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ABC DOMINGO 12 2 2006 Los domingos 57 EL PERFIL DE LA SEMANA EN LA ACERA ESCRIBÍ TU NOMBRE FERNANDO IWASAKI MARÍA JOSÉ RIENDA Esquiadora Es un oasis en el desierto (blanco) del esquí español. Ha ganado cinco pruebas de la Copa del Mundo y, en los JJOO de Turín, aspira a la gloria al final de la escapada, tras 16 años en las pistas La gran esperanza blanca padre de María José Rienda aceptó un trabajo de portero en un edificio de la estación de Sierra Nevada, y aquel viaje de pocos kilómetros, desde Granada capital a la sierrra, cambió la vida de su hija. En 1984, unos meses antes de que Blanca Fernández Ochoa ganara su primera prueba de la Copa del Mundo en Vail (Colorado) aquella niña de nueve años empezaba a dar clases de esquí mientras el resto de sus compañeras hacía educación física María José aprendía a esquiar en el ventisquero de Cauchiles, y, cuando se ponía a tiro, le pedía autógrafos a Blanca, la estrella emergente, que ya entonces pugnaba por liberarse del peso de su apellido. Era un evidente cruce de caminos entre los dos grandes nombres femeninos del esquí español, dos reinas de las nieves. A mediados de los noventa, la veinteañera María José Rienda se fotografiaba con un traje de leñador en una curva de la estación de su vida, Sierra Nevada, donde ha aprendido casi todo. En el dominical Blanco y Negro la habíamos elegido como una de las estrellas del deporte español del siglo XXI, y posaba feliz ante aquel improbable futuro. ¿O tal vez no? La profecía, tan osada como cabe suponer, se ha retrasado más de los previsto. El 29 de junio cumplirá los treinta y uno, una edad en la que más de un habitante de la elite tiene la cabeza puesta en la jubilación. Pero no ella. En realidad, la cabeza de María José siempre ha sido tan fría como las cumbres en las que suele vivir. Ha sabido cuidar sus fuerzas con un entrenamiento exhaustivo, que le obliga a levantarse a eso de las seis para estar en las pistas a las siete (en verano, en los glaciares, a las cuatro) entrenar hasta la hora de comer, a las doce y media, y luego, por la tarde, pruebas físicas, masajes, análisis técnico en el vídeo... hasta la cena, entre siete y media y ocho. A las diez, en la cama. Y así todo el año, salvo en abril, el mes en el que huye a la playa. Por lo demás, muy pronto decidió apostar todo su talento a una carta, el gigante, en vez de dispersar las fuerzas (hace doce años que no hace el descenso) Quizá por eso ahí sigue, entre las mejores del mundo, junto a Person, su gran rival, o Kostellic. ¡OH, LOS DIPUTADOS! El POR JUAN FRANCISCO ALONSO U El gigante es la prueba más difícil de la montaña, la más técnica, la que exige más agresividad y más precisión, la que más depende del estado de la nieve, del encerado de las tablas, de eso que los deportistas llaman tener el día Y por todo ello, la de más incierto pronóstico. María José Rienda seguro que no creerá que tiene una medalla olímpica en el bolsillo cuando salte a la pista el día 24, a pesar de que sus resultados de las últimas semanas sean tan brillantes como todos sabemos. Ha ganado su quinta prueba de la Copa del Mundo, ha superado la marca de Blanca, y con ese dato se ha ganado el derecho a estar en las portadas de todos los periódicos. La abanderada del equipo español en Turín ha participado en cinco campeonatos del mundo, el primero en Sierra Nevada, su casa, en 1996; en tres Juegos Olímpicos (debutó en Lillehammer, Noruega, 1994) y ha estado veintitrés veces en el top ten universal, como le gusta decir, la Copa del Mundo. A pesar de todo ello, era una desconocida del gran público hasta esta recta final previa a los Juegos, lo que expresa a la perfección el desierto (blanco) en el que se mueven los esquiadores españoles, rara avis en un país con tan poca cultura alpina como repite a menudo la estrella granadina. Más de dos décadas después de aquellos primeros días en el colegio de Sierra Nevada, tras dieciséis años de carrera, María José Rienda ha llegado a su meta, al margen de lo que ocurra en las montañas cercanas a Turín. Ahora, le preguntan por sus aficiones, por las palomitas que compra siempre que va al cine, por las supersticiones que no tiene, y por su casa, Sierra Nevada. Ha cambiado mucho. Entonces no era nada agobiante. Lo que más me gusta es subir a las zonas más altas. En un día claro se ve Granada a un lado y la playa a otro. Es impresionante Quizá allá arriba suba de nuevo cuando regrese de Turín, quién sabe si con un metal colgado del cuello. n real decreto que aumentaba los impuestos del tabaco fue derogado por error en el Congreso de los Diputados. La única persona que se equivocó fue la diputada que tenía que indicar el sentido del voto a sus compañeros, pero errar es humano y le puede ocurrir a cualquiera. Sin embargo, los treinta diputados que votaron contra la propuesta de su propio partido no tienen excusa y son unos chuflas. A propósito de la desaparición de 1500 libros de la biblioteca del Congreso de los Diputados en 1917, Wenceslao Fernández Flórez defendió así a los parlamentarios acusados de ladrones: Un político que se preocupe verdaderamente de la política, no pierde el tiempo en leer cosa alguna. Esos personajes tan calumniados por la Junta de Gobierno, lo que hacían, sencillamente, era vender esos volúmenes a los libreros de viejo Desde 1917 hasta nuestros días han cambiado muchas cosas: la cafetería del Congreso ha mejorado, a los diputados les regalan ordenadores portátiles en lugar de tinta, y entre sueldos y dietas los parlamentarios se levantan una pasta. Sin embargo, las siguientes novedades le habrían inspirado una columna maligna y desternillante al genial autor de El malvado Carabel Primero: los parlamentarios ya no parlan, no hablan, ni chistan, porque ahora se lleva votar en bloque. Y segundo: los diputados ya ni siquiera van a tener que acudir al Congreso porque dentro de nada podrán votar a través de vídeo conferencia. Pobre Wenceslao, lo que habría disfrutado en nuestros días. Hasta hace unos años, todavía era posible presenciar jugosos debates parlamentarios en España, pero de un tiempo a esta parte los partidos han decidido que en el Congreso hay que estar quieto parado, y así los diputados se han convertido en una masa borreguil que vota en bloque, a través de consignas y sólo si les indican el color del botón que hay que apretar. Por lo tanto, hoy por hoy es impensable que la persuasiva elocuencia de algún diputado pueda erosionar la disciplina de sus adversarios. Digo más. Hoy por hoy sería muy difícil encontrar un parlamentario que pueda hablar, porque ni sus propios correligionarios lo escucharían. ¿No nos ahorraríamos un dineral si el Congreso se redujera a un único diputado por partido, con todos los poderes de su representación parlamentaria? No obstante, la política- -como el amor- -consiente la extravagancia, y miren por dónde esos tribunos de la democracia muy pronto serán exonerados de ir hasta Madrid para votar, porque la vídeo conferencia les permitirá hacerlo desde las mismas sedes partidarias, y así se evitarán papelones como el de los treinta diputados que votaron contra su propio partido. Uno cree que si los parlamentarios no parlan y encima no tienen necesidad de presentarse en el parlamento, más bien no sirven para nada. Uno piensa que si ser diputado es tan sencillo como apretar el botón correcto cuando el jefe da la orden, semejante dignidad debería ser altruista, voluntaria y ad- honorem. Uno sospecha- -en suma- -que si hay tortas por ser congresista, no es por amor al cerdo sino a los jamones. Y ahora multiplique por 17. www. fernandoiwasaki. com