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ABC DOMINGO 12 2 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC ZAPATERO EN LA TIERRA DEL MARTIRIO ESPAÑOL Lo decisivo en la actitud del presidente del Gobierno es su voluntad personal, basada en una alta estima de sus capacidades persuasivas, de que, en función de una lógica histórica, eso que preanuncia se va a cumplir... A política se erige sobre acciones y sobre emociones. La hipótesis- -que se está considerando plausible- -de que la banda terrorista ETA se introduzca en un punto de inflexión a partir del cual deje las armas, está siendo incorporada a empellones en la agenda nacional por el Presidente del Gobierno como una de esas emociones que marcan una política de largo alcance. Su convicción de que el grupo criminal deje pronto de perpetrar atentados y de que sus entornos políticos se adhieran al campo de juego institucional no se ha mantenido en la discreción que arropa a las cuestiones improbables sino en la publicidad que se corresponde con las expectativas con alto grado de certeza en su cumplimiento. Rodríguez Zapatero maneja datos e impresiones hasta proyectar un futuro ineludible en el que el fin de la banda terrorista resultaría un corolario inevitable. No importa que el Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo diste mucho de estar optimista a este respecto; tampoco que el Ministro de Interior muestre- -más con silencios que con palabras- -su escepticismo; ni que el titular de Defensa trate de levantar la moral suponiendo que los etarras se entregarán manos arriba en cualquier momento, ni, en fin, que la vieja guardia del PSOE- -Múgica Herzog dixit- -abogue más por la represión que por la negociación. Los casi tres años sin cometer asesinatos, la debilidad endógena de la organización delictiva según los informes policiales, el deseo- -aunque sea por razones alimenticias- -de la denominada izquierda abertzale por hacer política en vez de secundar las tropelías criminales de los pistoleros, son los argumentos presidenciales para una estrategia de abordaje audaz a la cuestión terrorista. Sin embargo, ninguna de estas piezas de relativa convicción son determinantes en Rodríguez Zapatero. Lo verdaderamente decisivo en la actitud del Presidente del Gobierno es su voluntad personal, basada en una alta estima de sus capacidades persuasivas, de que, en función de una determinada lógica histórica, eso que preanuncia se va a cumplir. Algunos de sus comportamientos, inexplicables en cuanto a su coherencia en la política convencional, alcanzan determinado sentido cuando se interpretan en el contexto de ese voluntarismo presidencial. La aparente frialdad del presidente con las víctimas del terrorismo- -que deja espacio para determinadas manipulaciones de su legitimación social- algunas declaraciones comprensivas con los derechos individuales de los dirigentes del brazo civil de los terroristas; la imperturbabilidad ante la licenciatura de fiscales con trayectorias muy reconocidas en la lucha contra el terrorismo; ciertas ausencias y algunas otras presencias, forman un código de comunicación que se emite desde la presidencia del Gobierno para que, a modo de sismógrafo, lo L registren e interpreten aquellos en cuyas manos está dejar de delinquir. Es en el entendimiento de este propósito pacificador de Rodríguez Zapatero en el que debe inscribirse la crítica que el presidente merece, sin que ésta se deslice hacia planteamientos que mellen la dignidad a la que es obligado someter la dialéctica política en democracia que, pudiendo ser descarnada- -y exigiéndolo a veces la gravedad de los acontecimientos- -no puede perder un mínimo vuelo moral. Desde esa perspectiva, creo que el inquilino de la Moncloa se equivoca porque para manejar el denominado problema vasco hace falta pertrecharse de un adusto realismo y apartar como una mala pesadilla las emociones que son las que utilizan con gran maestría los nacionalistas vascos en general y la banda criminal en particular. Fernando Molina Aparicio ha escrito- -editado por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales que dirige Álvarez Junco- -un ensayo histórico que bajo el título La tierra del martirio español. El País Vasco y España en el siglo del nacionalismo disecciona con una sorprendente agudeza y perspicacia los orígenes del problema vasco que hunde sus raíces en el siglo XIX. La lectura de esas páginas, que ofrecen perspectivas inéditas en la historiografía vasca, remite al esencialismo que ha alimentado el nacionalismo vasco, en absoluto susceptible de avenirse a una transacción al modo catalán, capaz de rebajar- -siquiera transitoriamente- -los contenidos intangibles de la nación catalana por los más tangibles de la financiación de la Generalitat. El nacionalismo vasco- -siguiendo a Fernando Molina- -ha creado una comunidad imaginada que se afirma en lo que tiene de opuesta a la otra comunidad, en este caso la española, con la que se mide. El resultado de este proceso histórico de emulación es que ambas comunidades- -la vasca y la española- -se debilitan en un pugilato que dura siglo y medio, de tal manera que ni los nacionalistas vascos tienen nación alguna que gestionar- -sólo gestionan una cultura de sentimientos -ni España, como dice nuestro autor en el prólogo del ensayo citado, logró un nacionalismo decimonónico identificado con el Estado y por lo tanto, careció de fuerza para imponerse en una dirección liberal y laica Esta es la reflexión esencial en el debate territorial en general y en el tratamiento del problema vasco en particular: si se apuesta por la fortaleza del Estado o por el contrario vuelve Rodríguez Zapatero a optar por convertir la nación en problema para evitar abordar los múltiples problemas de los españoles para formularla con las palabras de Molina Aparicio. A Rodríguez Zapatero le cabe la grave responsabilidad de haber hecho rebrotar la condición problemática de la nación- -concepto discutido y discutible según sus palabras en el Senado español- -y, al hacerlo, ha resucitado la vigencia de una deuda histórica que ni el Estado ni la sociedad española pueden pagar porque ni aquél ni ésta disponen de herramientas legítimas para disolver la frustración histórica, primero del carlismo y luego del nacionalismo vasco, que nos vienen atribulando desde hace ya demasiadas décadas. Escribe Fernando Molina Aparicio en La tierra del martirio español que durante todo el siglo- -se refiere al XIX- -la identidad española vivió inmersa en un empate infinito, entre el parlamentarismo y la dictadura, las elites y el pueblo, el nacionalcatolicismo y el laicismo, la insurrección y la legalidad, la república y la monarquía, el centralismo y el regionalismo. Todos estos factores la alimentaron y todos, en su entrechocar, la debilitaron pues impidieron que se afianzara en una orientación o en otra La iniciativa del presidente del Gobierno de iniciar un proceso llamado de paz con los terroristas de ETA, sin la asistencia del primer partido de la oposición y sin la avenencia de las víctimas, ignorando cuáles sean las contrapartidas y los ritmos, nos augura que ese empate infinito que ha hecho débil al Estado y frágil a la nación se reiterará de manera irreversible. Rodríguez Zapatero tiene derecho a desplegar todas las facultades inherentes a su cargo y debe ser secundado con el beneficio de una inicial confianza, pero los términos del envite son suyos y sólo suyos. Y si en algún lugar de este bendito país se sabe jugar al mus- -y hacerlo, además, de farol- -es en la tierra del martirio español, esa tierra que, como un Saturno, se ha tragado a sus propios hijos y a los ajenos. JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director de ABC