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ABC SÁBADO 11 2 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA BROMA E EL NUEVO PURITANISMO ONFESABA contrito Ignacio Camacho que su voluntad ha muerto en una noche de luna, como en el verso de su paisano Manuel Machado; y ya aquel propósito solemne que formuló ante sus lectores después de las Navidades, de abandonar el fumeque aprovechando las restricciones gubernativas, yace en el desván de las buenas intenciones. Camacho, que gusta de esculpir la frase y taracearla de epítetos imprevistos y esguinces irónicos, ha descubierto que los artículos le salen bordados cuando la pipa vuelve a humear, parsimoniosa y elocuente, en sus labios. Y es que el tabaco, querido Ignacio, aunque no nos atrevamos a proclamarlo sin ambages (seguramente por temor a desvelar nuestra debilidad de galeotes amarrados al duro remo de la escritura) es el más formidable y leal compañero en esas horas en que, atenazados por la ansiedad de entregar un artículo en hora, nos sentamos anJUAN MANUEL te el folio en blanco. Ambos sabemos DE PRADA que, cuando el oficio no basta para que nuestras palabras vuelen liberadas de lastres y topicazos, el humo de un cigarrillo consigue desentumecer esos pasadizos del alma donde se agazapa la esquiva inspiración. Quizá seamos esclavos de nuestro vicio; pero para quienes han acatado la más severa y gozosa esclavitud de cuantas existen, que es la de la escritura, cualquier otra se nos antoja venial y llevadera. Cada época engendra su ortodoxia, su puritanismo, su catálogo de virtudes de obligada observancia, sus mojigaterías pazguatas y nauseabundas. El puritanismo antañón perseguía la salud del alma y nos amenazaba con truculentas visiones de ultratumba; el puritanismo de nuestra época, no menos enconado y tiquismiquis, persigue la salud del cuerpo y nos atemoriza con radiografías de pulmones pavimentados de nicotina y alquitrán. La ministra Salgado, que es la sacerdotisa asténica de este nuevo puritanismo, C ha tachado de réproba a Esperanza Aguirre por promover un reglamento que actúa en contra de la salud de los madrileños En realidad, dicho reglamento, todavía en mantillas, no hace sino poner parches a una ley desquiciada que convierte a los fumadores en apestados sociales, trastorna la pacífica convivencia ciudadana y amenaza de ruina el negocio de la restauración y la hostelería. ¿De verdad piensa la ministra Salgado que por permitir que los comensales de los banquetes de boda celebren la ventura de los novios prendiendo un habano se está atentando contra la salud de los madrileños? ¿De verdad cree que por admitir que los trabajadores puedan echarse unas caladas en los bares de las empresas que los emplean, en lugar de condenarlos a que maten el gusanillo en la calle, como perros mohínos y sarnosos, este proyectado reglamento atenta contra algún derecho ciudadano? La ley impulsada por la ministra Salgado ha criminalizado hasta extremos insoportables una conducta social pacíficamente aceptada, ha abierto una brecha en el principio de igualdad que acabará consagrando de facto la discriminación laboral de los fumadores, ha militarizado nuestra vida privada, entrometiéndose incluso en aquellas celebraciones familiares que introducen un lapso de bendita excepcionalidad en nuestras rutinas. El puritanismo antañón quería encerrarnos el alma en una jaula de rigurosas observancias y preceptos ridículos; el nuevo puritanismo rampante, travestido de catecismo progre, parece empeñado en aprisionar nuestros cuerpos en un sarcófago de salud incorrupta, aun a costa de someter nuestras vidas a un ordenancismo asfixiante. Sospecho, querido Ignacio, que aquella noche de luna en que murió tu voluntad estabas en realidad rebelándote contra este nuevo puritanismo que nos sojuzga. Ya sabemos que fumar es el pecado más reprobable; pero quienes hemos elegido como vocación la escritura también sabemos que nuestro destino es el infierno de los réprobos. N una novela de Milan Kundera, La broma ambientada en la Checoslovaquia sovietizada de los años sesenta, el protagonista ve arruinada su vida a partir de una sencilla ironía escrita en una postal a su novia: El optimismo es el opio del pueblo Denunciado al Partido, acabará expulsado de la Universidad y condenado a trabajar en una mina: el estalinismo carecía de sentido del humor. Las dictaduras, los regímenes totalitarios, los sistemas monolíticos, tienen prohibido el regocijo, proscrita la alegría, condenada la risa, como los monjes de El nombre de la rosa habían secuestrado la Poética de Aristóteles envenenando a los novicios que buscaban los secretos de la comedia en la biblioteca IGNACIO del misterio. CAMACHO Toda esta cólera de Alá desatada alrededor de unas viñetas no es más que la actualización teocrática de ese ceñudo furor medieval, incomprensiblemente relativizado por una dirigencia europea aterrorizada ante la perspectiva de disturbios callejeros. Lo más tenebroso del islam es que no sabe reír, y trata de imponernos a los infieles su horizonte sombrío de preces asustadas y temerosas circunspecciones que encubren bajo su férreo celo de gravedades una auténtica prohibición de la felicidad. Por eso es inaceptable pactar, transigir, contemporizar como aconsejan los paladines de la nueva doctrina del apaciguamiento, ahora llamada Alianza de Civilizaciones. Porque nuestra civilización, o sea, la democracia, la sociedad abierta, se basa en el permiso colectivo para ser felices sin entrometerse en la felicidad de los demás. La burla pone a prueba la tolerancia individual y social con la capacidad de disentir, y fortalece la libertad que ampara nuestro sistema de valores. Los fanáticos se duelen de la risa porque pone en solfa un concepto del mundo que conspira contra la alegría, veta el optimismo y proscribe la esperanza. Claro que resulta ideal conciliar el respeto a las creencias con la libertad para disentir de los principios que las fundamentan, pero cuando se produce una colisión entre ambos valores, la democracia establece la supremacía del derecho a discrepar. Lo que nuestros miopes y asustadizos gobernantes olvidan, espantados ante el empuje de la cólera musulmana, es que en ese derecho reside la esencia misma del sistema que les permite salir elegidos y administrar la convivencia colectiva. Una convivencia que no se preserva con cesiones vergonzantes que vienen a cuestionar la superioridad moral de una sociedad libre. Esos tipos gritones, exaltados, furiosos, esa turba ciega de una rabia excitada por los dicterios de la clerigalla del turbante, son la fuerza de choque de una cruzada planetaria contra la felicidad. No resulta en absoluto casual que la chispa de este incendio político y social haya saltado a partir de unos dibujos satíricos, porque la risa es la expresión más abierta de un mundo que cree en el optimismo del progreso. Los absolutismos, la teocracias, los regímenes de dominación autoritaria odian el humor y castigan la broma porque saben que es la expresión más refinada y elegante de la inteligencia.