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ABC SÁBADO 11 2 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA INNOMBRABLE ESPAÑA Ahora debe decirse que se ha decidido que no se puede ser español sin oprobio ni vergüenza, y sin la ocultación o el repudio de su historia. Y el señor Miguel de Cervantes causa ahora odio o risa... U NA sola línea de un reciente artículo del profesor Luis Suárez en este periódico, que alude a nuestra cultura tradicional española, representada en El Quijote leído en este su contexto, resulta para el lector una laceración y una advertencia en este momento. ¿Quiere decirse que, si hubiéramos leído El Quijote, siquiera en el pasado año de celebraciones, no estaríamos donde estamos; esto es, al final de una cultura y al final de España? En el fondo es así, ciertamente. Y no porque El Quijote suministre recetas o avisos de navegar, políticos ni de ninguna otra clase, sino precisamente porque es literatura, y en él está la sustantividad clásica y cristiana del régimen de la lengua y la escritura, y porque en él se encierra el alma de España, ya que España ha sido lo que sido gracias a unas conquistas culturales de las que El Quijote es uno de sus quicios. Lo que ocurre sin embargo es que pasa con este libro, como con los otros logros culturales del mundo entero, que ya ni siquiera pueden ser sentidos como tales por la banalidad triunfante de la modernidad. Hace ya mucho, ciertamente, que esas grandes creaciones del espíritu han dejado de tener alguna significación entitativa en una cultura manipulada de masas. amplia, y exitosa, como la de la Iglesia de Roma. Y, entonces, esos liberales estuvieron dispuestos hasta ir a misa como el Rey Enrique antaño; pero ya era tarde. Ya estaban las gentes alimentadas con basura, y eran como los campesinos del Chevengur de Platonov, que iban a Kiev, cuando la fe ya se les había erosionado, y la vida se les había convertido en el tiempo que les quedaba por vivir; y ya no resultaba posible blanquear lo que habían ennegrecido, porque perderían en ello su prestigio, y la Bestia parda o roja ya estaba crecidita, y podía dejarlos fuera del futuro. ero es que, desde luego no sólo estamos de nuevo en la misma situación de los, digamos, volterianismos laicistas del pasado, sino también que, en el ámbito de nuestra percepción de la cultura española, y del pensar y sentir mismo de la realidad de España, nos encontramos también con algo que ni siquiera podemos nombrar sin perder los prestigios; también es tarde, y todo se nos ha convertido ya en el mero tiempo de contar el que a España y a la cultura española queda para desaparecer. Y no hemos hecho otra cosa que jugar a las apuestas con todo ello, en los últimos treinta años. España ya no era una realidad, o un valor moral y cultural, para las últimas generaciones que estudiaron en los últimos sesenta, pero tampoco porque se consumieran especiales literaturas y filosofías- -que estos asuntos nunca liquidan la inteligencia ni el ser mismo de nadie- sino por las sub- literaturas, los sub- pensares y los sub- sentires. Y lo que constituía todo el acervo de la cultura tradicional española que, mal que bien e incluso caricaturizada, estaba allí, P pasó a ser una antigualla; y El Quijote, pongamos por caso para remitirnos a la certísima evocación del profesor Suárez, se nos convirtíó, primero en libro de armar estilo o de discurso erudito, y luego en nada que no fuera funcional y sacaperras. Y esto mismo es lo que ocurrió también con el resto del viejo legado cultural, reducido no sólo a cenizas, sino a rémora de los nuevos tiempos de plenitud. El viejo rostro pálido muerto Miguel de Cervantes, y con él todos los demás, nada tenía que decirnos, porque ya nada es nada, y ya no quedaban sino las cuestiones prácticas o de arreo y aprovechamiento de la granja humana, y la conformación psicológica del ganado o ingeniería de almas. Y obviamente la vieja cultura española era una rémora que no permitía extender aquella alfombra roja para la recepción del Gran Granjero. España debía volver a ser la antigua Tierra de Conejos, un mero territorio o geografía, que había que reordenar en vista a las puras necesidades de la granja rentable, o granja- paraíso. Todo estaba ya muerto, según se nos repetía en esos años, y había que apresurarse a su venta y alquilaje, o almoneda. Era de una lógica implacable, y odioso resultaría oponerse a ello. C uando Manes Sperber prologa en los pasados años noventa el hermoso último libro de Knut Hamsun, El sendero en el que las hierbas rebrotan, que es la relación de su internamiento en una clínica mental, por sus posturas políticas en relación con el nazismo, escribe que, por lamentable que sea esta realidad, lo que resulta claro es que ninguno de los libros de Hamsun tiene que ver nada con tal peste, sino, por el contrario, inmunizaría contra ella a sus lectores, pero que lo que ocurría, era que las gentes no se nutrían de Hamsun ni desde luego de la literatura o el pensamiento, alemanes o no, sino de la sub- literatura de banalidades, bazofias, y panfletarismo sentimental, y que los así nutridos son siempre víctimas de cualquier voceador político de crecepelo y redenciones, del relumbre de la basura prestigiada. Siempre es la sub- literatura la que actúa en la realidad, y su calado suele comprobarse demasiado tarde. Los viejos liberales europeos por ejemplo, volterianos y festivamente comecuras, se percataron, un día, de que, con los divertimentos de la sub- literatura irreligiosa en boga, se estaba extendiendo una alfombra roja a cualquier intento de satrapía moderna, porque descubrieron que históricamente no había ninguna realidad entitativa y seria, sino la del yo bíblico, que se niega a ser tratado como ganado, capaz de enfrentarse al Leviatán de los totalitarismos, y tampoco institución histórica que tuviera una experiencia de lucha contra su poder, tan larga, E stas tan lógicas proposiciones no parece, sin embargo que fueran siquiera concebibles para un no español- -incluso yo no metería la mano en el fuego por las identidades y conciencias de la Europa de los tratantes- pero no hay ni un síntoma lejano de que los italianos, alemanes, franceses, ingleses y etc. odien el hecho histórico que les llevó a ser lo que son. Mas España es diferente, y, desde años atrás, el Reinado de los Reyes Católicos que la hizo, pongamos por caso, se puso a irrisión hasta en las tabernas por los juglares, pero también en las aulas; y hasta se ha disparado el odio hacia él como en el túnel del tiempo. Y con el éxito de toda sub- cultura. Pero me temo que todo esto esté más que asumido. Se dice que don Antonio Cánovas del Castillo dijo, para expresar con humor su desolado pesimismo, que español era el que no podía ser otra cosa; pero es que ahora debe decirse que se ha decidido que no se puede ser español sin oprobio ni vergüenza, y sin la ocultación o el repudio de su historia. Y el señor Miguel de Cervantes causa ahora odio o risa, cuando se lee que de lo más orgulloso se mostraba en su vida era de haberse hallado en la más alta ocasión que vieron los siglos; esto es, en Lepanto, que supuso la supervivencia de la Europa entera. Pero tampoco el señor Miguel de Cervantes, tan celebrado, es ya nuestro padre. JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO Escritor. Premio Cervantes 2002