclica tiene detrás la postura de Lutero y cierto pensamiento protestante que, llevado de su acentuación del pecado, proyecta una mirada negativa sobre lo que este desencadena en el hombre. Desde aquí se contrapone el eros, como impulso ascendente, posesivo, impuro, propio del hombre pecador, al ágape, o amor generoso, oblativo, de pura benevolencia, propio de Dios y del hombre redimido. El libro del sueco A. Nygren (1890- 1978) Eros y Ágape. La noción cristiana del amor y sus trasformaciones (1932- 1937) llevó la contraposición al límite, oponiendo así el orden de la naturaleza y el orden de la gracia, la pasión humana y el amor divino. La encíclica recupera una visión unificada de creación y redención, de amor divino y amor humano, de eros y ágape. Llega al límite reconociendo que Dios es capaz de pasión y compasión, de amor y dolor con los humanos y por los humanos. La cita del Pseudodionisio, que define a Dios como eros y ágape al mismo tiempo, vale por toda una biblioteca y deja fuera de juego mil objeciones a la comprensión cristiana de Dios. Esta es tan ingenua como revolucionaria. Para los griegos y paganos de todos los tiempos la verdad es la inversa: El amor es dios En su reducción de la teología a la antropología, Feuerbach reasume esta fórmula e intenta absolutizarla. La encíclica tiene ese trasfondo e intenta mostrar que amor en Dios y amor en el hombre están en correlación, pero hay que diferenciar estableciendo primacías. El último trasfondo de diálogo son Kant y los intentos de reducir el cristianismo a moral o en todo caso hacerlo pasar por la aduana de la moralidad para convalidar su propuesta y otorgarle derecho de ciudadanía en la sociedad. La fenomenología del siglo XX (R Otto, M. Scheler, R. Guardini, M. Eliade... ha mostrado que la religión no vive con permiso de la metafísica, de la ética o de la estética, que es un universo propio de realidad, que como ellas tendrá que mostrar su aportación a la vida humana pero desde su orden propio y no por sumisión a aquellas. No hay mera razón sino razón extensible o reducida, oyente de una posible palabra superior a ella o cerrado en sus límites. Cuando Kant repite que no es esencial y por tanto no es necesario saber lo que Dios ha hecho por el hombre sino saber qué tiene que hacer él mismo para hacerse digno de la asistencia divina se coloca en los antípodas del cristianismo, expresado en las afirmaciones bíblicas, que constituyen el centro de la encíclica: Dios nos ha amado primero y nosotros tenemos que trasmitir ese amor. Este texto pontificio les parecerá simple y trivial a quienes no lo descubran como un diálogo lúcido y generoso con la conciencia crítica de la modernidad. La primera parte del siglo XX estuvo centrada en torno a la fe (modernismos, fascismos, dogmatismos... la segunda en torno a la esperanza y los consiguientes proyectos revolucionarios (Teilhard de Chardin, Marcel, Laín Entralgo, Bloch, Moltmann... Ahora ¿será posible pronunciar esa palabra nueva ágape (amor, caridad) con todo su peso de verdad y dignidad, como definidora y definitiva tanto para Dios como para el hombre, sin esperar a tener el mundo redimido, mientras intentamos todas las transformaciones necesarias? ¿No es el amor la condición necesaria para redimirlo? Proclamarlo es el atrevimiento tan humilde como genial del autor, propuesto como exigencia para los cristianos y como oferta a todos los hombres. OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL