Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO 11 2 2006 Sociedad 57 Religión NOVEDADES DE LA ENCÍCLICA ANTONIO MONTERO. Arzobispo emérito de Mérida- Badajoz ntro, tercero en concordia, a glosar las que yo entiendo como novedades de la Encíclica Dios es amor, presentada aquí a punto y con acierto por el Cardenal Amigo Vallejo, y comentada luego bellamente por el columnista intrépido Juan Manuel de Prada. Lo hago, cuidando de no clonar lo ya dicho, sin agotar tampoco el tema, y con temor de que mi insistencia ahuyente a los presuntos lectores. Pero el asunto lo merece y corro el riesgo. Sigamos. La aparición de la Carta pontificia venía precedida de una creciente expectación, debida a su relativa tardanza, e inductora de plurales comentarios. El más extendido era que este Papa no iba a prodigarse en magnos documentos de alcance histórico, sino más bien en la aplicación pastoral de las enjundiosas encíclicas de su predecesor, con las que la Iglesia tiene cuerda para rato. Este será, se decía, un pontificado de corte evangélico y espiritual, con angulación preferente hacia la renovación interna de la Iglesia. Bien; pues ya tenemos la Encíclica y, con ella, la comprobación de que Joseph Ratzinger es Benedicto XVI, esto es, un Papa con patente propia, como la tuvieron en su momento, sin ir más lejos, sus tres grandes predecesores: el Beato Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Un Papa del Concilio, otro de la Renovación y crisis posteriores, y un tercero, venido del Este, peregrino por la redondez del planeta. Y ahora, uno alemán, con aureola mundial de pensador y de teólogo. Siempre un nuevo Papa suele ser un Papa nuevo. Nueva es también su primera Encíclica Dios es amor, a la que, por su temática infrecuente, sus planteamientos originales y sus valores intrínsecos, no es tan fácil encasillar con patrones preconcebidos ni clichés desgastados, como desfasada o futurista, severa o indulgente, cerrada al mundo de hoy, o en su misma longitud de onda. Lleva por nombre, Deus Caritas est- -Dios es Amor- -y por título de portada Carta Encíclica sobre el Amor cristiano. Juntas las dos denominaciones reflejan fielmente el contenido de su texto, no muy extenso, un cuadernillo de 78 páginas, de 23 por 13, en el típico formato vertical de la poliglota vaticana. Dividida en dos partes, muy diferenciadas en contenido y tratamiento, la primera aborda a fondo el hecho universal del amor humano, de máximo alcance y significación en todas las culturas, en clave de antropología cristiana. La segunda, bajo el rótulo de Cáritas, razona y establece las líneas de acción de la Iglesia, hacia dentro y hacia fuera, como Comunidad de amor. Las dos mitades son coherentes e inseparables entre sí, en el cuerpo orgánico de la Iglesia. Ahora bien, la incursión antropológica de la primera parte, con su carácter más doctrinal y didáctico, su incidencia sobre el pansexualismo domi- E nante, más la novedad de su tratamiento en el magisterio pontificio, reclaman la atención inmediata del comentarista y del lector, como lo ha demostrado la primera repercusión mediática de la Deus Caritas est. En su conjunto, pero especialmente en este primer apartado, la Encíclica no puede por menos que despertar el interés de cuantos pensamos con Terencio que, siendo como somos seres humanos, nada de lo humano puede sernos ajeno. A estas alturas de la reflexión, observo que el presente comentario sólo puede extenderse a esa primera parte, aún condensando al máximo el pensamiento papal, con lo que la segunda parte, de enorme importancia pastoral, social y socio- política, habrá de guardar turno para otro momento. Benedicto XVI, en su lúcida y ponderada intervención magisterial, se adentra decididamente, con ademán positivo y sin el menor tic polémico, en los intrincados dominios del amor humano. Aborda en primer lugar la clarificación conceptual de la palabra amor, hoy bastante confusa en sus plurales significados, e incluso lastrada por el engaño en versiones desviadas. Realiza para ello Su Santidad un pene- Monseñor Montero DAVID ARRANZ trante análisis de los vocablos griegos, eros y ágape, comúnmente utilizados como sinónimos de la misma, delimitando, con precisión y belleza, sus elementos diferenciales y su necesaria unidad, a la luz de las tradiciones griega, bíblica y cristiana. No es que sean nuevos los conceptos y contenidos de ambos términos, hoy profusamente estudiados; lo que aporta el pontífice es una integración superior de esas realidades humanas, ambas procedentes de Dios, para dicha del hombre, ensamblándolas en una co- rrecta antropología cristiana, e incluso dándoles estatuto de lenguaje eclesiástico al mayor nivel. Del profesor pasamos al Pontífice. El proceso erótico, con la instintiva atracción de los sexos y el goce integral del encuentro amoroso, sus ribetes de éxtasis y su anhelo de eternidad, está como clamando con nostalgia por una felicidad sin límites, lo que llegó a degenerar en algunas religiones en las prácticas aberrantes de una prostitución sagrada En la concepción cristiana se reconoce y celebra la grandeza y belleza del eros como establecido por Dios para disfrute y plenitud del hombre. Nada expresa esto con mayor vigor y, diríamos, que crudeza, como las palabras del Génesis, repetidas por Cristo, serán dos en una sola carne Es, por tanto, tan errónea como injusta la acusación a la Iglesia de ser enemiga del gozo y de la felicidad del hombre, por quienes identifican, como lamentaba Julián Marías, la felicidad con el placer, y a éste con su exclusiva dimensión corporal y egocéntrica. La Iglesia ha presentado siempre el ágape (amor del alma y desinteresado) como enaltecedor del eros, al integrar alma y cuerpo en el proceso amoroso, cuyo sujeto es la persona y no su cuerpo. El ágape es donación y gratuidad, que tiene por meta la felicidad del otro; y en ello encuentra también la propia, porque siempre que se da se recibe. Aunque bien avenido con el eros, el ágape rompe el aislamiento unipersonal, para plasmarse en el cariño familiar a todos los niveles, en la amistad entrañable, y en la solidaridad fraterna con todos los seres humanos. Desde la óptica cristiana, el amor se contempla en el modelo de Cristo, que nos amó hasta la muerte, se verifica en el matrimonio sacramental, y alcanza niveles sublimes en la experiencia espiritual de los místicos. La Iglesia es misterio de comunión, en la fe y en el amor, donde se estrecha la unidad fraterna por la inhabitación del Espíritu y la participación del mismo pan. Se explica por eso que en el lenguaje cristiano primitivo y actual se designe la Eucaristía con el nombre de Ágape. Cual se habla de un gran poema lírico, de un notable drama teatral o de una gran película romántica, ¿por qué no cabría presentar esta Encíclica como un grandioso cántico al Amor? Esa sería la novedad más destacada en un escrito de esta naturaleza, aunque existen muy bellas encíclicas sobre el amor matrimonial y la familia. Me sentiría feliz si, una vez superada la fatigosa digestión de los párrafos que anteceden, el lector que pueda hacerlo y no lo haya hecho ya, se tome, no el trabajo, sino la distensión, de leerse las veinte páginas, un tercio de las de ABC, que firma el Papa Ratzinger en la Dios es Amor. Podrá comprobar en ellas el rigor de pensamiento, la claridad de expresión, el encanto del estilo y, en suma, la naturalidad que delatan su huella personal en la redacción del documento. Con un argumento tan resbaladizo, diríase escabroso, como el sexo y el placer en un escrito pontificio, ¿cómo puede expresarse, con tanta belleza, el esplendor de la verdad en palabras humanas cuasiangélicas? Habemus enciclicam.