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ABC DOMINGO 12 2 2006 63 El otro lado de la feria: ARCO 06 ofrece distintas maneras de relajarse y entretenerse al margen del arte Es muy peligrosa la locura bolivariana de Chávez, subsidiada con petrodólares El indigenismo es una demagogia cercana al racismo y es una distorsión de la verdad He padecido censura, dictaduras, represión, corrupción, atropellos y crímenes. He vivido más tiempo bajo dictaduras que en democracia diada con petrodólares y por tanto capaz de un efecto muy perjudicial sobre América Latina. ¿Es el mismo paño que Kirschner, Lula, Tabaré? -Yo no sería tan pesimista como otros, es un fenómeno de radio aún limitado. Y sin embargo veo otro que me interesa más y que es la aparición, por primera vez en Latinoamérica, de una izquierda que en el poder está actuando con responsabilidad. Está gobernando de manera cada vez menos socialista y demagógica y, afortunadamente para su gente, más liberal: es el caso de Lula, en Brasil, y de Lagos, en Chile. Creo que su éxito está creando un efecto moderador muy importante en la izquierda latinoamericana y esto me parece mucho más importante que Chávez. ¿Es una ideología el indigenismo? -Es una demagogia, cercana al racismo, y es una distorsión de la realidad. Evo Morales es el típico criollo, muy vivo y con instinto para el poder. Pero, en fin, sólo espero que no haga todo lo que dice, porque sería una catástrofe para esa Bolivia tan pobre y tan rica a la vez. Pero no se ha dado el retorno al populismo latinoamericano de otro tiempo. Morales puede aún tomar la vía Lula o la vía Chávez. No todo está perdido. -En España han revivido nostalgias. -Es esa impenitente izquierda europea, que puede permitirse el lujo de vivir ajena a la realidad, que proyecta sus sueños sobre lugares lejanos, utópica por tanto, una gente tan injusta con otros pueblos y, en última instancia, yo diría que incluso racista. ¿Es sano el revisionismo español actual? -La sociedad española es esclava de una gran crispación, pero creo que no tiene vuelta atrás, por más vueltas que se dé a sí misma, a parte claro de esa excrecencia que sufre del nacionalismo. Pero España tiene una amplia clase media, con un notable nivel de vida, que le da una estabilidad como nunca ha tenido y es su garantía de futuro. El huidizo Malick, el iluminado Houllebecq y el Chivo de los Llosa La Berlinale acogió el estreno mundial de la película La Fiesta del chivo b La adaptacion cinematografica de la novela de Vargas Llosa realizada por su primo Luis se abrió camino en un día de grandes esperanzas con El nuevo mundo y Las partículas elementales E. RODRÍGUEZ MARCHANTE ENVIADO ESPECIAL BERLÍN. La de ayer era una de esas jornadas para presumir luego en el barrio: pues yo he visto la última de Terrence Malick... O yo considero que Las partículas elementales la película basada en la novela de Michel Houllebecq, atrapa muy bien ese poso pesimista del escritor francés y le añade, incluso, algún toque parecido al humor... Ambas películas constituyeron, por decirlo sin sencillez, la medula espinal del cine que ofrecía la sección oficial: The new world se titulaba la de Malick, un cineasta de esos esquivos, al estilo de Víctor Erice, y que ha hecho cuatro películas en cuarenta años, aunque, eso sí, muy meditadas; en cuanto a Las partículas elementales la ha dirigido un alemán, Oskar Roheler, con lo queda un todo muy europeísta con esa amalgama de afectación francesa y turbina alemana. Antes se deja arrancar una muela Terrence Malick que hacer un plano vulgar, de ahí que su película, un elogio entusiasta y estético a las virtudes del indigenismo y que viene a contar la historia de Pocahontas, sea una maravillosa ventana a los albores de la colonización de los Estados Unidos por parte de los ingleses; dura dos horas y media que parecen tres y alterna el pasmo por el aroma Walt Whitman con la timidez e ingenuidad del buen indigena roussoniano. El director elabora las historias de amor y de convivencia entre la princesa nativa y el capitán John Smith (un Colin Farrell un punto menos macarra de lo habitual) con un indisimulado tono poético y con una invitación constante a la contemplación y a la reflexión; no es raro que el sosiego que procura la película pueda confundirse, así, de refilón, con el aburrimiento... La perspectiva de ponerle imágenes a la provocadora novela de Houellebecq era, de por sí, una arrogancia: Oskar Roehler lo hace y hasta consigue humanizar el talento frío del francés con unos personajes no tan extremos; el tarado Bruno del papel resulta en la pantalla casi gracioso, aunque en contrapartida, la pantalla imbeciliza mas al hermanastro, Michael... El resultado cinematográfico es pasable y deja un relato bien dosifi- Q Orianka Kilcher, protagonista de El Nuevo Mundo ayer en Berlín cado de comedia y drama, al tiempo que subraya todo ese documento atroz, pero tratado a la ligera, de vidas rotas, paternidades incoherentes, actitudes necias y relaciones acres del original. Y a uno de los lados de la sección oficial se proyectaba La Fiesta del Chivo adaptación de la célebre y celebrada novela de Mario Vargas Llosa que ha dirigido su primo, Luis Llosa. La película es lujosa de aspecto y afilada en su macabro retrato del sátrapa dominicano Rafael Leónidas Trujillo, el vivo retrato del diablo tal y como lo encarna el elegante y veteranísimo Tomás Milian, quien parece haberse estudiado los tics de Joe Pesci en las pelis de Scorsese. El pun- AP Luis Llosa se limita a iluminar la novela, sin que se aprecie en su trabajo pretensión alguna de imponer sello o rúbrica to de vista sigue en su sitio: la carne de la tragedia de Urania Cabral, hija del ministro Agustin Cabral y detonante de la memoria que se nos cuenta... personaje que encarna Isabella Rossellini con la cara y el mismo desánimo que si interpretara la escena de Rick empapado en whisky de Casablanca También tiene un cometido destacado Juan Diego Botto, que encarna a uno de los hilos sueltos de la Historia, con mayúscula, del país que había debajo de esa bota. Por cuestiones quizás familiares, Luis Llosa se limita a iluminar la novela, sin que se aprecie en su trabajo pretensión alguna de imponer sello o rúbrica, lo cual deja La Fiesta del Chivo en ese estadio de película monda y lironda, mero cristal. Lo que ocurre es que, por un raro trasvase de sentidos y lecturas, al traducir la tragedia a imágenes al pie de la letra se convierte en drama, o más aún, en melodrama, en novelerio y fabulación; con lo que, tal vez, un poquito de personalidad en el trazo le hubiera venido bien a esta nueva visión del Chivo.