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ABC VIERNES 10 2 2006 Espectáculos 59 Jim Carrey y Téa Leoni, en una escena de la película de Dean Parisot ABC Dick y Jane Carrey, el rostro del éxito, del fracaso y de lo que haga falta EE. UU. 2005 Director: Dean Parisot Intérpretes: Jim Carrey, Téa Leoni, Richard Jenkins, Alec Baldwin FEDERICO MARÍN BELLÓN uedan tan pocas cosas por copiar en Hollywood que el último grito es rodar versiones de películas que ni siquiera eran buenas, o no lo suficiente, aunque dicen que la cinta de 1977 dirigida por Ted Kotcheff (el de Acorralado sí) relanzó la carrera de Jane Fonda. Cierto o no, este título de Dean Parisot no variará un Q ápice la opinión que a estas alturas se habrá formado cada uno sobre la forma de interpretar de Jim Carrey. El único consenso posible al respecto es la confirmación de que en unos años su rostro no tendrá menos arrugas que una pasa de California. En el filme, su matrimonio con Téa Leoni va economía en popa hasta que la empresa en la que acaba de ascender se derrumba en medio del escándalo y en riguroso directo, lo que obliga a la pareja a buscarse otra forma de ganarse las habichuelas. Es entonces cuando ambos descubren que hay otros mundos, pero están en este, y que no hace falta visado, pasaporte ni T- 4 para cruzar la frontera, al menos en sentido norte- sur. Como sátira actualizada contra la burbuja en la que vive el ciudadano anglosajón con coche de empresa y stock options en la guantera, como despertador ante el sueño americano más profundo, como alerta contra empresas sin principios pero con un final cortado por el patrón Enron, incluso como comedia de trazo ligero y humor con tendencia a coger unos kilitos, estos Dick y Jane no carecen de argumentos para entretener al personal. Queda demostrado, además, lo efectivo que es electrocutar a un perrillo ante los focos, como tan bien (y también) sabían los Farrelly. El guión, por lo demás, tiene unos cimientos tan débiles como la compañía en la que trabaja Carrey. Su eficacia (la del libreto) se fundamenta en las payasadas físicas del protagonista, en una mala uva de pequeño alcance y en algún certero apunte sociológico, como las chanzas a costa del hijo de la pareja, castellanohablante de facto merced a la influencia de su niñera y de la maligna televisión. Del reparto ya sabemos lo que da de sí Jim Carrey, por lo menos sus múscu- los faciales, que han conformado un estilo único, quizá lo que más le falte a Téa Leoni, una actriz de aspecto sano y maneras correctas, pero carente de personalidad, siempre a la sombra de sus compañeros de reparto. Hay que rascar un poco más para redescubrir a Richard Jenkins, el padre muerto de la serie A dos metros bajo tierra quien no tardará mucho en acumular el reconocimiento que merece. En el otro extremo de la balanza, conviene prevenir al público contra un Alec Baldwin cada vez más satisfecho con la caricatura que ha construido a lo largo de su carrera, que ya le vale para cualquier papel. Su rostro es la antítesis del de Carrey, quien por poca amistad que mantenga con el más popular de los hermanos Baldwin debería plantearse alguna donación o trasplante, más que nada para evitar que el careto de este último se resquebraje.