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ABC VIERNES 10 2 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA VOLUTAS DE REGLAMENTO mí dejadme los reglamentos, parece haber dicho Esperanza Aguirre, que para eso es aristócrata como don Álvaro de Figueroa. Pero en tiempos de Romanones no existía el Estado de las Autonomías, que ha reducido los Ministerios a meros gabinetes de estudios, dejando en las comunidades el verdadero poder. Hay quien sostiene que la Ley Antitabaco es fruto del vacío de competencias del Ministerio de Sanidad, que como no tiene que gestionar hospitales ni ambulatorios, se dedica a encontrar alambicadas maneras de justificar su existencia. Ya saben, cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Así que mientras Elena Salgado inventa leyes, Aguirre redacta reglamentos, y rebaja con sentido coIGNACIO mún el maximalismo proCAMACHO hibicionista que muchos fumadores entienden como persecución gratuita. Tendremos pleito una vez más: el mismo Gobierno que va a ceder a los catalanes poderes de un Estado en miniatura se pone celoso cuando Madrid autoriza a los ciudadanos unas volutas semiclandestinas de libertad individual. A diferencia de la ministra Salgado, Esperanza Aguirre, a la que yo he visto fumar puros en la sobremesa, sí se apercibe de que detrás de esta ley intervencionista se esconden numerosos dramas humanos y un intenso debate sociológico y hasta cultural. Quizá es que doña Elena baja poco a la calle y no ve más allá de los cristales ahumados de su coche oficial. Este Gabinete habla poco con el pueblo, que es la esencia del buen gobierno. Me lo dijo una vez aquel buen presidente andaluz que fue Rodríguez de la Borbolla: la política de verdad consiste en hacer cositas y hablar con mucha gente. Si hablase con mucha gente, la ministra se enteraría de cómo respira ante su flamante ley la España real. Vería a los estanqueros diversificar su negocio- -el mercado, como la energía, no se crea ni se destruye: simplemente se transforma- -hacia los regalos, la bisutería o los periódicos, y escucharía a los quiosqueros bramar porque a ellos no les dejan vender tabaco. Notaría en el café Gijón la dolorosa ausencia de Alfonso, el cerillero anarquista, que se jubiló primero y se murió después, en vista de que ya no podía vender cigarrillos a los intelectuales tiesos a quienes prestaba dinero para las timbas. Contemplaría las aceras saturadas de colillas alrededor de los edificios de oficinas. Oiría a los dueños de los bares preguntarse cuánto tardarán los clientes en quedarse en sus casas fumando mientras ven la tele. Y acaso podría hacerse cargo del currículum que me entregó la dependienta de un estanco- -he vuelto a fumar, lo confieso; mi voluntad se ha muerto una noche de luna, como en el verso de mi paisano Manuel Machado- -para que se lo mueva por ahí. Soy maestra, a ver si me encuentras algo, que ya ves cómo está este negocio me dijo con una sonrisa amarga. Me dejó con la duda de dónde andarán peor las cosas, si en el sector tabaquero o en esa desolada enseñanza cuyas profundas lacras ni siquiera se pueden enmendar con un sencillo, racional, elementalísimo reglamento autonómico. A LA LOSA DE LA VERGÜENZA GNORO qué pasa por la cabeza de un hombre que mata a ochenta y dos personas de forma sistemática, alevosa, calculada. También desconozco lo que experimenta ese mismo hombre cuando es capturado por la autoridad y encerrado en una prisión durante más de quince años. Qué reflexiona, qué siente, qué espera, qué desespera. Lo ignoro todo y creo que debería interesarme en saberlo. Sí sé, en cambio, qué pasa por la cabeza de alguien que sabe que va a morir o por la de alguien que ha visto morir a una persona querida como consecuencia de un acto terrorista. Lo sé, lo sé. He visto a enjutas madres de pelo blanco, vestidas de negro, abrazadas a un féretro como si lo estuvieran a su propio útero mientras derramaban lágrimas de desesperación sobre la madera casi clandestina. He visto a esposas embarazadas desvanecerse frente a niCARLOS chos a medio cerrar a la par que un HERRERA golpeteo del cemento sobre la losa simbolizaba el adiós definitivo. He visto la mirada extraviada de huérfanos aturdidos por la noticia reciente de haber perdido a sus padres como consecuencia de una sobrecarga de plomo asesino en el cuerpo. He visto a hombres como torreones, capaces de derribar una pared de una mascá, derrumbados sobre la sola soledad de una despedida final. He visto a generales llorar a sus soldados, a soldados llorar a sus generales, a novias desesperadas en pleno grito, a ancianos de hondo surco secarse el llanto con una bocamanga. He visto el rostro perplejo del narcotizado por el dolor inasumible. He visto el apagón definitivo en los ojos de aquél al que le han arrebatado la vida y en los de aquél otro al que le han arrebatado un ser querido. Los he visto en el norte y en el sur. Los he visto salir a media asta, asustados, encogidos, por la I puerta de atrás de una iglesia de pueblo entre las miradas de indiferencia de los lugareños y los gestos de prisa del mismo cura. Los he visto llegar a su pueblo a recibir el último abrazo de tierra entre toques de silencio y sollozos teñidos de rabia y encontrarse con la noticia de que ya no son los últimos en el listado de muertos. Los he visto renquear sobreponiéndose a una mano amputada, a una pierna coja, a una espalda rota. Y a ninguno de ellos, a los muertos, a sus vivos, a los hijos, a las madres, a los padres, a las novias, a los tullidos, les he sorprendido nunca en un pronto vengativo, en un gesto amenazante, en un arranque irracional o planificado para ajustar las cuentas con sus matadores. Nunca. Ellos, al fin, han confiado en que el Estado de Derecho en el que viven tomara la iniciativa de justicia y sometiera a los culpables al castigo merecido por los crímenes cometidos. Quiero decir que no estoy en la cabeza de Henri Parot ni en la de muchos de los asesinos que toman la sombra fría de las cárceles, pero sí lo estoy en la de los que han engrosado la lista de los muertos. Y esos muertos sobre los que se desmerengaron los corazones de las madres de negro no merecen que el Estado les mancille la memoria y que recorra con prisa los pasillos de la ignominia. No merecen, en suma, que un grupo iluminado de fiscales serviles a su jefe y, a su vez, serviles a un gobierno desmemoriado y excesivamente partidario del aplauso fácil, despachen a su asesino con unos cuantos años en prisión. El asesino de ochenta y dos hombres, mujeres y niños no puede ser liberado gratuitamente a cuenta de una tregua que puede llegar o puede no llegar. No es decente. No es moral. No hay derecho. En el nombre de los muertos, de los vivos de los muertos, no lo hagan. Caerá sobre ustedes la insoportable losa de la vergüenza.